Depredación y crisis climática. Por Maria Elena Saludas.

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En consonancia con el FMI, los representantes del poder económico de la región promueven un modelo productivo basado en la exportación de materias primas explotadas en grandes cantidades, a costa del empobrecimiento del suelo, del abandono de la soberanía alimentaria y de un extractivismo voraz.

Del 30 de noviembre al 12 de diciembre, se realizó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en Dubái, Emiratos Árabes Unidos. También denominada COP 28 (Conferencia de las Partes de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático), esta reunión cumbre involucra a miles de participantes –algunas fuentes hablan de más de 70 mil– provenientes de todo el mundo. Las “Partes” refiere aquí a los 197 países o entidades soberanas que han adherido a esta convención además de la Unión Europea (UE). Este evento es presidido por el magnate de los combustibles fósiles Sultan Al Jaber, con la presencia concertada y obstructiva del grupo de presión de los cinco gigantes petroleros –Exxon-Mobil, Chevron, Shell, BP y TotalEnergies–, supuestamente, para evitar el colapso climático total. Estos grupos han utilizado su asistencia a las COP para presionar en favor de los intereses de las industrias de combustibles fósiles. Otras industrias contaminadoras, profundamente implicadas en la crisis climática, como el sector financiero, la agroindustria y el transporte, están, también, presentes.

Esto pone de manifiesto que las organizaciones de los países más responsables de las emisiones mundiales dominan las negociaciones sobre el clima e intentan influir en los debates y toma de decisiones vinculados con la crisis climática, que afecta en mayor grado a las comunidades del Sur global, que son las que menos han contribuido a la crisis climática.

La sucesión de cumbres sobre cambio climático que han venido realizándose en estos casi treinta años en el planeta han terminado engendrando un monstruo cada vez más insensato e inmanejable. Los miles o, mejor dicho, decenas de miles de asistentes recorren miles de kilómetros, contribuyendo, también, al cambio climático en marcha.

Y lo realmente hipócrita es que no se debata, en el marco de las COP, la causa estructural de la “crisis climática”. No cabe duda de que los allí presentes –los integrantes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), grupo científico reunido por la ONU para monitorear y evaluar la ciencia global relacionada con el cambio climático– son conscientes de que el actual modelo de producción, distribución y consumo capitalista ha causado una destrucción masiva del medio ambiente, incluyendo el calentamiento global. Es lo que Ramón Fernández Durán (en El Antropoceno. La expansión del capitalismo global choca con la biosfera) llamaba “el metabolismo urbano-agro-industrial mundial”, señalando que “los impactos ambientales del actual capitalismo global se recrudecen en los espacios periféricos y semiperiféricos, mientras se contienen en mayor medida en los espacios centrales, como resultado de las relaciones de poder mundial”.

Hoy, el calentamiento global muestra los efectos de un modelo de desarrollo basado en la concentración de capital, el alto consumo de combustibles fósiles, la sobreproducción y el libre comercio.

 Agroexportador y extractivista

En relación con nuestro país, si bien asistimos a la asunción de un gobierno negacionista de este tema, marcadamente promercado y liberal a ultranza, no implica que los actuales representantes en las negociaciones, en el marco de la COP 28, se diferencien, demasiado, de su ideología. Es el caso, por ejemplo, del empresario José Luis Manzano, presidente del holding Integra Capital, que participa en empresas energéticas como Edenor, MetroGAS y Phoenix Oil & Gas, que considera que la Argentina necesita un acuerdo con los Estados Unidos para meterse en la pelea del mercado mundial del litio. “El país prospera en un contexto donde el grueso del sistema político apuesta por reglas de mercado, estabilidad en las normas y seguridad jurídica”, considera. Este posicionamiento es coincidente con las prioridades del FMI y su directora general, Kristalina Gueorguieva, que propone preservar el comercio mundial (es decir, el libre comercio) y el crecimiento (pensado como crecimiento infinito en un planeta finito). La paradoja es que este crecimiento económico es ajeno al disfrute de la población empobrecida, que es la mayoría de la sociedad. Además de ser uno de los principales factores de destrucción de ecosistemas, de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y de extracción devastadora de nuestros bienes comunes.

Además, respecto del comercio internacional o libre comercio, queda sentado que necesita “seguridad jurídica y estabilidad en las normas”, lo que se logra a partir de los tratados de libre comercio (TLC) –en nuestro país, existen más de cincuenta tratados bilaterales de inversión (TBI) firmados y en vigencia–. Para los países del Sur global, es sinónimo de exportación de materias primas (commodities) producidas o explotadas en grandes cantidades, a costa del empobrecimiento del suelo, del abandono de toda soberanía alimentaria y de un extractivismo que destruye lo vivo. Obligando a estos países a exportar cada vez más, para obtener la mayor cantidad posible de divisas que permitan importar y pagar una deuda externa (en su mayor parte ilegal e ilegítima) y repatriar capitales.

Por lo tanto, hablar del modelo productivo en nuestro país (y en América latina y el Caribe) es hablar de un modelo agroexportador extractivista. Con una infraestructura a su servicio, IIRSA (Iniciativa de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana). Con una ciencia a su servicio, con políticas públicas, también, a su servicio y, como mencionamos, con TLC a su servicio.

Hablar de modelo productivo en la Argentina implica hablar del proceso de colonización y de neocolonización, y del modo de inserción global que tenemos en el marco de la división internacional del trabajo y el rol que cumplen los países de nuestra región y, en general, los países del Sur global en el comercio internacional.

 Por fuera del capitalismo

Esta carrera por la producción y el intercambio internacional, basada en el PIB como indicador de referencia de la “salud” de un país, genera una enorme contaminación por GEI, devastación de nuestros territorios, y es la principal causa de la crisis ambiental. Este modelo de desarrollo genera fuertes tensiones y conflictos sociales, su generación de empleo es modesta y, en general, no resuelve de buena manera los problemas de pobreza y desigualdad.

Claramente, no genera lo que podría llamarse un desarrollo genuino, sino que en realidad es un “mal desarrollo”, dada su incapacidad para mejorar la calidad de vida de las personas o para asegurar la protección ambiental.

El panorama en la actualidad es incierto. Estamos ante una profunda crisis multifacética: alimentaria, energética, económica, financiera, ambiental… En fin, civilizatoria. Es un desafío, por lo tanto, organizarnos, movilizarnos y luchar por un profundo proceso de cambio frente al actual modelo de producción y consumo, concretizando nuestro derecho a desarrollarnos con modelos alternativos, basados en las múltiples realidades y experiencias de los pueblos, auténticamente democráticos, respetando los derechos humanos y colectivos, en armonía con la naturaleza y con justicia social y ambiental.

Planteando la afirmación y construcción colectiva de nuevos paradigmas basados en la soberanía alimentaria, la agroecología y la economía solidaria, la autogestión, la defensa de la vida y los bienes comunes, la afirmación de todos los derechos amenazados, el derecho a la tierra y territorio, el derecho a la ciudad, los derechos de la naturaleza y de las futuras generaciones, es decir, caminando hacia alternativas no capitalistas.

Fuente: https://www.cadtm.org/Depredacion-y-crisis-climatica


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