Después de la bronca. Por Aldo Casas, Ariel Petruccelli y Juan Pablo Casiello

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El sábado 19 de septiembre miles de personas se movilizaron en la llamada “marcha de la bronca”. Myriam Bregman estimó en una entrevista que hubo entre 50.000 y 60.000 personas en Buenos Aires, y otras 20.000 en distintas ciudades del interior. Algunos participantes calcularon, con mayor prudencia, que habría habido entre 25.000 y 40.000. ¿Es mucho o es poco? Para una marcha convocada por la izquierda son cifras elevadas. Sin embargo, la convocatoria no era en favor de una clara propuesta de izquierda, como por ejemplo en favor de un gobierno de trabajadores, sino que intentaba aglutinar el descontento con el gobierno de Milei, la bronca. En este sentido, como marcha opositora, no ha sido nada impresionante. Comparada con las multitudinarias movilizaciones en defensa de las Universidades públicas, por ejemplo, se trata de cifras bajas. Aunque Myriam Bregman sigue siendo la figura política con mejor imagen del país, y aunque la intención de voto a la izquierda triplica su promedio de la última década, existe una desproporción enorme entre la simpatía que despierta Bregman y la capacidad de la izquierda para organizar o movilizar a esos millones de personas o fijar un objetivo medianamente claro para lograrlo.

Tradicionalmente, la Argentina ha sido una sociedad muy activa políticamente y proclive a las acciones callejeras. Sin embargo, la paradoja del crecimiento de la simpatía que concita Myriam Bregman consiste en que es una simpatía difusa, que no se traduce fácilmente en movilización ni, mucho menos, en organización. Por lo general, la izquierda crece en momentos de fuertes luchas sindicales, sociales o populares. Lo singular de la actual coyuntura es que el crecimiento de una figura de izquierda hasta alcanzar cotas abismalmente superiores a las de cualquier experiencia pasada en nuestro país, coincide con un período de fuerte ofensiva de un gobierno ultra liberal, del gran capital y del imperialismo, que se enfrenta a una resistencia relativamente aislada y/o discontinua, con pocos triunfos reivindicativos. Un ascenso en la simpatía y en la intención de voto en un contexto defensivo para la clase trabajadora y de estancamiento de las luchas sociales. Los tres primeros años del gobierno de Milei se desarrollaron en medio de pocas huelgas (para los parámetros argentinos) y con una resistencia que parece menor a la que tuvo lugar en los primeros años del menemato, e indudablemente muy inferior a los niveles de beligerancia del período 1996-2002. El crecimiento de Bregman ocurre incluso una década después del pico de la “marea verde”.

El fenómeno es sí mismo quizá no sea especialmente sorprendente. En el mundo occidental, pero no sólo en él, la magnitud de la movilización política y la participación popular en organizaciones políticas, sindicales o sociales en general ha tendido a disminuir sostenidamente en el último medio siglo, alcanzando –con matices y altibajos aquí o allá- sus cotas más bajas entre los años noventa y los primeros dos mil, en plena hegemonía neoliberal. Por entonces era frecuente hablar de una era pos-política e incluso podía darse por descontado que nos hallábamos en una era pos-socialista.  En los últimos dos o tres lustros, sin embargo, los malestares acumulados han llevado a lo que parece una repolitización, a la que Anton Jager ha denominado hiper-política. La hiper-política -que este autor considera el resultado combinado de la crisis iniciada en 2008 y los fenómenos virales producidos por internet y las “redes sociales”- consiste en un frenesí político polarizado que, sin embargo, no ha conseguido, hasta el momento, introducir modificaciones políticas apreciables. En cualquier caso, en los últimos años las democracias liberales han experimentado un desplazamiento que se extiende tanto a sus casos más vetustos (como los de USA o Europa) como a las más recientemente consolidadas (como las democracias de América Latina). En mayor o menor medida, se ha ido pasando de sistemas sumamente estables que garantizaban una combinación de relativa pasividad política (expresada en elevadas cotas de abstención electoral y, ante todo, en términos de disminución de organización y movilización popular) con lealtades electorales poco propensas al cambio; a sistemas muy inestables en los que cierto renovado interés por la política tiende a crecer a la par del descontento, dando lugar tanto al aumento de las actividades de protesta que pueden provocar incluso estallidos populares (como ilustran numerosos casos asiáticos, africanos y en menor medida latinoamericanos en los últimos dos años), como a rápidos virajes electorales tan aparentemente radicales como, en sustancia, superficiales. Empíricamente, los estallidos y la existencia de una alternativa político/electoral han tenido por lo general una relación inversa. Los primeros se producen sobre todo cuando no hay una fuerza política que sea vista como opción real.

Pero independientemente de esto último, el gran problema de nuestra época es que una cosa es el derrocamiento de un gobierno por una rebelión popular o el triunfo electoral de una fuerza política que en teoría es “anti-sistema”, y otra muy distinta la construcción de una alternativa sistémica real. En estas aguas borrascosas naufragaron todos los llamados “populismos”, tanto de izquierdas como de derechas, de los últimos años: no hay un pasaje claro desde los discursos “anti-sistema” a la construcción de una verdadera alternativa sistémica.

