Por Daniel Campione. Esta nota está basada en los apuntes del autor para una charla acerca de historia del movimiento obrero en América Latina y en especial en Argentina dictada el 18 de marzo de 2026. La misma fue parte de una actividad de formación organizada por la Federación Judicial Argentina.
Queremos dedicarnos a dar algunas indicaciones sobre el recorrido del movimiento obrero en el continente y en Argentina. Desde el entendimiento de que existen rasgos comunes que no pueden escindirse a la hora de la comprensión del itinerario de la lucha de clases en nuestro país.
El continente
Vale la pena iniciar con la palabra de un gran luchador latinoamericano, que no era dirigente sindical sino estudiantil. Quien igual tuvo cosas muy esclarecedoras que decir sobre la emancipación de les trabajadores, desde una perspectiva marxista y una vocación latinoamericana.
Nos referimos a Julio Antonio Mella, de Cuba:
Escribió su definición de quienes serían los “nuevos libertadores” de estas tierras:
“La causa del proletariado es la causa nacional. Él es la única fuerza capaz de luchar con probabilidades de triunfo por los ideales de libertad en la época actual. Cuando él se levanta airado como nuevo Espartaco en los campos y en las ciudades, él se levanta a luchar por los ideales todos del pueblo.”
“Conociendo que el oro corrompe, enloquece y hace tiranos a los hombres, no quiere cambiar al rico extranjero por el rico nacional. Sabe que la riqueza en manos de unos cuantos es causa de abusos y miserias, por eso la pretende socializar.”
Subraya así, al identificar la lucha obrera con la “causa nacional”, la vocación antiimperialista y de liberación nacional que es central para el proletariado de nuestra región. La que sólo la clase obrera posee. En el lenguaje de los clásicos del marxismo, la forma nacional que adquiere un proceso de contenido internacional como es el de la lucha de clases.
Claro que no la circunscribe a una posición nacionalista. No se trata, nos dice, de aliarse al “rico nacional” para enfrentar al capital extranjero, en supuesto beneficio del empresario local. Y con los trabajadores y pobres en un rol subordinado. Se busca la terminación del orden capitalista, por la vía revolucionaria de la socialización de los medios de producción.
Toda una guía para el pensamiento y la acción liberadora en nuestras tierras, expresada en pocas palabras. Publicó estas palabras en 1924. Formó parte de un artículo titulado “Los nuevos libertadores”. Un siglo después conserva todo su valor. En cuanto señalamiento del inexcusable entrelazamiento entre la causa del antiimperialismo y el impulso revolucionario con objetivos socialistas de la clase obrera en nuestros países.
América Latina es hoy y desde hace muchas décadas una región compuesta de sociedades nacionales con economías en una relación de dependencia con el capital imperialista.
El tipo de relación dependiente no es exclusivo pero si muy característico de A.L. A diferencia de la casi totalidad de África y buena parte de Asia, zonas coloniales hasta la primera mitad del siglo XX inclusive, el grueso de los países de nuestro continente (salvo parte de la zona antillana) poseen Estados independientes desde el siglo XIX. La mayoría alcanzaron soberanía en la primera mitad de esa centuria.
Ello torna más complejo el vínculo, con el Estado nacional como un actor gravitante. Y las clases dominantes locales que pueden apoyarse en un aparato estatal cuyo control por lo menos comparten con el imperialismo.
El dominio imperial no se circunscribe a lo económico sino que se proyecta al plano político-militar. El imperialismo yanqui ha realizado intervenciones en países del continente, abiertas o solapadas, como mínimo desde las primeras décadas del siglo XX.
El peso del capital trasnacional hace que buena parte de las trabajadoras y trabajadores tengan como patrones a empresas extranjeras, lo que ha contribuido a dar forma a la lucha de clases en los respectivos países.
La dominación económica y la tutela político-militar se proyectan a su vez sobre la cultura y el sentido común de los pueblos latinoamericanos. El sometimiento en la esfera ideológica a las coordenadas dictadas por los amos del norte es otra dimensión de los combates insoslayables en nuestro continente.
Nuestras poblaciones tienen también una composición étnica y cultural que ha contribuido asimismo al moldeo de la clase y el movimiento obrero y del conflicto social en general. La presencia de la población indígena, mayoritaria en algunos países, en otros los descendientes de esclavos, el peso de la inmigración europea.
Poco puede entenderse de las luchas obreras y populares en México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia y otros países sin el componente indígena y mestizo mayoritario allí en las clases explotadas. Algo similar ocurre con la población de origen afro en Brasil y también en Colombia y los países del Caribe. ¿Qué se puede decir de la clase obrera argentina, uruguaya y también la brasileña sin aludir a los migrantes europeos?
Los poderosos utilizan desde siempre los cortes étnicos para el mayor sometimiento y división de los trabajadores. Y han logrado muchas veces que su ideología racista o etnicista penetre en las clases subalternas.
¿Cuántos trabajadores indígenas o “criollos” desconfiaron de organizaciones y luchas dirigidas en todo o en parte por “gringos”? A la inversa, pueden seguirse los pasos de la inferiorización de la población “de color” incluso de parte de las dirigencias obreras de ascendencia europea y “blanca”.
