Peter Thiel y la anatomía del Estado extractivista. Por Verónica Gago y William Callinson

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Vigilancia digital, reformas a pedido y un país puesto en venta: Argentina, vidriera del nuevo capitalismo tecnológico de ultraderecha.

En plena campaña, tanto el presidente argentino Javier Milei como el cofundador de PayPal y Palantir, Peter Thiel, visitaron Brasil para apoyar la candidatura de Flávio Bolsonaro, hoy ganador de la primera vuelta electoral. En julio, Flávio invitó al mandatario argentino a subirse al escenario y bailar en el lanzamiento de su candidatura. Thiel había llegado a San Pablo en mayo como inversor interesado, con quince de sus socios de Rockbridge, una red estadounidense de intelectuales e inversores conservadores con negocios en inteligencia artificial, defensa, seguridad, industria aeroespacial y criptomonedas. Lo que Brasil podría esperar del magnate puede comprobarse en el laboratorio argentino, donde su visita de abril y la posterior decisión de radicarse en el país siguen siendo noticia en todo el mundo.

Como tituló The New York Times, Thiel armó un viaje al “fin del mundo”, un lugar perfecto para atrincherarse en caso de Apocalipsis. Pero Buenos Aires significa para él más que una mansión de 12 millones de dólares, pronto asediada por manifestantes que protestan contra el “tecnofascismo” y parodian su nomenclatura de ciencia ficción aplicada a los negocios. Argentina es, sobre todo, la oportunidad de fusionar su tecnología política con un Estado que se presta a su voluntad a niveles que Estados Unidos todavía no está dispuesto a aceptar.

Codo a codo con el autoproclamado “primer presidente liberal libertario en la historia de la humanidad”, Thiel parece poder experimentar con el sistema legal, político y económico argentino en beneficio de Silicon Valley y del capital financiero, y llevar así el proyecto internacional de extrema derecha a nuevas escalas. Como muestran las leyes y decretos de Milei en 2026, este proyecto capitalista libertario despliega infraestructuras legales y tecnológicas orientadas hacia nuevas y aceleradas formas de extractivismo. Veamos cómo.

El nuevo lugar de América Latina

¿Qué representa este experimento en la historia del hemisferio? Cuando en tiempos de la Guerra Fría se la consideraba el “patio trasero” de Estados Unidos, América Latina no era ni el destino soñado de las élites extranjeras ni la frontera más valiosa para el capital transnacional. Vista desde Washington, era sobre todo un escenario de maniobras contra la influencia soviética y, mediante operaciones encubiertas como la Operación Cóndor —la coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur en los años setenta—, un terreno para golpes que instalaran dictaduras al servicio de la reconversión neoliberal del capitalismo, sobre todo en Argentina y Chile. Hoy, en cambio, la región está en el centro de la atención mundial y la extrema derecha se apodera de las palancas del Estado a través de las urnas. Devenida objeto de deseo y sitio de inversión (¡y posible vivienda!) de los más ricos del mundo, América Latina es menos un “patio trasero” que un “patio delantero” de experimentación fascista e imperial.

Al entrar por la puerta principal de la Casa Rosada, sede del gobierno argentino, Thiel corporiza esa mutación. Tras su visita, el Ministerio de Capital Humano puso en marcha un nuevo programa. Presentado en un extraño video generado por IA y promocionado por Milei en redes sociales, se llama “Gemelo Digital Social“. La plataforma busca centralizar en una única base toda la información estatal sobre jubilaciones, salud, educación, trabajo, migración y territorio, y combinarla con proyecciones algorítmicas de tendencias en políticas sociales. Se trata de una máquina de formulación de políticas supuestamente autónoma. “Argentina va por delante del futuro”, declaró el presidente, pese al oxímoron. Tras criminalizar a los movimientos sociales (en particular a las mujeres que sostienen la reproducción social en comedores comunitarios y espacios de cuidado), el Gobierno compra tecnología de Palantir para orientar sus políticas y reviste de emprendimiento digital la crueldad más descarada.

