El mejor árbitro africano, el somalí Omar Artan, no podrá dirigir partidos del Mundial tras ser rechazado por las autoridades migratorias estadounidenses sin razón alguna. La selección de Irán se ve obligada a refugiarse en México y a entrar y salir de Estados Unidos el mismo día de sus encuentros, mientras que sus aficionados han perdido incluso el derecho a asistir a los partidos con entradas de cortesía. La FIFA, por su parte, vetó la camiseta oficial de Haití porque conmemora la Batalla de Vertières de 1803, decisiva en el proceso que convirtió al país en la primera nación independiente de Nuestra América. Mientras Rusia fue excluida de las competiciones futbolísticas oficiales desde 2022, Gianni Infantino otorga un premio de la paz a Donald Trump en medio de intervenciones militares estadounidenses en distintas regiones del mundo. Todo ello ocurre a cambio de un Mundial que, según estimaciones oficiales, facturará cerca de 8.911 millones de dólares y dejará un 56 % de ganancias a la mafia capitalista que lo organiza. Pese a todo lo anterior, la matriz mediática dominante insiste en que no debe mezclarse el fútbol con la política, como si tal separación fuera realmente posible.
La historia del fútbol es la historia de la lucha de clases
El fútbol es hijo del capitalismo, como el cine, las mafias o la clase obrera. No es posible que exista un fenómeno social ‒y menos uno tan masivo como el balompié‒ que no esté atravesado por la omnipresente lucha de clases. Ya Friedrich Engels, en su célebre obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, relataba cómo aquel campesinado artesano y relativamente autónomo, que había dejado de ser siervo pero aún no se había convertido en proletario, se recreaba jugando con el balón al aire libre entre comarca y comarca, en una práctica precursora del fútbol moderno. Participaban hombres, mujeres, niños y ancianos; todo el pueblo, sin exclusión alguna. Era el llamado Shrovetide football o fútbol de carnaval, que, como su nombre lo indica, constituía una celebración popular, plebeya y festiva. Precisamente por ello fue censurado y perseguido por la Corona británica y por las autoridades religiosas.
Este placer popular fue expropiado a las pobrerías británicas por un doble proceso. Por un lado, por la larga y extenuante jornada laboral impuesta por el capitalismo fabril. Por otro, el juego fue apropiado por los elitistas colegios y universidades de la Inglaterra victoriana. En palabras de E.P. Thompson: “El obrero medio ingles se volvió más disciplinado, más sujeto al ritmo productivo del reloj. Los deportes tradicionales fueron sustituidos por pasiones más sedentarias, dejando en desuso la lucha libre, el viejo fútbol medieval”. Mientras tanto, en Cambridge el fútbol era transformado para ser privatizado. En 1848 se decretaron las reglas del fútbol moderno, rompiendo con su pasado falto de glamour, separándolo de otros deportes y restringiendo cualquier aspecto que les pareciese vulgar a los señoritos ingleses. A imagen y semejanza de la naciente sociedad burguesa, el balompié del capitalismo decimonónico estaba reservado para hombres blancos, ricos, europeos y cristianos, cuya heterosexualidad se asumía como indiscutible.
El balompié era un símbolo de la virilidad, la civilización, la distinción y el control social que enarbolaba el colonialismo británico. Sin embargo, hoy se patea el balón en los cinco continentes, entre personas de todas las clases sociales, géneros, orientaciones sexuales, creencias religiosas y razas.
Sin embargo, al establishment futbolístico original se le salió su deporte de las manos, como al peor de los arqueros. El fútbol no exigía costosos implementos, salvo un esférico pateable que se acercase a un balón. Servían césped, tierra, cemento, barro, charcos, arena o baldosas, mientras cualquier objeto marcaba los arcos. Sus reglas sencillas eran aún más simplificables para masificar su práctica. Tampoco era como el golf o el tenis que se conforman con la competencia individual: necesitaba equipos de jugadores y colectivos concentrados que arrastraran masas para jugar y vibrar con los goles. En fábricas, puertos, ferrovías y barcos los encontró. También en las nacientes barriadas y suburbios populares, así como en los conventillos y pensiones de migrantes, pero siempre obligado a romper con las barreras aristocráticas.
