Un balance sobre la movilización, sus rasgos distintivos y los desafíos para construir una alternativa
La marcha fue importante. No alcanzó la masividad de otras movilizaciones emblemáticas —como las del 24 de marzo, la marcha antifascista posterior a las declaraciones de Javier Milei en Davos o las movilizaciones en defensa de la universidad pública—, pero reunió una cantidad significativa de personas. Cálculos realistas ubican la concurrencia en alrededor de los 30.000 participantes en Plaza de Mayo. No es poco, sobre todo si se considera que las izquierdas, sumando la asistencia a los dos actos del 1° de Mayo, no habían alcanzado las 15.000 personas.
Esta vez, la convocatoria duplicó aquella cifra y tuvo una importancia y una repercusión social que excedieron ampliamente a quienes participaron de manera directa. Si bien la cantidad de asistentes es importante, para pensar la real dimensión de la marcha adquieren relevancia sus rasgos políticos, sus novedades —aunque todavía se encuentren en estado embrionario— y las posibilidades que abre hacia adelante.
Hay, al menos, cuatro características que vale la pena destacar.
Una movilización política que articuló las broncas
El primer rasgo distintivo es que la marcha no se organizó alrededor de un reclamo específico o sectorial. Por el contrario, buscó articular las distintas broncas, necesidades y resistencias que atraviesan al pueblo trabajador. No se trató simplemente de pedirle algo al Gobierno, sino de cuestionar el conjunto de su plan y plantear la necesidad de derrotarlo. En ese sentido, la elección de Plaza de Mayo como escenario, en lugar del Congreso, no fue un detalle menor.
Esta característica de la marcha parte de una lectura de la realidad: el poder económico, a través del Gobierno de Milei, no pretende realizar modificaciones parciales, sino impulsar una transformación profunda de la economía y de la sociedad argentina. Frente a ese proyecto, es imprescindible fortalecer cada una de las luchas y reivindicaciones concretas que surgen ante las múltiples agresiones. Pero también hace falta oponer un plan global de signo contrario, construido desde las necesidades y la perspectiva del pueblo trabajador.
La marcha, entonces, tuvo un carácter político. Señaló la existencia de dos campos enfrentados y puso en discusión el rumbo general del país. No hay que temerle a la palabra «política»: se trata de una política diferente de la que practican los sectores dominantes. Una política desde abajo, capaz de articular a los distintos sectores del pueblo trabajador y de transformar la resistencia dispersa en una fuerza colectiva.
La construcción desde abajo y la necesidad de lo colectivo
El segundo rasgo es la construcción colectiva de la movilización. Sin desconocer —por el contrario, reconociendo— el papel de la izquierda, que tomó la iniciativa, es importante subrayar que la marcha fue construida desde abajo, con la participación de más de 300 agrupaciones de distinto tipo, a través de asambleas y reuniones.
Esta dimensión adquiere una importancia especial en un momento en el que se intenta fragmentar a la sociedad, aislarnos y convencernos de enfrentar nuestros problemas en soledad. Reunirnos, deliberar y construir en común no es importante solamente para la lucha política o para la elaboración de alternativas, también para la vida cotidiana.
La necesidad de encontrarse sigue presente en amplios sectores de la sociedad, no han logrado destruirla. Basta observar, por ejemplo, las grandes concentraciones populares para despedir al Indio Solari o las celebraciones colectivas tras el triunfo contra Inglaterra y la reivindicación de las Malvinas. Son expresiones que revelan la necesidad de compartir, reconocerse y formar parte de algo colectivo.
La marcha expresó, aunque todavía de manera incipiente, esa búsqueda de lo común en una sociedad atravesada por el individualismo, tanto en la vida cotidiana como en la política, que se organiza alrededor de candidatos, figuras y personalidades. Las izquierdas –se trata de algo novedoso- también tenemos una referente reconocida por amplios sectores, como lo es Myriam Bregman. Pero la cuestión decisiva es qué se hace con esa incidencia: si se la utiliza para reforzar el personalismo de la política tradicional o para contribuir a la construcción de una fuerza colectiva desde abajo. La marcha fue un paso importante en este segundo y productivo rumbo.
