Una cuesta abajo que no llega al abismo. Por Daniel Campione

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Existen síntomas de que el gobierno aún puede revertir la ola de desprestigio y disgregación interna que se abatió sobre él hace tres meses. Por lo pronto ha retomado su pertinaz ofensiva a favor del gran capital. Mientras tanto el descontento y las protestas continúan. La evolución de la popularidad de la izquierda marca un signo de atención.

Los comentaristas críticos han señalado todo este tiempo con énfasis el retroceso de la imagen y el nivel de popularidad del gobierno. Se necesita balancearlo con la comprobación de que, pese al desastre que sufren los ingresos, las condiciones de trabajo, los servicios públicos y las prestaciones sociales, Javier Milei mantiene de acuerdo a la generalidad de las encuestas una cota de apoyo superior al 30%.

Mucho, demasiado, para las condiciones imperantes. No se corresponde con la constatación, que comparte hasta una parte de los economistas neoliberales, de que con toda la furia es un 10% el porcentaje de la sociedad que gana con este modelo.

El “libertarismo” tiene sus fieles.

Quizás no sea apresurada la conclusión de que hay una porción significativa de la sociedad argentina que hasta el momento avala casi cualquier cosa que haga este gobierno. En muchos casos a despecho de sus conveniencias económicas inmediatas. No hay motivos para asegurar que este respaldo necesariamente se disipará en el futuro inmediato.

Además de la estrecha minoría de beneficiarios directos e indirectos de las políticas en curso, hay un núcleo más considerable de seguidores, ajenos y hasta muy alejados de las elites del poder, si atendemos a los factores objetivos.

Un sector que cree en la apelación a “la ley y el orden” y no deja de alegrarse por el retroceso del movimiento piquetero y la “limpieza” de las calles de “manteros” y vendedores ambulantes. También en razón de los desalojos de viviendas pobres con excusas disímiles. Que la responsabilidad de esas medidas pertenezca más a las autoridades locales que a las nacionales puede no ser tenida en cuenta.

También suscitan adhesiones la entronización renovada del paradigma heterosexual, la oposición al aborto en nombre de la natalidad y la familia. En otro orden, la negación de derechos a indígenas y migrantes también suscita ciertos entusiasmos.

Quienes recorremos las calles de las grandes ciudades conocemos la cuota de odio a “villeros”, “negros” y pobres en general que anida en una parte no desdeñable de la población que es o se imagina de “clase media”.

Antipatías que, todo hay que decirlo, también circulan en algunos ámbitos de trabajadores. No escasean los mozos y camareras que desprecian a los “bacheros”, los cajeros de supermercado que miran de arriba a los repositores, los oficiales de cualquier gremio que se ríen de los peones.

Allí están las reservas ideológicas y emocionales de la ultraderecha, que es previsible que no se diluyan de un día para otro.

Allí mismo se han reclutado los votos de los gobiernos provinciales de derecha, de fuera y de dentro del peronismo. De ese universo proviene la masa de porteños que no han dejado de votar a PRO desde 2007. Y por supuesto, una porción decisiva de los adherentes al gobierno actual.

A la opinión de derecha más o menos consecuente, si las condiciones no se tornan muy desfavorables para esa línea de pensamiento, puede sumarse el sentido común “apolítico”, que suele ser más propenso a la conservación de lo existente que a las pretensiones de innovación.

Al sentir “apolítico” o “antipolítico” hay que sumarle un elemento del plano de la política internacional y las relaciones exteriores de nuestro país. La idea de que hay que “llevarse bien” con el imperialismo norteamericano está extendida mucho más allá del restringido círculo de los admiradores incondicionales de EE.UU.

El antiimperialismo les parece a muchos una cosa de “zurdos” carentes de sentido práctico y de una cuota indispensable de “realismo”. Las miradas reprobatorias o las sonrisas irónicas cuando se ven manifestantes en las calles con banderas palestinas distan de ser una excepción. Y suelen aparecer en el rostro de ciudadanos y ciudadanas “de a pie”, no de reaccionarios de prosapia burguesa.