El fútbol se hizo plebeyo: se convirtió en la diversión de clases y barrios populares, pueblos oprimidos, razas y credos discriminados. Un equipo de obreros textiles del suburbio industrial de Blackburn se coló en la excluyente FA Cup en 1883 y rompió un primer cerco. La lucha por la jornada laboral de ocho horas, por el descanso dominical y el llamado “sábado inglés”, fue de la mano con la expropiación del balompié a las élites. La clase obrera utilizó sus conquistas para recuperar el balón. En medio de la insalubridad laboral que se expandía con el capitalismo, el ejercicio físico y la recreación eran reivindicaciones de clase, que incluían poder jugar fútbol. Para el comunista Gramsci el fútbol era un reino de la libertad humana ejercida al aire libre, que se definía como la antítesis de los insalubres juegos y vicios de taberna con los que se encadenaba al proletariado.
El gran historiador marxista Hobsbawm reseñará la adopción de los deportes, y en particular del fútbol, como culto proletario de masas: “El carácter urbano y obrero de las multitudes del fútbol es patente. Entre mediados del decenio de 1870, como fecha más temprana, y mediados o finales del de 1880 el fútbol adquirió todas las características institucionales y rituales con las que todavía estamos familiarizados: el profesionalismo, la Liga, la Copa, con su peregrinación anual de los fieles para las manifestaciones de triunfo proletario en la capital, la asistencia regular al partido del domingo, los «hinchas» y su cultura, la rivalidad ritual, normalmente entre mitades de una ciudad o conurbación industrial (Manchester City y United, Notts County y Forest, Liverpool y Everton). El fútbol, que fue creado como deporte de aficionados y edificante por las clases medias de las escuelas privadas, pero se proletarizó rápidamente (antes de 1885) y, por tanto, se profesionalizó”.

No alcanzan las líneas para hablar de los clubes fundados por obreros, anarquistas o sindicatos, como parte de la lucha contrahegemónica a principios del siglo XX. Exiliados anarquistas fundaban un 1.° de mayo el Barcelona S.C. de Guayaquil, empezando con la casaca negra de la bandera libertaria antes de ponerse los colores de la estelada catalana. Con uniforme rojo se creaba en La Paternal, el equipo “Mártires de Chicago” que fusionado con “Sol de la Victoria” daría origen a la actual “Asociación Atlética” Argentinos Juniors por lo que aquello de club social les pareció excluyente; mientras tanto, al otro lado del Río de la Plata el hoy club Defensor Sporting de Montevideo era fundado por obreros del vidrio de Punta Carretas bajo el nombre “Defensores de la Huelga”. Su difusión y promoción hacia las más amplias masas en la URSS y los estados socialistas merecerían capítulo aparte, pero no queda duda de la adscripción ideológica de clubes fundados bajo nombres como Partisano, Estrella Roja, Revolución de Octubre, Stalinistas, Stajanovistas o Espartaco.
Como la clase obrera, el balón también llegaba con el colonialismo del Reino Unido al mundo entero, pero cada día era menos británico y más plebeyo. Con el capital inglés y sus empresas, la pelota rodó por toda Europa entrando por los mares y el Danubio; desembarcaba con las tropas de Su Majestad en las costas africanas y asiáticas de sus dominios de ultramar; mientras cruzaba el Atlántico hacia Nuestra América llamándose todavía foot-ball, favorecido además por la pretensión anglófila de las élites criollas. Fue promovido como parte de un modelo educativo que veía en el fútbol ‒como en todo lo inglés‒ una institución disciplinadora y civilizadora. Entró al Perú y al Río de la Plata con los equipos de criquet, clubes y colegios inicialmente circunscritos a escoceses e ingleses, o a Brasil con los clubes de remo y regatas del patriciado blanco de Río de Janeiro; con algo de retraso llegó por barco al puerto de Barranquilla y por ferrocarril a Cúcuta junto a trabajadores e ingenieros de estos enclaves, que terminarán fundando los dos equipos centenarios del fútbol colombiano. Pero pronto los locales se le metieron a la cancha a los aristócratas europeos fundando sus propios equipos para originarios, como el Alianza Lima o el Nacional de Uruguay, eliminando las barreras raciales ‒como se logró en torneo carioca en 1923‒ y abandonando los anglicismos obligatorios para la práctica de este deporte, de los que, no obstante, quedan huellas indelebles en los nombres de los clubes, tradiciones futboleras y hasta en los dejos de los narradores.
