De ofensivas y contraofensivas en la Argentina de hoy. Por Daniel Campione

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El libro La ofensiva ultraconservadora. Apuntes sobre una nueva época deriva de tres años de escritura al calor de los sucesos. Con ánimo de análisis acompañado por la voluntad de intervención.


La frase “ofensiva ultraconservadora” enfatiza que sufrimos un ataque organizado y consciente que no es una mera reedición del neoliberalismo. Sino una tentativa integral de reestructuración regresiva de la sociedad argentina con ciertos rasgos novedosos.
Con eje en lo económico social y también múltiples proyecciones políticas y culturales. Por eso usamos el término “ultraconservador”. En lugar de “neoliberal” o “ultraliberal”, más ligados a lo económico.
Se articula a un fenómeno mundial en el que desde EEUU y sus cómplices más estrechos destruyen el orden internacional posterior a 1945. Con las sustantivas modificaciones que produjo el hundimiento en Europa del Este. No se trata de echar en falta aquel orden. Incluyó el eterno bloqueo a Cuba, el napalm en Vietnam. Y los genocidios de las décadas de 1970 y 1980 en Nuestra América.
Nos encontramos con un presidente que aspira a constituirse en el mejor discípulo de su mentor yanqui, Donald Trump y a volverse una referencia de alcance continental y hasta mundial para las extremas derechas de las diferentes latitudes.
El calificativo “ultraconservador” nos conduce asimismo a la pertinencia o no de otras calificaciones, como las vinculadas al fascismo, sus prefijos (neo, pos, semi, tecno) y sufijos (fascistoide).
Una discusión que tiene aristas aprovechables y otras que no tanto. Carácter debatible que además no interfiere con la eficacia que tenga la apelación antifascista como consigna política susceptible de ser movilizante y unificadora.
El carácter integral de la tentativa de reestructuración nos conduce a prevenirnos frente a una “nueva época”, un momento nuevo, que no lo es por entero, claro. Pero presenta elementos de corte sobre las más de cuatro décadas de reinstauración del régimen constitucional en nuestro país.
Pone en entredicho sistemas económicos y políticos de larga data en otras latitudes. Estamos inmersos en los comienzos de esta etapa novedosa, por lo que es mejor la modestia y cautela de unos “apuntes”. También ha sido adrede la no inclusión de la referencia a Argentina en el título y subtítulo.
El escenario no es el país sino el mundo. Los diferentes países bajo fuego son muestrarios parciales de un mismo trabajo que reorganiza en la destrucción y disciplina a fuerza de miedo.

La “mundialización” reaccionaria.

Estamos ante un proceso de alcance mundial. Con diferencias locales, por supuesto. Con una mayoría de países donde se acrecen los “ultras”, sin pausa y con apuro. Como se manifestó en las más recientes victorias de la ultraderecha, en Bolivia, Chile, Perú, Colombia.
No puede comprenderse al gobierno de La Libertad Avanza (LLA) sin referirse a los mandatos de Donald Trump y Jair Bolsonaro. Así como a todas las fuerzas en ascenso en estos años, dentro y fuera de Nuestra América.
Incluso no puede entendérselo sin el encuadre en la “larga duración” de la ultraderecha, que remonta al Frente Nacional francés, al caso austríaco en los albores de este siglo. Y a otras experiencias que no han llegado por ahora al gobierno más arrastran una dilatada presencia en sus países respectivos.
Muchas veces se alega el proteccionismo económico de algunos exponentes de la ultraderecha o sus posicionamientos nacionalistas para la difuminación del vínculo con la extrema derecha argentina. La que es ultraliberal en lo económico y pronorteamericana hasta el paroxismo en el plano de la política exterior.
Son sin embargo parte del mismo fenómeno. Al menos una porción de las diferencias y matices reconocen como causa el carácter central o periférico de los países respectivos. Los altos aranceles estadounidenses y la apertura a las importaciones y al capital externo en Argentina, por ejemplo, convergen en el pleno favorecimiento de los intereses del imperio del norte.
La escena política se halla trastocada. La sacude la magnitud de la ofensiva del capital sobre el trabajo, la reformulación selectiva del aparato estatal. Sobre todo la aspiración cada vez más explícita de reemplazo de la democracia liberal por algún tipo de gobierno de las grandes corporaciones. Sin sufragio popular ni “Estado de derecho”
Los ultraconservadores destinan una parte considerable de sus energías a volver decible lo hasta ese momento impronunciable, al menos en público. Y a que aparezcan como realizables actos que hasta ayer estaban vedados. Que ingrese en la agenda lo que se mascullaba en voz baja en charlas de café o sobremesas familiares.
El corrimiento hacia la derecha de todo el espectro ideológico es un objetivo de fondo. Que asocie la adhesión a las políticas de concentración del capita con el “antiestatismo” furibundo. Y el beneplácito hacia la agenda regresiva en materia de género y disidencias, ambiente, trato a migrantes y poblaciones indígenas.
Un abanico de posiciones reaccionarias que en mayor o menor medida apuntan al beneficio de los grandes capitales. El discurso “antiwoke” se vuelve un instrumento en pro de la aceptación de una mirada que se indigne ante el lenguaje inclusivo mientras justifica o naturaliza que millares de personas duerman en la calle. O que deudores expoliados sean culpados de su situación desesperante.