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Ahora bien, ni Myriam Bregman ni el FITU son una típica izquierda populista. Son, más bien, una izquierda marxista clásica, estructurada en torno al viejo objetivo de derrocar al capitalismo y construir el socialismo. Poco y nada tienen que ver con experiencias como las de Podemos o Ziriza, ni se asocian fácilmente con las perspectivas de Evo Morales o del chavismo, a las que han criticado con dureza. Tampoco son parangonables con Mamdani, en USA, o con Die Linke, en Alemania. Pero la pregunta es: ¿resulta esto claro para los millones que miran con simpatía a Bregman? En principio no lo parece. Las referencias de Bregman al socialismo son escasas y elusivas. La palabra revolución muy rara vez escapa de sus labios. Más aún, el discurso público del partido en el que Bregman milita (PTS) e incluso los discursos del resto de las fuerzas del FITU (PO, MST, IS) tienden a acentuar lo que rechazan (Milei, el peronismo, el FMI) antes que a precisar lo que proponen. En sus intervenciones públicas (aquellas que pueden llegar a millones) se dice poco y nada en términos revolucionarios. Incluso ocupan poco espacio los temas que están permitiendo el ascenso de izquierdas reformistas (como Mamdani o Die Linke) y que son de gran importancia para la clase trabajadora en su conjunto: vivienda, transporte, impuesto a los super ricos. Quien lea sus manifiestos o sus documentos podrá hacerse una idea de sus objetivos, pero las simpatías masivas por Bregman van por otros carriles: los de la cultura audiovisual, acentuada hasta lo indecible con las nuevas tecnologías digitales. En este marco cultural, las figuras y los discursos personales pesan más que los programas políticos; la publicidad se impone a la vieja “propaganda”; las emociones movilizan más que las razones, la vertiginosa indignación virtual se impone sobre la paciente organización colectiva. Esto ayuda a entender por qué una simpatía sin precedentes puede ir de la mano de una capacidad de movilización por debajo de la que la izquierda pudo mostrar en el pasado: de hecho, la “Plaza del No” que el viejo MAS convocó contra Menem fue más numerosa que la movilización del sábado 19 de septiembre.

La “marcha de la bronca” fue en cierta medida un intento de revertir esa situación. Es comprensible, la cosa tiene lógica. Pero en parte se funda en lo que puede ser un equívoco. Entre la bronca y la revolución hay mucho más que una serie de pequeños pasos sucesivos: es necesaria la intelección de una alternativa social. Si la izquierda no logra ofrecer un nuevo horizonte y creer fervientemente en él, será difícil superar la política testimonial.

La simpatía por Bregman no equivale a la aprobación de una perspectiva revolucionaria. Tampoco entraña necesariamente disposición a movilizarse. La idea de coordinar las luchas para que nadie pelee solo (una idea genéricamente correcta), choca con una realidad en la que pocos se hallan luchando. De todos modos, la presente coyuntura, con millones de ojos mirando hacia la izquierda, ofrece una situación excepcional para poner en la arena pública una perspectiva revolucionaria. Sin embargo, en lugar de exponer detalladamente ante un auditorio de dimensiones verdaderamente colosales un enfoque clara y resueltamente revolucionario, la izquierda argentina parece enfocada en establecer la diferenciación política con el peronismo como una línea que separa a quienes quieren esperar a las elecciones de 2027, y quienes quieren “derrotar a Milei” por medio de una huelga general. Esta táctica soslaya que, aun cuando Milei fuera “derrotado” en las calles, ello no significa necesariamente que dimitiría. Y que si lo hiciera, aparecería el problema de qué gobierno habría de sucederlo. El riesgo de todo esto reside en que la atención popular que hoy concita Bregman no esté sirviendo para esclarecer a las masas en qué consiste, hoy, un proyecto revolucionario de confrontación y derrocamiento del capitalismo. En las intervenciones públicas, de hecho, Bregman parece jugar a las escondidas. Podría entenderse que no quiera mostrar las cartas al enemigo. Pero la consecuencia es que su juego resulta opaco para la clase trabajadora.

La simpatía popular por Myriam Bregman hace posible que la izquierda plantee con convicción y visos de verosimilitud una decidida alternativa política con voluntad de asumir el poder para iniciar transformaciones revolucionarias. El descontento abunda en todo el mundo: lo que faltan son alternativas genuinamente radicales, viables, deseables, creíbles. Capaces, en suma, de despertar un enorme entusiasmo popular y de ofrecer un modelo diferente de sociedad, de economía y de sistema político. Salvo algunas excepciones, cuesta ver en la izquierda argentina auténtica convicción y decisión en este sentido. Puede que ello se deba a una sana carga de realismo. Pero también puede deberse a carencia de audacia y falta de confianza tras un tiempo demasiado prolongado de marginalidad o minoridad política. ¿Habría que conformarse con multiplicar los efectivos militantes de cada partido y aumentar la representación parlamentaria en base a un discurso público escasamente revolucionario? En términos comparativos con otros países, no estaría mal. Pero en los tiempos que corren, y ante los desafíos mundiales en la era de la poli-crisis, tiene sabor a poco.