Pese al machismo imperante, las mujeres también entraron a la cancha. Se datan partidos y equipos femeninos en la semiclandestinidad desde las postrimerías del siglo XIX, organizados por figuras legendarias de las que ni siquiera tenemos certeza de sus nombres reales, porque debían usar seudónimos para su seguridad. Luchadoras ligadas al naciente movimiento sufragista y por los derechos de las mujeres, como “Nettie Honeyball” (Mary Hutson) o “Mrs. Graham” (Hellen Matthews) fundaron en 1894 el British Ladies Football Club, presidido nada más y nada menos que por la escritora precursora del feminismo Florence Dixie. Este club será pionero no solo en romper las barreras de género del fútbol, sino de raza, al incluir a Emma Clarke, la primera futbolista negra, 20 años antes de que en Brasil el goleador Friedenreich todavía tuviera que echarse polvo de arroz en su rostro y alisarse el pelo para que no fuera descalificado por mulato.
Exploradora, luchadora por la igualdad de género y adelantada a su época pese a su origen noble, Dixie tenía claro el carácter subversivo del fútbol practicado por mujeres: “Es el pasatiempo que les garantizará salud y ayudará a destruir ese monstruo de cabeza de hidra que es el vestido actual de la mujer”, afirmaba en plena era victoriana. Con estas palabras aspiraba a demostrar que las mujeres no eran las criaturas ‘ornamentales e inútiles’ que los hombres habían imaginado y que no existía razón alguna para que no pudieran jugar al fútbol y hacerlo bien, siempre que abandonaran el atuendo que, como una camisa de fuerza, la moda les imponía.
Con la mayor proletarización de las mujeres europeas, acelerada durante la I Guerra Mundial, se inició la popularización del fútbol entre las trabajadoras británicas y la irrupción de equipos de obreras, como había sucedido con el balompié masculino. Mientras los hombres eran absorbidos en la guerra interimperialista de trincheras, trabajadoras textiles, de la industria bélica y la metalurgia llenaban estadios en sus partidos y destinaban los fondos para sus hermanos de clase que regresaban lisiados del combate de un conflicto que no era el suyo. Por celos y patriarcado, las mujeres tuvieron que enfrentar la prohibición expresa de la FA inglesa desde 1921 ‒que les vetó el uso de instalaciones oficiales e impuso sanciones a los clubes masculinos que se las facilitaran‒, así como el desconocimiento de la FIFA hasta la década de 1980 y del Comité Olímpico hasta Atlanta 1996. Que las proletarias jugaran al fútbol fue considerado pernicioso para el statu quo, que apelaba a falsos criterios de salud cuando en realidad solo operaban prejuicios de burda moralina. Ver a mujeres proletarias jugando al aire libre y sin faldas rompía con el ideal de dama burguesa ligada al hogar y la maternidad. Así, en Inglaterra no solo se inventó el fútbol, sino también su prohibición para la mitad de la población; una proscripción a la que se sumaron Alemania ‒desde Hitler hasta los años setenta‒, Francia durante las mismas décadas y Brasil hasta la caída de la dictadura militar.
El negocio redondo
El mismo capital que convirtió en mercancía todo cuanto tocó no podía hacer menos con el fútbol. La profesionalización, una conquista de los futbolistas sin linaje ‒que no podían vivir para la pelota sin vivir de la pelota‒, dio paso también a la plena mercantilización del deporte y al progresivo desplazamiento del amateurismo y del juego como simple diversión. Así nació una clase obrera del balón que, pese a sus relativamente buenos ingresos, fue sometida tempranamente a formas semiesclavas de contratación. El deporte dejó de ser solamente deporte y fue poseído por la lógica de la competencia capitalista para un mercado masificado de consumo. Tras algo más de medio siglo, el balompié giró de diversión de ricachos a pasión de masas y, por ello, fue prontamente convertido en lucrativo negocio capitalista. Con la plusvalía extraída a la clase trabajadora, las empresas capitalistas crearon y compraron clubes, de la Bayer a Postobón, de la Hyundai a Televisa, de la Phillips a la FIAT, de la franquicia de los equipos Red Bull a los carteles de la cocaína, de la Samsung a la Volkswagen, de los clubes-estado de los petrojeques árabes a las denominadas “sociedades anónimas deportivas” que promueve Milei para Argentina.