El Estado extractivista

Quizás la teoría del Estado de la extrema derecha esté mutando hacia “el Estado predictivo”, como ellos lo llaman. Pero se trata más bien de un corrimiento hacia lo que podríamos denominar “el Estado extractivista”. Mientras Thiel advierte acá y allá sobre la amenaza de que el socialismo gane en las urnas —otra versión del Anticristo, figura a la que dedicó un ciclo de conferencias en 2025—, cita a Lenin y extrae lecciones contrarrevolucionarias. El aceleracionismo leninista no lo convence, argumenta, pero lo hace pensar: ¿cuál es la temporalidad del cambio político y su relación con el estado anímico de las mayorías? Frente a la izquierda, el aceleracionismo thielista es tecnológico y capitalista: innovación rápida impulsada por la IA a través de la extracción de datos y recursos. Sin dudas, Argentina le permite pensar esa ecuación en vivo y en directo.

El “Estado extractivista” al que nos referimos no comanda el proceso de extracción, pero asume un rol de vanguardia en la iniciativa legal a escala nacional. Y si empezamos por Brasil es porque esta interfaz entre corporaciones y Estado tiene proyección regional. El “Estado extractivista” efectúa un cambio en la forma-Estado en la medida en que ratifica que los actores capitalistas desarrollan funciones gubernamentales y soberanas tradicionalmente propias del Estado.

“Quizás la teoría del Estado de la extrema derecha esté mutando hacia “el Estado predictivo”, como ellos lo llaman. Pero se trata más bien de un corrimiento hacia lo que podríamos denominar “el Estado extractivista”

Esta transformación ocurre en el marco de una legalización de la vigilancia estatal sobre la que advirtió Amnistía Internacional Argentina. A comienzos de enero de 2026, el gobierno publicó un decreto que modificó 40 artículos de la Ley de Inteligencia Nacional (25.520) para habilitar, con el pretexto de la seguridad nacional, un margen de acción inédito para los servicios secretos, algo expresamente prohibido después de la última dictadura militar (1976-1983). Tras los acuerdos de Palantir con el gobierno, se organizó una sesión especial en el Senado que denunció la falta de información pública sobre lo que el Estado negociaba con la empresa.

Palantir está plenamente integrada con la CIA, el FBI, la NSA y varios países europeos, pero esta combinación de vanguardia entre capital humano e inteligencia artificial se despliega, de manera significativa, desde el Sur Global, en un experimento político de extrema derecha donde la vigilancia escala. Milei celebró la llegada de estas empresas en una columna del Financial Times titulada “Argentina invita a la IA a liberarse”: “Pretendemos ofrecer el entorno jurídico y fiscal más atractivo para las empresas de IA que definirán el siglo XXI. Que Buenos Aires se convierta para la IA en lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación a vela: el lugar donde la imaginación jurídica se puso al día con el momento tecnológico y el mundo cambió”. Milei proclama con orgullo que ofrece el país para ser colonizado: Buenos Aires no es la capital de un imperio, como lo fue Ámsterdam, sino el laboratorio de una “imaginación jurídica”. Simultáneamente, es un enclave colonizado por las nuevas tecnologías pero vanguardista en sus propuestas desreguladoras.

Thiel no es la causa principal ni el único protagonista de esta transformación. Pero, como contratista privado con capacidades sin precedentes, Palantir ofrece al Estado argentino programas “hechos a medida” para el proyecto más amplio de Milei. Esta dependencia mutua entre capital tecnológico y capacidad estatal se asemeja a la “simbiosis estatal” que Quinn Slobodian y Ben Tarnoff, autores de Muskismo, analizan a propósito de Elon Musk y el gobierno estadounidense. Proponemos una diferencia: mientras la simbiosis estatal enfatiza el papel del financiamiento público de proyectos corporativos, el “Estado extractivista” del que parece beneficiarse Thiel destaca el papel del Estado en la organización de una infraestructura más amplia para la extracción privada y pública de recursos, datos y valor. Aunque la gobernanza “libertaria” aparentemente lo desfinancia, el Estado sigue siendo un agente activo y experimental del extractivismo.