La espera como política y la crisis del peronismo
El tercer elemento aparece con claridad al comparar la marcha con la concentración realizada ese mismo día por Axel Kicillof. El mensaje central de ambas convocatorias fue diferente. En el caso del gobernador bonaerense, los medios destacaron una frase: «Cuenten conmigo para que el año que viene Argentina tenga una alternativa».
Esta frase logra condensar una política basada en la espera. Esperar un año más. Esperar que llegue una alternativa. Esperar la aparición de un salvador que ofrezca una salida dentro de los plazos y los mecanismos del sistema institucional vigente.
Esta perspectiva también pone de relieve la crisis del peronismo. No se trata solo ni principalmente de una crisis motivada en internas y personalismos, sino de una crisis más profunda: la imposibilidad de construir una respuesta alternativa a la ultraderecha dentro de los límites que imponen el capitalismo y las formas institucionales que se presentan como “democráticas”. Esta crisis golpea a su base social y, a las izquierdas, nos coloca frente a la oportunidad y responsabilidad de encontrar caminos de diálogo y articulación con quienes todavía se identifican con el peronismo, pero empiezan a advertir que no ofrece una salida real.
Frente a esta lógica de la espera, la marcha colocó en primer plano la voluntad y la acción popular. Allí aparece una discusión central sobre el sentido de la democracia. ¿Consiste sólo en respetar los calendarios electorales y los plazos constitucionales? ¿O supone principalmente que las mayorías populares puedan intervenir de manera activa y protagónica en la definición de su propio destino?
La espera, el “hay 2027”, en el contexto de avance de las políticas de ajuste y de destrucción social, no es neutral. Puede convertirse en una forma de inmovilización que la ofensiva del poder económico requiere. La realidad popular exige organización, deliberación y acción en el presente.
El protagonismo popular y los límites de la institucionalidad
El cuarto rasgo, todavía embrionario, está relacionado con que la marcha planteó las necesidades populares y sus propuestas por fuera de los canales institucionales tradicionales.
El Congreso se va revelando cada vez más como alejado de las necesidades de las mayorías. Más que un espacio de deliberación y decisión democrática, se presenta como una feria, donde lo que se compra y vende no son verduras, sino favores y votos. De allí lo correcto de haber marchado hacia Plaza de Mayo, dando la espalda al Congreso. Sin olvidar con ello que el verdadero poder ya no reside sólo allí, sino asimismo en los despachos y oficinas del poder económico empresarial.
La marcha de la bronca, entonces, de manera embrionaria, dejó planteada la necesidad de no limitarnos a reclamar que las instituciones funcionen mejor –no alcanzaría con llenar de izquierda el Congreso- sino también poner en cuestión las bases de un sistema que restringe la participación popular, para revolucionarlo de raíz.
El problema no se reduce a que la Constitución prohíba que “el pueblo gobierne y delibere”. Porque al capitalismo ya le molestan incluso los retaceados derechos democráticos. E intenta eliminar derechos fundamentales, como el derecho a la protesta. El protocolo antipiquetes, los proyectos que habilitan una mayor intervención militar en la seguridad interior o amenazan la libertad de expresión, la existencia de presos políticos —como Eneas, Milton o Facundo Jones Huala— forman parte de un escenario ineludible.
Es necesario defender y ampliar el derecho del pueblo a reunirse, deliberar, organizarse y decidir sobre las cuestiones que afectan su vida. La marcha puso esa cuestión en escena, aunque todavía de manera incipiente: la idea de que el pueblo no debe limitarse a reclamar ante quienes gobiernan, sino que tiene derecho a construir poder propio e imponer sus necesidades como orientación política.
Hay un debate necesario y de fondo en estas cuestiones. Frente a los proyectos de los llamados «tecnofachos», como Elon Musk o Peter Thiel —de estrecho vínculo con los proyectos políticos de extrema derecha—, ¿alcanza con defender las formas actuales de la democracia –que ellos pretenden eliminar- o es necesario transformarlas radicalmente para garantizar un protagonismo popular efectivo?