Todo el balompié se convirtió en un lucrativo renglón de acumulación por desposesión, donde las aficiones son tratadas como clientelas obligadas a pagar por todo, mientras los grandes capitales legalizan sus fortunas y obtienen beneficios mediante operaciones especulativas que, según sus críticos, hacen palidecer incluso a la banca y al narcotráfico. Lucro y exclusión suelen ir de la mano. Por eso, la quimera neoliberal de liquidar al proletariado incluye también despojar al fútbol de su sello de clase, como lo señalara Mark Fisher. Así lo evidenció Thatcher en los años ochenta, al quebrar la tradición obrera de la Premier League, reconvertida desde entonces en un torneo progresivamente gentrificado en su competitividad, sus propietarios, su público, el origen de sus protagonistas, sus sistemas de transmisión, sus salarios e incluso sus escenarios deportivos. Entradas de más de 10.000 dólares para partidos del Mundial, paquetes televisivos de costos leoninos, privatización de estadios ‒como el caso del “Nuevo Campín” de Bogotá para el Grupo Aval‒, un arsenal de artículos de mercadeo de dudosa utilidad, la creciente elitización de los implementos básicos para la práctica futbolística, la creación de mercados especializados de videojuegos y aplicaciones, o la conversión de los jugadores en anuncios ambulantes, constituyen apenas la punta del iceberg de este lucrativo negocio.
La producción de fuerza de trabajo calificada es un reglón más potente. Los futbolistas ahora solo pueden ser “producidos” por lo consorcios que subsisten en un mercado cada vez más oligopólico. Los grandes clubes europeos compran niños tercermundistas o hijos de migrantes por un puñado de dólares para venderlos por varios millones antes de cumplir 18 años. En la financiarización, la pelota también infla la burbuja especulativa y los capitales ficticios. El fútbol se convirtió en zona de penumbra para la gran acumulación capitalista, flirteando entre la legalidad y la ilegalidad, siendo ya un auténtico renglón de acumulación por despojo propio de la gran crisis económica en curso. Solo 13 grandes clubes europeos vendieron jugadores por más de mil millones de euros durante este siglo, mientras miles de entidades deportivas quebraron en este mismo periodo en todo el planeta. Pero los sueldos de los futbolistas son ínfimos frente al valor que producen con sus goles, del que se apropian los grandes capitales.

Solo en 2015 se transfirieron casi 14.000 jugadores desde América Latina hacia el exterior; el 80 % recaló en equipos europeos, sobre todo de las cinco grandes ligas. La asimetría financiera y el intercambio desigual entre centro y periferia en el fútbol actual es tal, que, en el ranquin de clubes más vendedores del siglo XXI, solo hay tres sudamericanos entre los 50 primeros y todos después del puesto 44. Según las normatividades de FIFA el club vendedor se queda con el 75 % del valor de la venta de un jugador, éste apenas con el 15 % y los equipos e instituciones que lo formaron desde su infancia hasta el profesionalismo reciben menos del 5 %. Sin embargo, durante los últimos años, este porcentaje apenas ha llegado al 1,5 %. Pareciera que la sentencia de Marx sobre la apropiación privada del producto del trabajo social tuviera como ejemplo al mercado del fútbol.
Las grandes casas de apuestas dueñas de clubes, futbolistas y hasta de torneos completos, hacen realidad el sueño financiarizado del capitalismo de casino, influyendo en los resultados como lo hacía la mafia desde el siglo pasado. Los emporios mediáticos han privatizado la transmisión de los partidos ‒y hasta de los goles‒, en negociaciones fraudulentas que solo ceban los réditos de los magnates del balón. Ha irrumpido una facción de clase parasitaria de agentes y mercachifles del fútbol, que insuflan precios de pases de sus apoderados fletando prensa, entrenadores y directivas, sin preocuparse en nada por el desempeño deportivo, condiciones médicas o adaptación de los jugadores. Burócratas que jamás han pateado una pelota maquinan por un Mundial cada 2 años y con participación de 64 países, y una sarta de torneos sin sentido alguno para saturar aún más el ya extenuante calendario y dejar sin piernas a futbolistas, que como los gladiadores romanos detrás de su fama y comodidad seguían siendo esclavos. Coimas y sobornos delirantes a políticos ‒y de políticos‒, empresarios y dirigentes deportivos. Operaciones de blanqueo de capitales, especulación y genuinas burbujas de valores soportan hoy que el fútbol sea el “deporte rey” de la actual época histórica, que logró transfigurarlo en imagen y semejanza del capitalismo financiero.