El paquete legislativo

El “Estado extractivista” se refleja en el paquete legislativo de los últimos seis meses. En marzo se promulgó la ley de “modernización” laboral y en abril se aprobó la reforma de la Ley de Glaciares. La reforma laboral extiende la jornada a doce horas; reclasifica ciertas enfermedades como bajas “voluntarias” para que los empresarios retengan salarios; habilita el pago en especie, vivienda o alimentos; prohíbe las concentraciones en el lugar de trabajo sin autorización del empleador, y declara “esenciales” sectores clave como salud y educación, con lo que se ilegalizan los paros totales. La reforma de la Ley de Glaciares permite ahora actividades mineras en zonas glaciares y periglaciares, sujetas a resoluciones caso por caso, y otorga poder de decisión a los gobiernos provinciales. Milei celebró su aprobación declarando que “no hay nada que proteger”.

En las semanas siguientes, el FMI anunció un nuevo acuerdo con Argentina; se desmanteló el Servicio Meteorológico Nacional, clave para el clima y la aviación; y se acordó con Estados Unidos intensificar la cooperación militar y la militarización de zonas estratégicas, en el marco de un acuerdo de cinco años denominado “Programa de Protección de los Bienes Comunes Globales”.

En junio se presentó además ante el Congreso una reforma de la Ley de Sociedades, la iniciativa celebrada por Milei en el Financial Times. El proyecto propone reconocer legalmente a las “Sociedades Automatizadas” (que operan únicamente mediante IA y tienen personalidad jurídica) y a las “Organizaciones Autónomas Descentralizadas” (gobernadas por contratos inteligentes y registradas en blockchain). Mientras traspasa valor de lo público al capital privado, pretende otorgar a las entidades de IA la misma personalidad jurídica que a las corporaciones y garantizar que estén totalmente desreguladas.

Mientras tanto, la reforma de la Ley de Tierras Rurales (26.737), que limita al 15% la propiedad de tierras en manos extranjeras y cuya aprobación parlamentaria fracasó tras masivas protestas, vuelve a ser respaldada por la Corte Suprema. Conocida también como “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada” es, como señala un informe del Observatorio de Tierras, una pieza clave de la agenda de Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación, y ejemplifica literalmente la conexión entre capital financiero y extractivismo de datos y de territorios.

Facilidades legales para el extractivismo

El gobierno de Milei no solo habilita una nueva frontera extractiva para las empresas tecnológicas: produce, desde el propio Estado, un marco jurídico hecho a medida. Ya no se trata de corporaciones que aprovechan vacíos legales, sino de una legalidad diseñada para el capital extranjero por la más alta autoridad estatal. Estas leyes, decretos y reformas proporcionan lo que podríamos llamar “facilidades legales” para el saqueo extractivo, entendidas como la infraestructura de una transformación más amplia: son componentes clave en la conversión del Estado en un terreno inmanente (o “plataforma”) para las operaciones extractivas del capital. El Estado ya no es “externo” al proyecto extractivista: queda subsumido en la tecnología legal que lo impulsa. Argentina es así un caso avanzado de cómo las industrias tecnodigitales reconfiguran lo jurídico, y viceversa.

“Ya no se trata de corporaciones que aprovechan vacíos legales, sino de una legalidad diseñada para el capital extranjero por la más alta autoridad estatal.”

Este es el “experimento” de doble filo que atrae a Thiel. Por un lado, le permite subir la apuesta y escalar su proyecto: de las “zonas económicas especiales” como Próspera —la ciudad privada en Honduras respaldada por fondos ligados a Thiel— a los Estados-nación (en este caso, el segundo más grande de América Latina). Por otro, puede participar activamente en producir una infraestructura legal adecuada a los requisitos del capitalismo de plataforma y de vigilancia.