En Argentina, por ejemplo, no fueron sólo los “oligarcas” quienes explicaron al peronismo por el “atraso”, la “falta de experiencia”, el “bajo nivel de conciencia” de los trabajadores que eran migrantes internos, “cabecitas negras”. También dirigentes y militantes del movimiento obrero preexistente; socialistas, comunistas o anarquistas, tuvieron una mirada con puntos de contacto con la de los dominadores.
Las clases dominantes no han cesado nunca en esos empeños, al contrario. Hoy estamos, en el mundo y en el continente, frente a la ofensiva de ultraderecha que predica la expulsión de los migrantes, el rechazo a los derechos de los indígenas, la negación de la problemática de género.
Las utiliza en dirección a la supresión de derechos de los trabajadores. Y el debilitamiento sistemático y a conciencia de sus organizaciones y posibilidades de acción colectiva, comenzando por las huelgas.
Son las mismas fuerzas reaccionarias que dan la “batalla cultural” en procura del repliegue individualista generalizado. Y la implantación de los valores mercantiles como virtud suprema de la acción humana.
La mejor dirigencia obrera y cuestionadora supo mirar al interior de sus sociedades y a la realidad de quienes más sufrían dentro de ellas. Al tiempo que mantenía en alto el enfoque internacionalista, la solidaridad de los trabajadores de todo el mundo.
Fueron los mismos que pusieron todo su empeño en las jornadas mundiales por el día internacional de los trabajadores y en campañas de solidaridad en pro de las víctimas del orden burgués, como la que sacudió al continente por Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.
Se ha enfrentado a dictaduras, a políticas antiobreras y antisindicales de largo aliento, al replanteo neoliberal pos 1973 que tuvo en Chile el globo de ensayo a escala mundial. Y a la actual ofensiva reaccionaria liderada por los grandes magnates de Silicon Valley y los servidores locales del alineamiento completo con EE.UU.
El movimiento obrero latinoamericano, en tanto que ha sido de definición independiente; combativa, clasista, revolucionaria fue siempre fecundado por el impulso y propósito antiimperialista. Incluso, en épocas de “guerra fría” debió enfrentarse a la intromisión imperialista en su propio campo:
El llamado “sindicalismo libre”, de directa inspiración proyanqui, con un lenguaje tomado del arsenal anticomunista y prácticas orientadas a la plena conciliación de las fuerzas obreras con las clases dominantes.
Estaba sometido a los parámetros ideológicos dictados por la defensa de la sedicente “democracia” de sello norteamericano. Siempre compatible con el respaldo a dictaduras antipopulares y destructivas. Se sumaba a la persecución de dirigentes y militantes de izquierda.
Algunos hitos históricos y desafíos del presente.
Tenemos en Nuestra América una gran tradición a recuperar desde las clases explotadas. Baste con nombrar a su mayor exponente, José Carlos Mariátegui. El gran pensador de la realidad latinoamericana y el problema indígena que fue al mismo tiempo fundador y organizador de la central obrera de su país, el Perú, en 1929.
Mariátegui lo hizo bajo el impulso de un pensamiento socialista y marxista con fuerte arraigo en la realidad peruana y continental. .
Antes de eso el movimiento obrero se había desplegado en nuestros países desde las últimas décadas del siglo XIX. Así en Chile, las huelgas que enfrentaron a las multinacionales del salitre en el norte chileno. A la sazón la principal producción extractiva en el país trasandino. Allí tuvo lugar a la primera huelga general en Iquique, ya en 1890.
No tenemos aquí espacio para un resumen de una trayectoria más que centenaria. Baste la enunciación de que ésta configuró una extensa y esforzada historia de combates incansables. Contra las burguesías locales aliadas con el capital externo y respaldadas ambas por la injerencia imperialista.
En las ciudades y en los campos, donde se enfrentaba a un poder terrateniente asentado en los mayores niveles de explotación de trabajadores y pobres.
Las organizaciones obreras tomaron diferentes caminos, que incluyeron su involucramiento en procesos revolucionarios, triunfantes o derrotados. Tuvieron protagonismo en Chile en la experiencia de la Unidad Popular entre 1970 y 1973, frustrada a sangre y fuego por un golpe cívico militar.
Antes, el movimiento obrero no ocupó el centro en el trayecto que llevó al triunfo de la revolución cubana. Estuvo sí entre sus apoyos iniciales. Y reforzó su protagonismo en tanto el poder emanado de la revolución se definió como socialista, con asiento en la tradición del marxismo y conducido con esa orientación.
Las organizaciones sindicales y la militancia obrera se articularon en mayor o menor grado con las experiencias de lucha armada. En cualquier caso la reacción las tomó como parte central del “enemigo subversivo”. Las hizo objeto de los métodos represivos de carácter genocida que buscaron el sofocamiento definitivo del ascenso revolucionario de las décadas de 1960 y 1970.
Los retornos a regímenes constitucionales de la década de 1980 buscaron la reclusión de la clase obrera en un rol subordinado, inducido al abandono de cualquier ideal anticapitalista. Renunciante al papel central de la clase como factor indispensable de las transformaciones sociales profundas.
Era el diseño de las “democracias de la derrota”, listas para entrar en la era del “fin de la historia”. Con subordinación material y mental a las coordenadas del neoliberalismo, presentado como estadio inamovible y definitivo del desarrollo de la humanidad. Lo que sepultaba para siempre cualquier aspiración emancipadora.