Fútbol y política, política y fútbol
De la Guerra del Fútbol ‒donde la eliminatoria rumbo a México 70 sirvió de mera excusa para un conflicto bélico entre dictadorzuelos bananeros de Honduras y El Salvador‒ al «partido fantasma» de 1973, el vergonzoso repechaje disputado con la cancha vacía en el Estadio Nacional de Santiago, cuando la URSS se negó a jugar contra Chile en un campo de concentración apenas días después del golpe de Estado.
El fútbol es el tristemente mítico Partido de la Muerte, donde los cesantes futbolistas soviéticos del Dinamo de Kiev, refugiados en un equipo de panadería, derrotaron en 1942 a los invasores de la Fuerza Aérea nazi y luego pagaron con sus vidas; pero también es la Tregua de Navidad de 1914, cuando británicos y alemanes, que se mataban por defender intereses ajenos, disputaron un partido para recordar que, como decían Rosa Luxemburgo y James Connolly, la guerra no era entre los pueblos.
La pelota va de la selección argelina del FLN, que entre 1958 y 1962 hizo diplomacia anticolonial en plena guerra de liberación con franco-argelinos fugados de la selección gala a las puertas del Mundial de Suecia, a los magnates politiqueros como Berlusconi, Macri, Char, Peña Nieto o Piñera, que se encumbraron electoralmente desde el gansterismo futbolístico que compra clubes para manipular aficiones y conseguir electores.
Es el paraíso fiscal ‒y de toda índole‒ con estatus diplomático pactado por la dictadura paraguaya de Stroessner para la CONMEBOL en Luque, pero también el club Saint Pauli alemán izando la bandera pirata anticapitalista, antifascista, antirracista y defensora de los derechos LGTBIQ+ en la Bundesliga.
Va de Caszely gambeteando a Pinochet en un metro cuadrado, dejándolo con la mano estirada y denunciando la tortura de su madre en la campaña del NO, a Neymar arrodillado ante Bolsonaro para favorecer la perpetuación de sus privilegios fiscales.
El fútbol es la «democracia corinthiana», con Sócrates y Casagrande a la cabeza, donde hasta el personal médico, de aseo y de utilería votaba en igualdad de condiciones con el plantel y las directivas. Se decidía colectivamente desde la táctica de juego hasta los horarios de trabajo. “Ganar o perder, pero siempre en democracia”, decía el Timão en un Brasil sometido a la dictadura; pero el fútbol también son los sobornos de los petrodólares del emir de Qatar para comprar su Mundial, con todo y FIFA-Gate.
Va de los ultras fascistas de la Lazio, el Dinamo Zagreb, el Legia Varsovia o los sionistas del Beitar Jerusalem, a las hinchadas de izquierda del Livorno, el Omonia Nicosia, el Hapoel Jerusalem o las célebres barras Green Brigade, Bukaneros, Garra Blanca y Los de Abajo.
Son las futbolistas colombianas, sin liga profesional, entrando a la cancha con el puño en alto y realizando grandes actuaciones en todas las categorías, frente a los patriarcas de Jesurún, Alzate y la Federación Colombiana de Fútbol.
Es Megan Rapinoe conquistando la igualdad salarial y protestando contra la homofobia de Trump y la sentencia prohibicionista sobre el aborto de la Corte estadounidense, mientras Pelé aplaudía a Havelange y Platini delinquía junto a Blatter.
Son los soldados conservadores jugando con las cabezas de campesinos durante La Violencia en Colombia ‒dantesco espectáculo que las AUC repetirían en Urabá al final del siglo XX‒, mientras, para acallar el Bogotazo, se inauguraba una liga pirata, incluso para la FIFA.
La pelota que no se mancha es la del Diego Maradona encabezando las marchas para hundir el ALCA en Mar del Plata en las narices de Bush; la pelota de tachas imborrables es la de los nazis de la Falange y la División Azul, inventándose el Atlético Aviación y apoderándose de toda la jerarquía del fútbol español durante el franquismo.