Desde las perspectivas marxistas que han investigado la “morada oculta” del capital en el ámbito de la producción, se abre un nuevo terreno: esas moradas se multiplican bajo formas emergentes de explotación y extracción de valor. Se extrae del trabajo informalizado e invisibilizado, de los datos privados de los usuarios (comportamiento, salud, ciudadanía) y de los recursos de territorios que el capital se apropia sin reconocerlos ni remunerarlos. Si muchos análisis miran “por debajo” y “por detrás” de la circulación del dinero en busca de las arenas ocultas de la producción, hoy esa topografía podría reformatearse hacia las nuevas fronteras extractivas digitales. Estas anudan una expansión a la vez cada vez más invisible (infraestructura digital) y cada vez más dependiente de la extracción de litio, minerales críticos y energía, y de trabajo gratuito y extremadamente precario. Buscan capturar formas heterogéneas de interacción humana y conocimiento traducidas en datos, acumulados para el procesamiento algorítmico, la predicción y la generación de valor. Esta doble dimensión —la dependencia de lo digital, aparentemente abstracto respecto de cuerpos, territorios y recursos— exige cada vez más formas de extracción que oculten esas dependencias.

Este esquema ya transformó Vaca Muerta, una formación geológica de la Patagonia argentina que alberga la segunda mayor reserva de gas no convencional del mundo. En agosto de 2026, el fondo Thiel Macro reportó su primera inversión formal al adquirir el 1% de Vista Energy, el mayor exportador de petróleo de Argentina, por 76 millones de dólares. Es una apuesta por el país y por un sector privilegiado por las reformas recientes. Vista participa en el desarrollo del oleoducto y el puerto de Vaca Muerta Oil Sur (VMOS), infraestructura clave para ampliar la exportación de crudo, que entraría en operación en 2027.

El marco es también el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), que profundiza la matriz extractivista del país al tiempo que se ajusta a los requisitos de las grandes corporaciones tecnológicas. Como argumentó la investigadora Luciana Ghiotto, genera “un régimen que trasciende los marcos tradicionales del derecho internacional de inversiones”. Además de beneficios fiscales y libertad cambiaria irrestricta, el RIGI crea un “Comando Unificado de Seguridad Productiva” que despliega fuerzas federales para proteger emprendimientos privados. Una vez más, se combinan los mismos tres elementos: militarización, extractivismo y financiarización.

La nueva tierra prometida

Estos conflictos, que no pueden leerse según la clásica distinción entre una esfera política y una esfera económica, han saltado a la escena internacional. En la Asamblea General de la ONU, el presidente brasileño Lula da Silva denunció que la “industria millonaria de las aplicaciones de apuestas convierte la adicción en ganancia” y está “destruyendo millones de hogares” al empujar a las familias a endeudarse. Bolsonaro calificó de “fraude electoral” ese discurso sobre la prohibición del juego online, a poco de las elecciones, y recordó que el propio gobierno de Lula lo había regulado años antes. La medida de Lula conecta acertadamente con la articulación digital de la propaganda ultraderechista, que se combina con formas de “financiarización desde abajo” mediadas y entrenadas por estas plataformas. Prueba de que esta infraestructura digital concentra, sin disimulo, una disputa política de primer orden: Meta bloqueó la página de Lula en Facebook y revirtió la decisión un día después.

“El Estado ya no es ‘externo’ al proyecto extractivista: queda subsumido en la tecnología legal que lo impulsa.”

Ante la misma Asamblea, Milei arremetió contra la “casta de parásitos arrogantes disfrazados de burócratas bienintencionados” y reiteró que todo el país está en venta: del sector energético y la producción de alimentos a los recursos minerales y los datos para la inteligencia artificial. Luego elogió a Netanyahu y proclamó que “Argentina es la nueva tierra prometida”. Thiel parece haberlo escuchado antes.

En su segunda visita a la Casa Rosada, Thiel le preguntó a Milei de modo incisivo: “¿Cómo es esto sostenible en el tiempo?”. Meses después redobla la apuesta, convencido de que Milei ha reformado la sociedad y el Estado. En el podcast de Mathias Döpfner, CEO del grupo mediático alemán Axel Springer, Thiel pontificó: “La pregunta sigue abierta: si Milei logrará revertir la situación de Argentina, si será reelegido dentro de un año. Sigo creyendo que lo será, porque la gente entiende que esto es algo tan existencial que no puede revertirse”. Con el modelo israelí y la tecnología de Palantir al frente de sus proyectos, Milei y Thiel ven en el propio Estado extractivista una “nueva tierra prometida”.

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/10/24/peter-thiel-y-la-anatomia-del-estado-extractivista/


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