La década de 1990 se caracterizó por la implantación de políticas neoliberales, de privatizaciones, desregulación, apertura económica y flexibilización laboral. Fuerzas obreras lucharon contra ellas, en general sin poder contrarrestarlas.
Hubo también casos en los que las conducciones sindicales más pro-patronales se sumaron a las reformas regresivas en curso. O bien renunciaron a la defensa activa de trabajadoras y trabajadoras a quienes se supone representan.
Ya en este siglo, se produjo el advenimiento de un ciclo de experiencias progresivas, heterogéneas y contradictorias. En parte fueron una reacción frente al padecimiento de las reformas reaccionarias de la década anterior.
También constituían un campo de acción para trabajadores y nuevos movimientos sociales en procura de condiciones dignas de vida y de trabajo y de adquisición de derechos no reconocidos o postergados en su aplicación. Las reivindicaciones étnicas tuvieron fuerte presencia en algunos países.
Algunas de ellas se identificaron con “el socialismo del siglo XXI.” Llegaron al poder por primera vez en la historia continental algunos dirigentes de procedencia obrera y sindical, como Lula da Silva y Evo Morales.
Las estructuras sindicales fueron en algunos casos axial terreno de disputa entre burocracias retardatarias y otras impulsoras de los procesos de cambio, como se dio en Venezuela. En las experiencias más avanzadas se desarrollaron experiencias de poder popular que pusieron en tensión las ya desgastadas estructuras de la representación política y en las que los trabajadores asalariados tuvieron un rol destacado.
Tomaron parte en ellas junto con otras clases y sectores. En algunos casos con equilibrios inestables y a menudo conflictivos entre las determinaciones de clase y las marcadas sobre todo por la cultura y la etnia, como en Bolivia.
Ese itinerario que algunos llamaron “ciclo progresista” sufrió retrocesos, derrotas electorales. Se convulsionó en rebeliones populares que tuvieron varios países por escenario, como Chile, Colombia o Ecuador. Se asistió a una regresión marcada por el ascenso de fuerzas de ultraderecha, como la encabezada por Jair Bolsonaro en 2018 en Brasil y la argentina bajo la égida de Javier Milei.
Un llamado “segundo ciclo progresista”, todavía en curso en algunos países, fue de rasgos sociales y políticos menos avanzados y duración más breve que el primero.
En estos últimos años asistimos en nuestro continente a una ofensiva en toda regla del capital contra el trabajo. Buscan una reestructuración regresiva del conjunto de la sociedad. Con el resultado de una gigantesca transferencia de riqueza de los asalariados a las empresas. Y una modificación de las relaciones de trabajo que quite poder y derechos a los trabajadores y sus organizaciones.
Como en Brasil en época de Michel Temer, y en Argentina en la actualidad, se enfrentan reformas laborales destructoras de derechos en aras de llevar al máximo la autoridad de las direcciones empresarias en los lugares de trabajo. Una vuelta de tuerca sobre las “flexibilizaciones” en boga en la década de 1990.
El imperio del norte y los organismos internacionales que le dependen, con el FMI a la cabeza, impulsan las mal llamadas “políticas de austeridad”. Las que recaen de modo prioritario sobre las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados, a comenzar por la merma de derechos y el recorte de sus ingresos.
Hay países de Nuestra América en los que se marcha hoy en otra dirección: Limitación de jornada laboral; ampliación de derechos, otorgamiento de cobertura a los nuevos empleos de plataformas.
Así ha ocurrido en Colombia y México. En este último país se aprobó una reforma constitucional que contiene una disminución gradual de la jornada de trabajo a 40 horas semanales, con dos jornadas completas libres. Su aplicación plena se completa en 2030.
Acompaña a este cambio la extensión de protecciones laborales a trabajadores de plataformas, dándoles cobertura de riesgos y libertad para establecer su horario de trabajo. También protege a los asalariados en general frente a ciertas causales de despido, como la de “baja productividad” sin pruebas que la avalen.
En Colombia, se ha procedido a la reducción de la jornada semanal a 42 horas y ampliación de la jornada nocturna pagada con recargo. El contrato por tiempo indefinido pasa a ser la norma general de contratación en el país, limitando la precarización y tercerización abusiva.
También allí hay reconocimiento para los trabajadores de plataformas. Además protección contra el acoso e incorporación de nuevas garantías y licencias remuneradas para promover espacios de trabajo seguros, y libres de violencia.
De todas maneras vivimos una época de ofensiva en dirección a imponer la potestad plena del capital sobre el trabajo, como ya escribimos. De utilización en gran escala de la tecnología para el sometimiento más completo de los trabajadores. Y puesta en cuestión de derechos adquiridos con varias décadas de vigencia.
Esos cambios en el mundo de la producción y el trabajo van en consonancia con la reducción al mínimo o supresión del componente de políticas sociales que se había desarrollado en los Estados capitalistas antes de la implantación del modelo neoliberal y reverdecieron en parte durante los “ciclos progresistas”.
Argentina
La del movimiento obrero en Argentina es una historia de aproximadamente un siglo y medio que ha pasado por momentos disímiles y contrapuestos De momentos de represiones y retrocesos. También de etapas marcadas por mayores conquistas.
Hubo ciclos de enfrentamiento total con el aparato estatal. También otros de relación armónica con gobiernos que acompañaron avances importantes en condiciones de vida y goce de derechos. Como bajo el primer peronismo y en parte de los gobiernos posteriores de esa tendencia.