La mendacidad “republicana”.
Otro de los rasgos de época en nuestro país es el fraude al descubierto que constituyó el “republicanismo”. La defensa de las instituciones y las libertades públicas fue la divisa unificadora de la oposición a los gobiernos “populistas”.
En Argentina la proclamaron durante dos décadas, entre 2003 y 2023. Ya hubo cierto silencio frente a algunas tropelías durante el gobierno de Mauricio Macri. El que se volvió atronador cuando ascendió el gobierno “libertario”.
La independencia del poder judicial, el respeto a la legalidad y la obediencia a la Constitución quedaron de lado con rapidez. El mandato de Javier Milei avanzó con celeridad en el cumplimiento del programa histórico del gran capital. Y lo hizo sin ningún apego por los parámetros ideológicos del liberalismo político.
Hoy esos “institucionalistas” no tienen casi objeción frente a los múltiples avasallamientos institucionales.
Se asumieron en el modo “oposición amigable”. Que puede traducirse como oficialismo vergonzante. Respaldan en el Congreso al ejecutivo. Y planean una coalición electoral para 2027, aún en condiciones desventajosas. La derecha tradicional se suma a la extrema derecha, un mimetismo con larga historia en el mundo. Al que hoy asistimos una vez más.
El “republicanismo” también se integra en el discurso del actual oficialismo. Si bien en un puesto menos central. Así la lectura de la historia que propone el gobierno de La Libertad Avanza. Esa “edad de oro” anterior a 1916, bajo la égida de Julio Argentino Roca y el genocidio indígena
La fecha es transparente, en tanto que retoma la periodización histórica que siempre propusieron los conservadores de nuestro país. Quienes, como el actual presidente visualizaron el voto popular y el respeto a sus resultados como el inicio de la decadencia nacional. Con la asunción de la presidencia por Hipólito Yrigoyen habría comenzado un descenso a los infiernos nunca revertido.
Milei lo acompaña con una vindicación selectiva de Juan Bautista Alberdi, lejana a sus trabajos críticos. Y la apología del conjunto de la “generación del 80” con la mal llamada “conquista del desierto” como un hito venerable.
Se exalta así al régimen en el que un senador nacional y futuro presidente, Manuel Quintana, hizo lobby en Gran Bretaña para que buques de esa procedencia bombardearan el puerto de Rosario. El mismo sistema que creó con la denominada “ley de residencia” un instrumento para la deportación de migrantes. Orientado sobre todo a doblegar la combatividad obrera.

Retrocesos seguidos por destrucción.
La reestructuración regresiva del vínculo entre sociedad y Estado es un objetivo en marcha. La que junto al componente destructivo y/o reductor de la educación, la salud pública y la investigación científica tiene el correlativo fortalecimiento de los aparatos represivos, la “inteligencia” y las herramientas estatales de propaganda.
Crueldad hay, locura también, conductas bufonescas, a rolete. Sin embargo nada de eso explica la lógica del gobierno. La gestión está atada de modo indisoluble al programa de máxima del gran capital. Es eso lo que lo sostiene en la política nacional. Y cimenta su proyección a escala global, como un experimento que podría servir de inspiración en otros países.
El presidente Milei ambiciona ser referente regional e incluso mundial de la ultraderecha. No se desviará de ese camino, que no se halla determinado por rasgos de personalidad ni por alteraciones mentales.
El embanderamiento total con la política sionista y los dictados yanquis sobre la misma es otro rasgo relevante. La defensa de la cultura “occidental” y los valores judeocristianos contribuye al respaldo absoluto a los ataques en Gaza y en Irán. Así como la completa adhesión a la “operación quirúrgica· en Venezuela. Y la aceptación anticipada y entusiasta a una posible operación contra Cuba.
La articulación con la agenda ultraconservadora reconoce el eje ambiental; antiindígena, el valor desmovilizador del antifeminismo, el repliegue hacia valores reaccionarios en materia de familia, disidencias sexuales, identidad de género, propuesta de prohibición del aborto.
Los dos primeros puntos tienen claras connotaciones de levantamiento de barreras que interfieran en la maximización de las ganancias. Los que afectan a las definiciones de género, la vida íntima y la organización familiar tienen un claro objetivo de control social.
Se busca la construcción de una sociedad disciplinada, conservadora por default, sin espíritu crítico. Algo parecido a logros de regímenes dictatoriales o autoritarios de épocas anteriores, pero con un poder de manipulación y “guerra cognitiva” inédito, con la búsqueda de la alteración de los modos del razón y las emociones.
A la radicalidad de los de arriba hay que enfrentarla con radicalidad aún mayor a partir de abajo. El futuro depende de la amplitud y profundidad de las luchas. Ningún mecanismo institucional los detendrá, salvo que se vean obligados a hacerse eco de una previa movilización social.
Menos aún frenará el gobierno por sí mismo. El enfoque anticapitalista, socialista se impone frente a un gobierno que adoctrina con la “amenaza” del socialismo o el comunismo. Los libertarios han disminuido la gravitación del “antipopulismo”
Prefieren el retorno a las monsergas anticomunistas. Incluso la diatriba contra la Unión Soviética, a décadas de su disolución. El mejor modo de respuesta al macartismo es la consigna de que sí somos socialistas y comunistas. Que constituimos una real amenaza para los intereses de los milmillonarios y los políticos y comunicadores a su servicio. Y deben tener cuidado.