Está extendida además la creencia de que para el desarrollo del país es indispensable el “buen trato” a las empresas multinacionales que se radiquen en Argentina o evalúan hacerlo.

Las tropelías de los conglomerados internacionales es habitual que pasen inadvertidas. Como es usual que ocurra con lo vinculado al poder económico, semioculto bajo la hojarasca de la culpabilización de “los políticos”, que excluye a los responsables mayores de los desastres.

¿Milei vuelve a subir?

Han aparecido en los últimos días algunos sondeos de opinión que marcan un crecimiento de la imagen del presidente. Por el momento un aumento de unos pocos puntos. Podría ser la base de una recuperación más considerable.

Tal vez también un signo de que en la indignación por el episodio del jefe de gabinete haya bastante de indiferenciada y desideologizada condena a la corrupción y no tanto de crítica general y fundamentada al curso gubernamental.

Y que la consecuencia sea que pasado el auge de las revelaciones en torno a ese caso baje la “espuma” del descrédito de La Libertad Avanza (LLA) que algunes juzgaron definitivo.

Corresponde la aclaración de que los estados de ánimo y las inclinaciones de la opinión son lábiles y pueden cambiar en poco tiempo. En particular entre los menos cercanos a los acontecimientos políticos y a los planteos ideológicos y propagandísticos de alguna complejidad.

No sería inteligente visualizar “enemigos” entre la mayoría de quienes sostienen una mirada cordial hacia el oficialismo. Esto puede modificarse. Incluso en poco tiempo y de manera drástica. Se imponen la mirada atenta y despojada de prejuicios en un sentido o en otro.

El respaldo de la burguesía.

Hay que sumarle un factor que hemos señalado en varias ocasiones: Milei sigue reivindicado en torno a su rumbo general por el poder económico, social y mediático. Desde el culto al “equilibrio fiscal” y la “estabilidad macroeconómica” a las más concretas alabanzas por el cúmulo de decisiones “históricas” contrarias a las mayorías populares, con la reforma laboral y las múltiples “desregulaciones” a la cabeza.

Hasta magnates atacados con dureza y varias veces por el presidente, como Paolo Rocca, mandan a sus subordinados a los cónclaves de capitalistas para que defiendan la política “libertaria”. Es comprensible, las inversiones del ítalo argentino están muy diversificadas. Las del acero, objeto del conflicto, tienen su importancia. Ya no le resultan de vida o muerte.

 Es cierto que el apoyo de los milmillonarios no conecta de modo directo con el sentir popular. Pero sí contribuye de muchas maneras a la creación o la reconstrucción de un clima benévolo hacia los cruzados del “anarcocapitalismo”.

Hoy muchos superricos asisten con entusiasmo y beneficios contantes y sonantes al boom que ha producido algunos saltos exponenciales en el nivel de exportaciones y el saldo de la balanza comercial, de la mano del agro, la minería y el petróleo. Para el gobierno, más dólares para el pago de la deuda. Para las empresas una ronda de ganancias extraordinarias que les suscita un profundo agradecimiento.

La administración aprovecha para presentar esa “mejoría” como el comienzo de un ciclo de prosperidad prolongado. Ya en el terreno de la hipérbole, como la marcación del camino para que Argentina marche hacia el status de gran potencia.

Por supuesto que son ramos de la economía que no generan empleo a escala masiva. Es cierto también que benefician sobre todo a zonas que no están entre las más pobladas. Y que hasta en las regiones que son sede de las explotaciones extractivas, los sectores pobres no salen de la penuria por efecto de ese auge.

Igual no cabe el descarte de que al menos un alivio parcial y limitado se esparza por sectores sociales más amplios. Lo que es factible que tenga consecuencias políticas y electorales.

Mas allá de escándalos y encuestas se retoma la ofensiva.