Vínculo que a la vez fue controversial en cuanto a sus efectos sobre el grado de autonomía del movimiento obrero. Y acerca de la renuncia a un cambio en la propiedad de los medios de producción en pos de una distribución del ingreso más equitativa y una ampliación de derechos dentro del orden capitalista. Una suerte de intercambio que no conformó nunca a las corrientes más radicales.
Se necesita la adquisición de un abordaje integral de toda esa historia. Dotado de una mirada de totalidad y continuidad que no impida la visualización de cortes y contradicciones. Las clases dominantes siempre quieren la desposesión a los trabajadores de la conciencia y experiencia proporcionadas por su pasado.
No resulta plausible la sobreestimación de las diferencias sectoriales, ideológicas, de modalidades organizativas, en el interior de la clase. Lo que lleva a la negación o dilución de la contradicción antagónica, irresoluble, con las clases explotadoras. Cuando ocurre es un verdadero atentado contra el camino de desarrollo independiente en lo social, político y cultural del movimiento obrero.
Pasado y presente del movimiento obrero argentino.
Una mirada al origen de las luchas de los trabajadores en nuestro país marca también un camino de reflexión.
La historia de la clase reconoce la marca de la fuerte presencia de trabajadores de origen migratorio europeo, durante un lapso prolongado. Lo que se manifestaba en particular entre los cuadros y dirigentes, portadores de experiencia y formación forjada en sus países de origen. La incorporación masiva de obreros y obreras de ascendencia local se dio con posterioridad, ligada en particular a una nueva expansión de la industria.
Esto ha sido utilizado para la atribución de un carácter “foráneo” al movimiento obrero nacional. Una descalificación utilizada hasta el cansancio por las usinas de pensamiento, propaganda y acción represiva de las clases dominantes.
Además, todo hay que decirlo, fue retomada desde miradas de pretensión “nacional y popular” en búsqueda del descrédito de militancias y organizaciones a las que se presentaba como inaptas para comprender la realidad nacional. En consecuencia alejadas de modo fatal e irremisible de la población “criolla”. Ella sí poseída por las ideas y sentimientos de esencia “nacional”.
Lo real es que lo “criollo” o al menos de origen no europeo tuvo temprana expresión entre los trabajadores de este margen del Río de la Plata.
La primera huelga obrera de la que hay referencias se produjo en los astilleros de la provincia de Corrientes, en 1868.
Parece ser que hubo una sublevación de trabajadores que no querían construir embarcaciones con destino a la guerra del Paraguay. Si fue así marca un propósito de solidaridad más allá de la frontera. Y el rechazo por los trabajadores de las guerras en que los meten las burguesías y los imperios. En los talleres de allí los operarios eran indígenas o “criollos”, no migrantes transoceánicos.
Los periódicos de la colectividad de origen africano y las mutuales afroargentinas, herederas de una larga tradición de sociabilidad de las comunidades de origen esclavizado, se destacaron por la adquisición de un temprano perfil clasista.
Fundaron los primeros periódicos obreros en Argentina, como El Proletario (cuyo lema era “Por una sociedad de la clase de color”) y La Raza Africana, o el Demócrata Negro. Aparecieron ya en 1858.
Esto marca que el movimiento obrero de nuestro país no tuvo una procedencia sólo europea. Como ya escribimos, en nombre de su presunta “extranjería” hubo toda una corriente de historiadores y dirigentes políticos que buscaron su desprestigio. Y la negación de su historia como legítima expresión del cuestionamiento al orden social imperante.
La primera huelga con plena comprobación y documentación es la del gremio gráfico de 1878. Hubo otras poco después, entre ellas un gran cese de tareas de cocheros, mozos y empleadas domésticas. No sólo la industria sino también los servicios tuvieron un temprano despuntar de la combatividad y la lucha reivindicativa.
Es destacable el papel de las agrupaciones de colectividades inmigrantes, que convergen por ejemplo en la primera celebración del día internacional de los trabajadores en Argentina, el 1 de mayo de 1890. Mención especial merece Vorwarts, el club de trabajadores alemanes, activo en la fundación del partido socialista y décadas después en el origen del comunismo.
Los patrones de origen local y extranjero, los terratenientes, las fuerzas armadas y la iglesia se alinearon con rapidez para combatir al movimiento naciente. Lo acusaron de foráneo, de plantear un conflicto de clase que en nuestro país no tenía razón de ser.
Asimismo de trastornar el funcionamiento de una economía próspera. Y de oponerse a los valores tradicionales de la “argentinidad”, que por supuesto ellos determinaban a su antojo.
Esa alianza de clases y sectores y la argumentación en nombre del “orden” y la “patria” pueden rastrearse hasta la actualidad. Hoy la reacción conservadora se viste con el manto de la vuelta a las condiciones anteriores a 1916.
Sin democracia, ni movimientos populares en el gobierno. Y con la prosperidad dependiente que tenía como contrapunto la explotación, la exclusión y hasta el genocidio de parte sustantiva de la población. Con los trabajadores empobrecidos y bajo pena de expulsión, con los sindicatos perseguidos
Las tradiciones fundacionales fueron el socialismo, el anarquismo (con distintas vertientes) y el sindicalismo revolucionario. Sobre todo a partir de la década de 1930 se hizo muy fuerte el comunismo. Tuvieron drásticas discrepancias entre ellas, solían profesarse aversión mutua.