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Luego de cuatro décadas de una democracia bastante consolidada -y en las que las fuerzas de izquierda se han presentado sin falta a las elecciones-, a ojos de las mayorías una alternativa política se asocia por defecto con una alternativa electoral. Si esto no se tiene en cuenta, la interlocución puede cortocircuitarse o, lo que podría ser peor, fundarse en el equívoco. Reconocer que para la mayor parte de la población las elecciones son vistas como una vía de cambio más creíble que una incierta “huelga general” (o una perspectiva insurreccional de la que en verdad casi no se habla) no tiene nada de electoralismo: es simple realismo, basado en tomar en consideración lo sucedido en los últimos años. Si se descarta taxativamente que las elecciones puedan ser empleadas para transformar la realidad, o para iniciar esa tarea, entonces habría que explicar muy bien por qué se piensa así. Pero en tal caso se vuelve imperioso bosquejar qué sistema político reemplazaría al actual, un tema cubierto por un manto de silencio que deberíamos retirar. El interrogante respecto a cómo luchar dentro y contra las democracias liberales no puede seguir siendo indefinidamente pospuesto. Y lo mismo cabe decir de la posible fisonomía institucional de una auténtica democracia socialista.

Por supuesto, para que una alternativa revolucionaria resulte atractiva y creíble hace falta mucha precisión sobre qué proyecto económico defendería un gobierno revolucionario. El puñado de consignas generales que hoy están puestas sobre la mesa (no pago de la deuda externa, nacionalización de la banca y del comercio exterior; aumentos salariales; reparto de las horas de trabajo; etc.) no son medidas en sí y de por sí socialistas o tan siquiera anti capitalistas; y aunque podrían encadenarse con una serie de pasos en esa dirección, la concatenación de los mismos se presenta oscura, con el agravante de que no hay experiencias exitosas a las que apelar como ejemplos. No hay ninguna otra posibilidad que inventar. Lo que no parece razonable es omitir los innumerables detalles de esta ardua pero fundamental cuestión.

Por otra parte, será difícil ir más allá del capitalismo si la izquierda no se atreve a romper resuelta y abiertamente con algunos consensos sociales, como por ejemplo los existentes en torno a la propiedad privada y el derecho de herencia. Sumar votos escamoteando estos aspectos puede ser una encerrona. En la actualidad, sin embargo, todas estas cuestiones trascendentales se hallan en una nebulosa. Sin alguna respuesta medianamente clara a las mismas, será difícil que la izquierda sea tomada seriamente como una alternativa de gobierno revolucionario: ya sea porque se la ve como una fuerza testimonial antes que gubernamental; ya sea porque se la considera un gobierno posible, pero desconociendo, en trágica confusión, su voluntad revolucionaria.

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Con independencia de la claridad de objetivos sociales y de los pasos eventuales para alcanzarlos (hoy bastante inciertos, pero que podrían ser esclarecidos), una fuerza genuinamente revolucionaria requiere una sólida movilización y organización de masas. El descontento y la bronca crean un espacio favorable para las propuestas percibidas como “radicales”, pero si esta dinámica no se aprovecha para trabajar por una adhesión consciente al socialismo revolucionario, entonces la actual simpatía puede ser un mero vaivén. Las nuevas tecnologías facilitan la difusión de mensajes disruptivos pero, a la vez, ayudan a socavar las formas más tradicionales de organización y de solidaridad colectiva material. Hay una tensión formidable entre la laxa simpatía hacia Myriam Bregman motorizada por las dinámicas hiperpolíticas de la cultura audiovisual (que se manifiesta en adhesiones digitales, likes, posteos y, eventualmente, disposición a votarla), y las rígidas y estrechas formas organizativas de los partidos de cuadros que conforman el FITU. Y no parece haber nada que medie entre una adhesión extendida pero difusa y las muy estrictas organizaciones autoasumidas como leninistas. No hay -ni parece que la izquierda argentina tenga apremio por ayudar a construir- organizaciones de masas que actúen como equivalentes funcionales de los soviets y/o que puedan  agrupar políticamente a contingentes más amplios y diversos de los que podrían caber en un nuevo o viejo partido leninista. En las presentes circunstancias, con una situación económica precaria, un gobierno desgastado y una oposición peronista fragmentada a la que su propia base repudia, la izquierda se ve favorecida por cierto “viento de cola”. Pero si no se decide, -si no nos decidimos- a mostrarse como una alternativa de gobierno creíble, exponiendo clara y detalladamente qué transformaciones llevar adelante para alcanzar un  nuevo tipo de sociedad, puede que todo culmine en una nueva frustración.

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/09/24/despues-de-la-bronca/


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