El pacto democrático no existía.
Una comprobación irreprimible es la de que no existía el tal “pacto democrático” en la sociedad argentina. O mejor, que sólo existía para los de abajo y los del medio.
El gran empresariado y la elite política, cultural y comunicacional que le responde han demostrado desde mucho antes de la era iniciada en 1983 que no trepidan en sumarse a la comisión de masacres contra el pueblo argentino e incluso a su instigación.
Una nueva ola en ese sentido transcurre con peculiar potencia desde diciembre de 2023 en nuestro país. No respetan ni la voluntad popular, ni el sistema de representación política ni otros derechos y garantías. Salvo la propiedad privada y las libertades de explotación y depredación a las que llaman “de mercado”.
La vigencia de los derechos humanos, la que se supone componente raigal del supuesto pacto los tiene sin cuidado. El circunstancial y poco convencido discurso antidictatorial que adoptaron durante un tiempo era una máscara precaria. Que arrojaron lejos cuando guardaron silencio cómplice frente a la expresa defensa de la dictadura que enarbola Milei.
No contemos con un futuro donde se halla asegurada la elección popular de los gobernantes. Tampoco demos por garantizada una vigencia aceptable de las libertades públicas y de las garantías procesales y penales.
Las clases dominantes argentinas no han renunciado a su vocación genocida. La que arrastran al menos desde el último cuarto del siglo XIX. Misma que en el siglo XX se manifestó a más tardar desde las masacres de la Patagonia y las demás ocurridas en el fatídico ciclo 1919-1922.
Las sucesivas matanzas de originarios, con hitos como Napalpí y Rincón Bomba. Y jalones tan criminales como el bombardeo de Plaza de Mayo, los fusilados de 1956 y Trelew. Más toda la tenebrosa “obra” de la última dictadura.
Estarán dispuestos a hacerlo de nuevo. El crimen no es un límite para ellos si lo necesitaran entre otras cosas para la erradicación de “la anomalía argentina”, construida en torno a las estructuras sindicales en el interior de las fábricas.
Si su “triunfo histórico” de la reforma laboral de comienzos de este año desemboca en una nueva frustración patronal y en la reinstalación de los derechos laborales tanto colectivos como individuales es posible que echen mano a una nueva ola de crímenes cometidos desde el aparato estatal.
No les faltará “mano de obra” dispuesta. Eso a juzgar por el alborozo mayoritario en las fuerzas militares y policiales que hoy “se sacan de encima” la problemática de los derechos humanos.

Hacerles frente.
Si no intervenimos desde abajo con toda la potencia y masividad de la que somos capaces vendrán por nosotras y nosotros más temprano que tarde. Las persecuciones y la criminalización de quienes protestan se instauran cada vez más.


No hay lugar ni tiempo para las reformas “moderadas” y los planes económicos progresistas pero “serios”, sin “infantilismos” como la denuncia de la deuda ilegítima y odiosa. Quienes lo predican así adolecen de ingenuidad. O bien son cómplices que están dispuestos a cualquier claudicación.
Vamos a una confrontación que sólo tendrá una solución popular el día que el poder real ya no tenga a su disposición ningún ataque generalizado más sobre las clases populares.
Para eso se necesita un nuevo movimiento, una instancia alternativa y superadora. Lo que depende de tareas como la construcción de un “nosotros” renovado e integrador. Que aúne las distintas tradiciones de pensamiento y de lucha que llevan un largo recorrido en nuestra sociedad.


Milei no es en sí mismo el problema. Es un síntoma de un fenómeno mucho más amplio y de mayor duración. Es la vieja y nunca relegada lucha de clases.
Hay que taparle la boca para siempre a jactancias como la del multimillonario Warren Buffet, quien afirmó: “Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando”
El amor no vence al odio. Al encono de los de arriba, como dice una canción mexicana, sólo lo derrota el enojo de siglos de los de abajo.
Cierro con unos pocos versos de esa canción, que no por azar lleva el significativo y argentino título “Nunca Más”:

Te pido me des la mano
Y en el camino me sigas
Vamos a traer a los de arriba
La ira de los de abajo
Con el miedo sepultado
Es hora de ser valiente
En honor a los ausentes
Ya no me cruzo de brazos

El presente texto fue preparado en ocasión de la presentación del libro La ofensiva ultraconservadora- Apuntes sobre una nueva época, de Daniel Campione. Realizada el 2-09-2026 en Sabor Latino, local del FOL.

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/09/10/de-ofensivas-y-contraofensivas-en-la-argentina-de-hoy/


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