A la distancia, podemos y debemos valorar los aportes de las diferentes corrientes.
Por ejemplo en el anarquismo, el resguardo frente a cualquier imbricación en la política burguesa. Y la impugnación del poder social en todas sus formas: “Ni Dios, ni patrón, ni marido”, la divisa de La Voz de la Mujer, periódico feminista de orientación “libertaria”. También el enfoque crítico totalizador sobre el papel del Estado nacional y sus aparatos armados, no tan claro en otras corrientes.
El socialismo desarrolló la prédica a favor de la independencia sindical frente al partido. Y del camino de la creación y ampliación de derechos también por vía legal. Plasmada en la protección contra accidentes de trabajo, de resguardo en la vida laboral de “mujeres y menores”, de prohibición del trabajo nocturno.
El comunismo introdujo la modalidad de federaciones por rama y puso mucho énfasis en la acción de los delegados de base. Construyeron elementos para enfrentar la persecución policial más fuerte, la tortura. Hicieron todo un arte de la actuación en condiciones de clandestinidad bajo las frecuentes dictaduras.
El peronismo en su momento inauguró una relación diferente entre sindicatos y Estado, asentada en respaldo estatal a la acción sindical. Con énfasis en el desarrollo y aplicación del derecho laboral, sistema de acuerdos tripartitos (empresarios, sindicatos, Estado) alineamiento político de sindicalismo y gobierno. Y políticas amplias de bienestar social.
Los dos primeros gobiernos de Perón y la acción previa de éste desde la secretaría de trabajo y previsión despertaron la mayoritaria oposición patronal. Muy en especial de la Unión Industrial Argentina.
Los empresarios manufactureros se quejaban todo el tiempo del poder creciente que alcanzaban los trabajadores para el incumplimiento o interferencia de las decisiones patronales. Y de la frecuencia de la articulación de demandas que dan lugar a planes de lucha en búsqueda de nuevas conquistas.
Aún la parte del empresariado que respaldaba al gobierno, nucleada en la Confederación General Económica (CGE), fustiga a la organización en las fábricas, a los delegados que paran el trabajo con un toque de silbato, a las asambleas realizadas en horario de labor.
Estamos hablando de marzo de 1955 y percibimos reclamos de los directivos empresarios que, 70 años después, la contrarreforma laboral pretende resolver a favor de los dueños.
Represión y proscripciones.
Desde sus inicios el sindicalismo sufrió el hostigamiento ideológico y la violencia represiva de los capitalistas y sus servidores. Se valieron mucho de un “patriotismo” diseñado a su medida. Los gremialistas eran estigmatizados como extranjeros y sometidos a vigilancia y expulsión del país.
Más tarde, aunque fueran nacidos aquí, serían acusados de estar al servicio de un poder extranjero. Hasta llegar a la descalificación deshumanizante como “subversión apátrida” en las décadas de 1960 y 1970.
El gremialismo peronista, después de septiembre de 1955, fue repudiado por “totalitario”. Y pasó a asociárselo con el comunismo, pese a la orientación anticomunista que había tenido el gobierno de ese signo.
No es posible el conocimiento y análisis del itinerario del movimiento obrero argentino entre 1955 y 1973 sin poner foco en la proscripción del peronismo. Lo que no fue impedimento para que se consolidara durante el período de la resistencia una derecha sindical peronista que hizo buenas migas hasta con las peores dictaduras.
La clase dominante tuvo coherencia en la defensa de sus intereses y el ataque al movimiento obrero. Por ejemplo, después del sangriento derrocamiento de Perón (y el previo bombardeo de junio), encarceló dirigentes y activistas obreros en gran número. A los peronistas desplazados, por supuesto. Y también a muchos y muchas de quienes se habían opuesto al justicialismo.
Querían poner fin a la combatividad en los lugares de trabajo y también a una central obrera unificada y de afiliación masiva como la que se había implantado en la década 1945-1955.
Por esos años se produce la inhabilitación política del peronismo y la prohibición de cualquiera de sus expresiones. A la mayoría de la clase trabajadora le queda vedada no sólo la participación ciudadana sino la manifestación abierta de su identidad. Recordemos que estaba vedado hasta silbar la marcha peronista.
A Perón y Evita no se los podía mencionar en público ni tener sus imágenes. Una persecución terrible, mientras algunos dirigentes antiperonistas festejaban el retorno del movimiento obrero que denominaban “libre y democrático”.
Sucesivas confluencias sindicales generaron programas como el de La Falda, en 1957, Huerta Grande, en 1962 y el de la CGT de los Argentinos de mayo de 1968.
No fueron programas de revolución socialista. Sí de mayor poder para los trabajadores, enmarcado en nuevas conquistas. Y de búsqueda de un modelo económico que sin escapar de los límites del capitalismo se proponía la superación del esquema de subdesarrollo y dependencia, en algunos casos alineado hacia un futuro socialista.
Se referían a un país bien diferente al deseado y buscado por la burguesía: Control obrero de la producción, expropiación de los bancos, nacionalización del comercio exterior.