Ya se asoma con fuerza la reversión del marasmo legislativo que acompañó al estallido y apogeo del caso de Manuel Adorni. Junto con proyectos que ya se barajaban en las últimas semanas y los que ya fueron votados por los senadores, ahora aparece uno más, muy relevante, emanado como los otros del poder ejecutivo. El de “ley general de sociedades”.

Lo que trascendió de su articulado equivale a una acentuada liberalización de la normativa que rige a las empresas comerciales. Por ejemplo, las sociedades ya no estarán circunscriptas a campos de actuación limitados y conexos entre sí. Los estatutos podrán no establecer ramo de operaciones. Las empresas podrán en ese caso dedicarse a cualquier “actividad lícita”. Así de amplio e indiscriminado.

Tampoco estarán obligadas de ahora en adelante a someterse a la ley argentina, sino que podrán adoptar la de cualquier país. Incluidos por supuesto los “paraísos fiscales” que permiten todo tipo de oscuridades. En paralelo va la posibilidad de establecimiento de instancias de arbitraje, aptas para la evitación de la injerencia de los tribunales.

Asimismo está presente el componente tecnológico. Podrá haber entidades que no estén integradas por personas, sino que operen por medio de algoritmos e inteligencia artificial. También habrá un esquema que permita la participación de elementos virtuales (tokens y registros de blockchain). ¿Terreno libre para las criptomonedas?

Las sociedades podrán hacer lo que quieran, en suma. Más vía abierta para el capital, sin reglas firmes que lo rijan. La de sociedad es la forma organizativa de todas las empresas. Salvo una parte de las de muy pequeña envergadura. Nos encontramos ante una gigantesca desregulación que afectará a toda la vida económica del país.

Así se suma una nueva instancia en la línea de otras propuestas del ejecutivo. Como la de defensa de la propiedad privada y el “super R.I.G.I” o la de “zonas frías”. Todas orientadas a mayores prebendas para el empresariado. Y a vulnerabilidad en aumento para las clases populares. Este gobierno no se equivoca nunca en sus objetivos.

A la carga en el poder judicial.

En otro campo, el institucional, la actual administración acelera el envío al senado de pliegos que proponen el nombramiento de jueces. Ni es necesario decir que esto se traducirá en un poder judicial aún más elitista, conservador, venal y contrario a los intereses de trabajadores y pobres.

Dispuesto a la emisión de fallos siempre, o casi, a favor de los poderosos. No basta con los mamarrachos jurídicos en curso, el establishment siempre quiere más.

De paso cabe la mención de un escándalo puntual. El gobierno ha dispuesto el retiro del pliego de María Verónica Michelli, propuesta para un tribunal en lo criminal de La Plata. Postulación que partió del ejecutivo, como impone la constitución.

El “arrepentimiento” por los mismos que se supone tomaron la decisión, tiene un solo motivo conocido: La aspirante a jueza es cuñada de Hugo Alconada Mon. Él es uno de los periodistas que parece tomarse en serio la lucha frente a los delitos contra la administración pública.

A sus continuadas denuncias de los años de predominio kirchnerista, en los últimos tiempos les ha sumado rigurosas y concluyentes investigaciones sobre la corrupción de la nueva “casta”.

Algunos de sus colegas de La Nación lideraron el ataque contra la decisión. Empero, las protestas no consiguieron el desencadenamiento de un clamor general de indignación como el que hubiera suscitado un acto siquiera aproximado por parte de un gobierno “populista”.

Resquicios amplios para expectativas favorables.

Quizás lo escrito aquí pueda semejarse a un compendio de razones para el desánimo. No hay tal cosa en la intención de quien esto escribe. Sí la de algún ejercicio del “pesimismo de la inteligencia”, cuyo carácter indispensable como factor de equilibrio en los juicios señalara Antonio Gramsci.