El fútbol es Kissinger sirviendo a Videla, intimidando en el camerino al equipo peruano en plena semifinal del Mundial 1978, pero también el Kaiser Rojo, Paul Breitner quien, llamado a capitanear a la RFA entonces campeona del mundo, se negó públicamente a ser un “eunuco político” según sus términos y cohonestar con el lavado de imagen de la dictadura.
El balompié es el Derry F.C. saliéndose de la liga del Ulster para jugar en Irlanda en medio de los “Troubles”, burlándose de las fronteras oficiales, mientras que el Sheriff Tiraspol como buen representante de Trasnistria independiente, no reconoce la autoridad del estado de Moldavia, pero sí campea en su liga de fútbol.
Es la pasión del anarquista Alejandro Finisterre ingeniándose el futbolín en plena Guerra Civil Española para los republicanos sin piernas que no podían patear un balón, y la dignidad de la patada antifascista de Éric Cantona por la que se negó a pedir perdón; es el veto de la Federación colombiana a nuestra “10” Yoreli Rincón por las denuncias de acoso y manejos turbios en la selección, pero también la Balón de Oro noruega Ada Hegerberg vetando a su Federación nacional y a la FIFA en el Mundial de 2019 por las desigualdades estructurales con el fútbol masculino, más allá de los sueldos.

Es Di Stefano raptado por Santiago Bernabéu con el guiño de las autoridades de Franco para que no cumpliera su contrato con el Barcelona, sino que liderara el Real Madrid convertido en embajada andante del régimen; y también Di Stefano retenido por la guerrilla venezolana de las FALN para publicitar su lucha.
El fútbol es la Francia negra y musulmana que deslumbra desde el 98, gracias a alinear esencialmente migrantes e hijos de sus excolonias a cantar La Marsellesa, revaluando el mito del Estado nacional europeo y generando las rabietas de los Le Pen y la derecha xenófoba, pero también son las selecciones de Marruecos o Senegal de “europeos”, hijos de la diáspora de sus pueblos que sostiene la producción de las economías del llamado Norte global, y que aunque hayan nacido, crecido y jugado fuera de su territorio, se ponen la camiseta de África.
La selección alemana multiétnica desde inicios de este siglo, que humilla el mito nazi de la raza aria, echada a pito de Qatar por salir a la cancha tapándose la boca en protesta a la monarquía liberticida. El balompié son las barras de los equipos colombianos participando del Paro Nacional para repudiar al gobierno uribista de Duque ‒¡nombrado en la fundación social de la FIFA!‒, y los jugadores de la selección Colombia coqueteando con la derecha criolla, tanto como el fascismo pretende instrumentalizar su camiseta.
Se nos tornaría inacabable enumerar exhaustivamente la indisoluble unión de política y balompié. El fútbol está preñado de contradicción, porque no es ajeno a la dialéctica.
En este Mundial de Trump habrá más imágenes icónicas de opresión y resistencia, como ya empezaron a darse con las humillantes requisas y retención del goleador iraquí Aymen Hussein, o cuando salte a la cancha la República Democrática del Congo y su hincha Michel Kuka Mboladinga, ‒quien tuvo que ser incluido en la delegación oficial de su selección para que le dieran la visa‒ se pose en la tribuna representando a Patrice Lumumba, para recordarle a los imperialistas sus crímenes.
En la cancha del poder
Presenciamos el último Mundial en un califato medieval, gracias a las coimas en las que está involucrada hasta la diplomacia de la Unión Europea. Una Copa que implicó la tumba para 6.500 trabajadores migrantes, en medio de la validación con presencia de mandatarios mundiales de un régimen autoritario, sexista, homófobo y antidemocrático. Ahora se jugará un Mundial para la propaganda global de un imperio en decadencia cuyas políticas xenófobas impiden incluso el normal desarrollo del espectáculo. Como todo tirano, se verá a Trump entregando su propio trofeo deportivo en medio de un silencio cómplice de cualquier autoridad internacional.