Una y otra vez se sitúan en las antípodas de los programas expresos o tácitos cuya imposición procura el gran capital. Por ejemplo, en lo que respecta a continuidad laboral, no se conforman con la indemnización. Se propone “Estabilidad absoluta de los trabajadores.” Fin del derecho patronal a despedir sin causa justa y comprobada, así se pague.
Sin embargo también se les puede señalar falencias en la concepción. Por ejemplo, en la caracterización de clase. Se propone “…lograr la destrucción de los sectores oligárquicos antinacionales y sus aliados extranjeros…”.
Lo que equivale a que no se trata de enemigos de clase sino de elementos “antinacionales”. Flota allí una idea de “unidad nacional” interclasista. Susceptible de conducir a miradas conciliadoras. A expectativas de “administrar” la lucha de clases y despojarla de sus aristas más duras en alianza con sectores de la burguesía.
A veces el pasado se idealiza y a fuerza de imaginarlo sublime e irrepetible nos aplasta en una realidad actual que parece desmerecer la historia de la que proviene.
En la CGT de los Argentinos comandada por Raimundo Ongaro también había burócratas, lo mismo entre quienes antes formularon los dos programas de Córdoba. Había disputa y diferencias ideológicas, de prácticas, de estatura moral, de identificación efectiva con los trabajadores o no.
Además no hay que ver esas direcciones como sustancias invariables. Estaban condicionadas por sus bases. Y en la vereda de enfrente, por los enemigos que enfrentaban, fueran de la parte patronal o del aparato estatal.
Todas las dictaduras se cebaron contra las organizaciones obreras. Y en particular con los organismos representativos de base, los delegados y las comisiones internas. Lo que se llamó la “anomalía argentina”, esas sólidas estructuras que le disputaban poder a las patronales y sus emisarios en el interior del lugar de trabajo. Eran características de nuestro movimiento obrero, lo fortalecieron hasta hoy.
Con el “Proceso” los muertos y desaparecidos no fueron en su inmensa mayoría dirigentes sindicales de primera línea, sino militantes y delegados que desenvolvían su acción desde su propio lugar de trabajo. Querían erradicar junto con ellos la capacidad de autoorganización, de construcción de representaciones desde la base.
Las clases dominantes habían vivido como una sombra amenazadora momentos de masiva movilización desde abajo y reivindicación del clasismo. Como la encarnada en 1975 por las coordinadoras interfabriles o de gremios en lucha. Y querían cortar de raíz las posibilidades de que esas amenazas para sus intereses se repitieran.
Trabajadores estatales
Dos palabras sobre el sindicalismo estatal. Cuando se habla del movimiento obrero en sus etapas más o menos tempranas, se piensa siempre en sindicatos del sector privado. No es casualidad, gran parte los trabajadores del sector público se agremiaron recién décadas más tarde.
De los sindicatos nacionales del sector, el primero fue la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), fundado en 1925. Nada casualmente, esa asociación la crearon trabajadores que eran mecánicos, carpinteros, herreros, foguistas, marineros. Obreros manuales, en suma.
Es probable que fueran los primeros porque por las características de su labor, estaban menos atrapados por la idea de “servicio público”, “apostolado”, “vocación”, que con toda intención trataban de diluir la pertenencia a la clase trabajadora. Con ella el derecho a sindicalizarse y adoptar medidas de fuerza de quienes eran empleados de alguna rama de la administración.
Hubo ámbitos en los que estuvo prohibida la agremiación. Los empleados y funcionarios de “cuello blanco”, con trabajo de predominio intelectual eran “otra cosa”, no les correspondía integrar un sindicato.
Por ejemplo las maestras eran estimuladas a percibirse como “segunda madre” de sus alumnos y alumnas y “apóstoles de la educación”, nunca debían pensarse como trabajadoras. Quienes trabajaban sentados en una máquina de escribir o atendían público eran “clase media”, “señores” que no debían mezclarse en huelgas y otros conflictos plebeyos.
El sindicalismo judicial aparece recién en la década de 1950. El autor de estas líneas trabajó un breve tiempo en los tribunales, a principios de la década de 1980. Todavía conoció empleados y empleadas, en general veteranos, que argumentaban que los judiciales no podían hacer huelga, que hacerlo sería rebelarse contra la autoridad de los jueces, la que no debía cuestionarse.
En tiempos más recientes, el protagonismo de los trabajadores estatales ha ido en crecimiento. El papel y la configuración del Estado ocuparon un lugar más central en los debates y el conflicto social. Las conducciones burocratizadas y antidemocráticas fueron a menudo más débiles entre los trabajadores públicos. O incluso nunca llegaron a la posición de predominio.
Los gremios estatales han tenido un papel protagónico en la fundación de una central como la CTA en la década de 1990. La que ha tenido una búsqueda más democrática y horizontalista que la característica de la CGT.
En temas como las privatizaciones; lo relacionado con la deuda y su pago, la educación, la ciencia y la salud públicas, las políticas de derechos humanos, el trabajador estatal emerge como un sujeto activo y crítico. Central en la resistencia a las políticas desreguladoras, de retirada del Estado.
El presente.
Hoy estamos ante un nuevo ataque desde las clases dominantes, con imbricación de sus componentes locales y trasnacionales. Contra las condiciones de vida y los derechos de la mayoría popular y las trabajadoras y trabajadores asalariados en particular.