Hay lugar para la esperanza, por supuesto. Y mucho. Los que vivimos el menemismo recordamos el amplio beneplácito a la figura y la gestión de Carlos Menem. Más cuantioso y por más tiempo que el que ha gozado hasta el presente el ultraderechista en funciones.

El que quizás sufra recuperaciones efímeras y pueda a continuación hundirse de modo más pronunciado. Sabemos como terminó el neoliberalismo rampante de 1990.

Lo que quizás sea un error es apostarle a pleno a que asistimos hoy a un desmoronamiento inevitable, indetenible y veloz. Se requiere la aceptación de que nos encontramos ante un enemigo fuerte. Y con raíces históricas mucho más firmes que las que puede tener el desunido y en gran parte endeble elenco de LLA.

Claro que las observaciones anteriores no equivalen a subestimación de los descontentos y luchas existentes. Son muchos y muchas los compatriotas que mastican bronca contra la orientación en conjunto del gobierno. Y ejercen la crítica sin atenuantes a sus actos particulares.

Una parte lo hace desde el comienzo de la “era Milei”.  Otres, desde data más reciente, con énfasis hoy similar.

Una minoría no desdeñable entre ellos y ellas se mantienen o se volcaron hace poco a la militancia activa. Otros y otras, numerosos, concurren a las movilizaciones en el espacio público en protesta por los atropellos más variados.

Allí están los centenares de miles, con predominio de jóvenes, que manifestaron el 24 de marzo su repudio a la dictadura de 1976. Eso enlazado con lucidez al rechazo sin dobleces a todo lo que representan Milei y sus laderos.

Con menor nivel de politización pero unívoco sentido de airado reclamo, se cuentan los muchos millares de jóvenes que silban y gritan contra el presidente. Lo hacen durante los recitales de músicos de los “palos” más variados, desde Lali Espósito al rap o al rock pesado. La diferencia de gustos no quiebra el acuerdo básico.

Sí resulta plausible aquí el señalamiento de ciertas restricciones en algunas protestas. ¿Qué más maltrato tienen que recibir las universidades para que estudiantes, docentes y no docentes se lancen a tomar las facultades y al sostenimiento de un movimiento amplio en preservación más básica de las casas de estudio?

Siguen los reclamos intermitentes, a menudo en una sola facultad o a lo sumo en una universidad entera. O parcializados por sindicatos.

Interrogante similar cabría para el sector de la salud, también signado por el desfinanciamiento. Y el deterioro inducido a conciencia. Y extenderse la pregunta a empresas que han cerrado ante el silencio de les trabajadores, sin que se suscitaran movimientos relevantes de resistencia. La pérdida del empleo es una de las peores cosas que puede ocurrirle al trabajador. Cuando el despido atañe a una planta completa, no es de fácil comprensión que haya muy poca o ninguna resistencia. No ha sido así en todos lados, basta el ejemplo de FATE para que resulte evidente.

Volviendo a los signos de disconformidad y con proyección al crecimiento. Sin sobreestimarlas ni juzgarlas definitivas, se impone una valoración de la inusitada ola de apoyo a Myriam Bregman. Y la difundida simpatía por el desempeño del Fit-U en el Congreso y otros espacios. Constituyen alicientes para la apuesta a ampliarlos aún más.

El propósito de transformación de la simpatía en organización parece apropiado para el actual momento político. Con organizaciones de izquierda con consenso creciente pero aún de reducido número de militantes y restringida capacidad de movilización.

Así como el lanzamiento de una campaña de movilización pública y propaganda a favor de la superación radical de un statu quo con síntomas de putrefacción. Además de para la visibilización y debate de masas en torno a las perspectivas del socialismo.

Es necesario el avance por esos y otros caminos. Sin la minusvaloración de quienes están en la vereda contraria. Menos todavía entregándose al desaliento por falencias y retrasos en el campo propio.

Imagen de portada: Revista Noticias-Perfil.

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/05/31/milei-podria-remontar-la-cuesta-abajo/


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