La indignación es válida, la sorpresa no. Es la misma mafia de la FIFA que le dio un Mundial a Mussolini en el 34, a la dictadura perfecta del PRI en el 70 tras la Masacre de Tlatelolco, a la Junta Militar argentina en el 78 y que le había dado su mundial al III Reich ‒en lo que hubiese sido Alemania 42‒ si el nazismo no hubiese precipitado la II Guerra. La FIFA es una transnacional del crimen con legislación paralela y vendida al mejor postor, que le otorgó la sede del Mundial del 86 a Colombia en la época más tenebrosa de ascenso de los carteles del narcotráfico, el estatuto de seguridad y la guerra sucia, mientras el Ejército masacraba hinchas en el Estadio Alfonso López de Bucaramanga. La Mafia del fútbol que todo lo corrompe y nada la toca. La que le quitó el Mundial Juvenil a Indonesia por no recibir a Israel, pero que le permite a este país seguir compitiendo en la UEFA en pleno genocidio en Gaza. Que nadie olvide que al directivo del modesto club Progreso de Montevideo, el socialista Tabaré Vásquez, le quedó más fácil ser presidente de su país, que de la AUF por las presiones de estos usurpadores del balón. Pero también recordemos que el abusador presidente de la RFEF, Luis Rubiales, fue derrocado y suspendido después de la agresión a la futbolista Jeni Hermoso, gracias a la campaña en su contra dirigida por las campeonas del mundo.
Los posicionamientos políticos no son buenos para un régimen mercantil que castra el juego y el deporte como espectáculo venal. Hoy se ataca a Pep Guardiola y Lamine Yamal por su apoyo solidario a Palestina. Pero quepa recordar a Kelme censurando al jugador independentista del FC Barcelona, Oleguer Presas, por apoyar la huelga de hambre del preso político Iñaki de Juana Chaos. Sin embargo, cada vez son más comunes las y los futbolistas profesionales que, sensibles a las problemáticas sociales o políticas, no temen opinar a contracorriente, como el Búfalo Ovelar, el alemán Goretzka, la argentina Macarena Sánchez o la norteamericana Alex Morgan, o entrenadores como Klop o Bielsa. Además ‒y sobre todo‒ cada vez más irrumpen experiencias futbolísticas alternativas: el llamado “fútbol popular”; corrientes de democratización de los clubes; barrismo social y militancia revolucionaria en las tribunas; asociaciones deportivas con principios rebeldes; escuelas, equipos y torneos incluyentes hacia los sectores marginados del gran fútbol capitalista oficial; campañas y prácticas contra el aún hegemónico machismo futbolero; lucha por garantías y derechos de las y los deportistas, entre tantas otras. Afortunadamente el fútbol no es solo el Mundial de la FIFA.
Pero justamente por todo lo anterior, el fútbol ha sido y seguirá siendo un terreno en disputa. Negocio ingente del gran capital en un mercado más especulativo que el sector financiero. Apropiación y subversión popular, que de cada cuando en cuando desborda y redimensiona la institucionalidad oficial de este deporte. Campo de dignidades y de concurrencia de resistencias, dentro y fuera de la cancha. El fútbol espectáculo instrumento de alienación y herramienta de dominación política. El fútbol pasión popular, diversión, deporte, salud y punto de encuentro de las barriadas, de la juventud, de las amistades, de las y los trabajadores, y de naciones y pueblos. El balompié ‒como cualquier actividad humana‒ está determinado por la política, la economía y la ideología, que constituyen auténticos campos de batalla. Del mismo modo en que el fútbol termina entrecruzado por todas estas dimensiones de la lucha social y política, la pelota también salta y rueda por esas otras canchas de la experiencia humana, influyendo en cada una de ellas.
Ni futbolistas ni hinchadas ‒por lo menos no sus mayorías‒ tienen responsabilidad alguna en los retorcidos manejos de la mafia del balompié o del uso abusivo del orden social vigente de la pasión de multitudes. Puede haber fútbol sin directivos, nunca sin jugadores ni jugadoras; tampoco sin fanaticada; hinchas y deportistas son la esencia del juego, no los mercachifles ni los politiqueros. Quienes nos emocionamos pateando un balón o viéndolo correr, inicialmente solo buscábamos recreación que eclipsara el hambre en medio de una sociedad excluyente, salud física ante el trabajo enajenado y repetitivo, o libertad en medio del adoctrinamiento ideológico del sistema educativo. Hoy es válido soñar con que otro juego es posible: el fútbol para quienes lo crean y lo transpiran en canchas y tribunas. La pelota como derecho y disfrute, y no como opio del pueblo.
Fuente: https://revistaizquierda.com/el-balon-en-disputa-una-mirada-marxista-del-futbol/