Un intento de reestructuración económica, social, política y cultural de la sociedad argentina que regresa a un camino iniciado en 1976, retomado en 1989, actualizado en 2015. Implementado hoy con una gran radicalidad y un nivel de alineamiento proimperial que rebasa incluso el instaurado en la década de 1990, con Carlos Menem en la presidencia.
Lo que lleva a la reflexión sobre esta ofensiva de largo alcance de la conjunción de poder en Argentina. Con una orientación estratégica que no alcanzó a ser revertida ni siquiera por una rebelión masiva y plural como la de 2001.
El movimiento obrero se enfrenta en las últimas décadas a una transformación estructural de la clase. Trabajo precario, no reconocimiento de la relación de dependencia, formas de retribución no salarial, cuentapropismo creciente. En los últimos años crecimiento exponencial del trabajo en plataformas. Y un auge del pluriempleo como endeble cobertura frente a la insuficiencia de los salarios.
El horizonte del trabajador “en blanco”, con contrato por tiempo indefinido e incluido en un convenio colectivo ha seguido siendo el sujeto de la representación sindical en muchos casos, mientras esa base disminuía. Y avanzaban otras formas.
En general no son temas que se resuelvan con inspecciones sindicales u oficiales o con litigios ante el poder judicial. Requiere el planteo de otras formas de representación, un asiento más variado y polivalente, otros estímulos para la afiliación y la actividad sindicales.
Junto a la indagación sobre el presente necesitamos activar el conocimiento de la historia y el ejercicio de la memoria como clase. La sociedad argentina lleva bastante más de un siglo de presencia del movimiento obrero. El país ha cambiado muchísimo, la clase obrera tiene una fisonomía muy diferente que hace cien años e incluso que hace cincuenta o menos.
Lo que no excluye que las luchas, las modalidades organizativas, los programas, la cultura de convivencia y solidaridad del pasado aún nos pueden enseñar mucho y proporcionarnos ejemplos útiles. También una mística de la historia y la memoria que alimenta la vivencia del presente y la proyección de futuro.
La acción divisionista y disgregadora del poder real.
Hoy enfrentamos la estrategia de la división, inspirada y conducida por los capitalistas. Y sus servidores de la política, la comunicación y la cultura. La xenofobia y la prevención hacia los trabajadores migrantes. La aversión hacia supuestos “privilegiados” como los trabajadores del Estado por su estabilidad.
Hasta se trata de expandir la creencia de que los derechos son “empobrecedores” y que alguien laborioso e inteligente no necesita ninguna protección del Estado y sus leyes.
Quienes perciben planes sociales son presentados como “planeros”, vagos y carentes de calificación que serían “aprovechadores”, pese a las sumas irrisorias que cobran.
Cuando se erigen en “piqueteros” se los estigmatiza y criminaliza como perturbadores que dificultan la normal asistencia a sus tareas de quienes sí trabajan. No tendrían nada en común con quienes tienen empleo, como si fuera culpa de ellos mismos la carencia de posibilidades de trabajo.
La inducción a buscar los enemigos hacia abajo o al costado y no hacia arriba es un truco magistral de las usinas ideológicas de la derecha, con vigencia de larga data y cierto auge en nuestros días.
Se complementa lo anterior con que no puede eludirse que existen estratos privilegiados situados en la cúspide del poder. Entonces se desvía la atención hacia “los políticos”, como un conjunto indiferenciado de corruptos que vive de los impuestos “que pagamos todos” (mientras los grandes capitalistas llegan a emigrar para no hacerlo).
A los empresarios no habría en cambio nada que objetarles: Invierten, arriesgan su capital, “dan trabajo”, dirigen sus empresas con eficacia, sólo gastan la “suya” (atrevida suposición) y no son beneficiarios sino “víctimas” de los impuestos y las regulaciones estatales. Los trabajadores deberían estarles agradecidos para siempre.
El actual presidente los propone como “héroes” de una sociedad en la que la búsqueda de ganancias sería la única orientación valiosa del comportamiento social.
La propensión criminal del enemigo de clase.
Siempre se necesita estar atentos acerca del accionar del poder económico. La clase dominante no tiene límites en los métodos a la hora de preservar su poderío si lo juzga amenazado. No se puede confiar, ni en ella ni en el imperialismo, “ni un tantico así” como decía el Che.
Asesinaron en masa a trabajadores, estudiantes, intelectuales y hasta curas y lo volverán a hacer, si creen que lo necesitan y está en sus posibilidades. Ellos no son parte de ningún “pacto democrático”, les importan un bledo las instituciones republicanas que se supone defienden. En el presente lo han demostrado una vez más con el respaldo a todas las tropelías institucionales de Milei y sus seguidores.
Una política como la que se encuentra en curso, que les proporciona reforma laboral, caída del salario real, ventajas tributarias, desregulaciones varias, privatizaciones, los lleva a acallar las objeciones institucionalistas. Las usaron hasta la fatiga y el abuso contra el kirchnerismo. Las esconden a la hora de dar respaldo al actual gobierno.
La suerte de los trabajadores sólo les importa en la medida que facilite la mayor explotación. Si la obstaculizan actuarán contra los asalariados y precarizados. Desde con sanciones económicas en forma de despidos y suspensiones hasta la supresión física, si la encuentran factible.