La marcha tuvo la virtud de colocar ese protagonismo popular en el centro y de señalar el antagonismo social mediante una consigna clara que habrá que llenar de contenido concreto: que la crisis la paguen los ricos.
Las perspectivas: una tarea y un debate colectivo
La movilización dejó una tarea inmediata, expresada con claridad: acompañar todas las luchas, rodearlas de solidaridad para que puedan triunfar y construir las condiciones para derrotar al Gobierno.
La huelga general apareció como una herramienta fundamental. Sin embargo, plantearla como único horizonte resulta insuficiente. No solamente porque la conducción de la CGT no parece dispuesta a avanzar más allá, en el mejor de los casos, de un paro limitado y aislado, sino también porque una parte importante del pueblo trabajador no cuenta con un empleo formal o con un lugar de trabajo en el que pueda ejercer el derecho de huelga de la manera tradicional.
Esta situación obliga a profundizar la auto-organización popular. En algunos lados eso puede implicar disputar el control de organizaciones hoy dirigidas por burocracias; en otros, construir nuevas formas organizativas que respondan mejor a la estructura actual de la clase trabajadora, marcada por la precarización, la informalidad, la fragmentación y la multiplicidad de experiencias laborales y comunitarias.
También resulta necesario avanzar en la articulación de las luchas existentes. Allí aparecen iniciativas y espacios como el próximo encuentro plurinacional transfeminista en Córdoba, el encuentro de comunidades mapuches en la Patagonia previsto para el 12 de octubre, la defensa del agua y la oposición a la privatización de AySA, la Conferencia Antifascista y Antiimperialista de diciembre, así como el impulso a coordinaciones zonales, que habían comenzado a organizarse contra la reforma laboral.
La construcción de una alternativa
El debate estratégico que queda planteado es cómo construir una alternativa frente a un capitalismo que tiene a una de sus expresiones más agresivas en el Gobierno de Milei y de las ultraderechas, pero intenta continuar en un «mileísmo sin Milei».
Uno de los principales convocantes de la marcha, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), plantea la necesidad de construir un partido de la nueva clase trabajadora y ya comenzó a impulsar comités con ese objetivo. Esa propuesta puede constituir una vía de organización, pero también presenta interrogantes y límites.
La propia marcha permite, aun limitadamente, observar la diversidad de experiencias de quienes pretendemos la transformación social. En Mendoza, por ejemplo, que fue una de las provincias donde la movilización tuvo una concurrencia significativa, fue importante la participación de numerosas asambleas vinculadas a la defensa del agua. A esto se suma la existencia de una amplia variedad de colectivos y organizaciones que enfrentan al capitalismo patriarcal y ecocida, además de militantes que se reconocen como parte de la izquierda y de otros que se identifican con el peronismo, pero comienzan a considerar que su partido forma parte del sistema y no ofrece una alternativa real.
En ese contexto, no parece sencillo que todas esas experiencias confluyan necesariamente en un único partido. Podría resultar más pertinente pensar en un movimiento amplio, articulado y con objetivos políticos definidos, que no renuncie a una perspectiva anticapitalista, antimperialista y antipatriarcal, pero que sea capaz de contener distintas tradiciones revolucionarias, experiencias militantes y formas organizativas.
No se trata de disolver las diferencias ni de ocultar los debates estratégicos. Pueden debatirse de cara al pueblo. Pero se trata de construir una unidad que pueda reconocer la diversidad y, al mismo tiempo, establecer rumbos comunes. La forma definitiva de esa alternativa no se resolverá en una mesa de debate ni mediante una decisión tomada de antemano. Será la realidad de las luchas populares, sus avances, sus dificultades y sus experiencias de organización la que tendrá la última palabra.
La marcha dejó una señal: hay una voluntad de encontrarse, de resistir y de discutir un horizonte distinto. El desafío consiste en transformar esa voluntad en organización, en programa y en poder popular.