Hace cincuenta años armaron listas de futuros secuestrados y desaparecidos. Prestaron dinero, espacios físicos, vehículos, todo lo necesario no ya para ayudar sino para dar impulso y dirección a la represión genocida. Dieron respaldo de todas las maneras posibles al “Proceso de Reorganización Nacional.” No fueron meros cómplices, sino autores e instigadores.
Los anima la búsqueda de la mayor acumulación de capital. Y el odio de clase. Sólo eximen de éste a trabajadores sometidos y a sindicalistas conciliadores en lo ideológico y susceptibles de ser comprados.
Hoy tenemos multitud de empresas que cierran, trabajadores despedidos o con incertidumbre en su puesto de trabajo. El conjunto de la clase sufre pérdida de ingresos y quita de derechos. Se requiere como nunca la movilización y organización. Y la no limitación al problema específico sino la voluntad de articulación de todas las luchas sociales, en todos los ámbitos y en el conjunto de la geografía nacional.
Lo que hoy padecemos no es un problema de salud mental de los gobernantes ni de sus propensiones de carácter. No se trata de locura o de crueldad, por más que ambas existan. Es una política, concebida y aplicada de un modo integral. Con sentido de clase y con amplios sustentos a escala mundial, desde los grandes inversores multinacionales a los organismos financieros.
Si lo que vivimos es una pesadilla para trabajadores, pobres y sectores medios en crisis es porque corresponde a los mejores sueños del gran capital. Son las dos caras contrapuestas de una misma realidad.
No podemos contentarnos con ponerles un “freno” ni con la apuesta a un eventual desplazamiento de las fuerzas reaccionarias por vía de elecciones. Librados a la lógica del sistema imperante, lo que puede esperarse de un recambio de personal político es la llegada de administradores eficientes de las políticas ya en curso. Que a lo sumo “moderen” sus aristas más impresentables y generadoras de rechazo.
Necesitamos una transformación profunda, un cambio radical. De forma que se desafíen las verdades establecidas. Se necesita reforma laboral, pero de sentido opuesto al que prevalece hoy. Para la reducción de la jornada y adquisición de nuevos derechos o aplicación efectiva de los existentes.
Es imperiosa una reforma tributaria, pero para el aumento de los impuestos a los más ricos y los tributos a los bienes y servicios más caros. No como ahora para generarles más exenciones y subsidios. O librarlos de tributos “molestos”, como el impuesto al cheque.
Se requiere dar vuelta el sentido común que nos pretenden imponer. Y expandir entre trabajadoras y trabajadores la percepción de que vivimos un episodio agudo de lucha de clases, no susceptible de “solución” mediante diálogos amigables.
Que tras la aparente “locura” hay un método y un programa claros y que en la crueldad anida la voluntad firme de producir una reestructuración integral de la sociedad argentina. La que además tenga fuertes reaseguros de que no se pueda revertir desde gobiernos más afines con los intereses populares, o al menos que no sea nada sencillo hacerlo.
La democratización sindical es hoy un imperativo. Mayores poderes para las organizaciones de base, limpieza electoral, compromiso consecuente con la lucha reivindicativa. Y cuestionamiento integral del sistema de desigualdad e injusticia.
Hay que sacar consecuencias políticas de esto. Los trabajadores y sus organizaciones no deben apoyar en elecciones ni en la acción de gobierno a dirigentes políticos que mantengan alianzas con las burocracias sindicales. Que les faciliten el fraude, la extorsión, el engaño a sus representados. No vale el “progresismo” que es benévolo o pasivo frente al sindicalismo pro-patronal y corrupto.
La lucha de clases, también a escala mundial.
“Claro que hay lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra, y la estamos ganando”. Lo ha declarado hace años Warren Buffet, un multimillonario estadounidense, con inversiones en los rubros más diversos.
La clase obrera les tiene que hacer tragar esas bravuconadas triunfalistas a los dueños del capital. Para lo que es indispensable la reasunción plena del conflicto de clases y su centralidad, que articula y confiere sentido a otras contradicciones sociales. Las que se despliegan sobre ejes diferentes que la confrontación directa entre capital y trabajo.
Tienen que perder ellos en el conflicto social global, dar paso a movimientos liberadores, internacionalistas, de alcance mundial. Si el mundo queda en sus manos el horizonte es de destrucción cotidiana y a mediano plazo. Sus distopías “transhumanistas” y antidemocráticas así lo evidencian.
Los capitalistas están amenazados hoy por el declive de la superpotencia que los ampara y a la vez respaldan. La operación sobre Irán ha sido un fracaso. El genocidio en Palestina experimenta una potencia y amplitud de condenas como pocas veces se ha visto.
Se necesita más amplia solidaridad internacional. Implicación plena en ella de las organizaciones obreras de todos los niveles, desde el plano local y sectorial más reducido hasta el escenario mundial. Significa la recuperación de las mejores tradiciones del movimiento obrero, el “internacionalismo proletario” que viene desde los fundadores del socialismo.
En nuestro continente es probable que las agresiones contra Cuba se incrementen más aún y conduzcan a una invasión. Es preciso que esto termine en una nueva frustración para EE.UU. Que la isla se sostenga como bastión frente al imperio. La caída de la isla en manos imperiales sería una derrota mundial para los trabajadores, con especial repercusión en nuestras tierras.
Es momento de más internacionalismo, más coordinación de las luchas, más cuestionamiento radical al orden capitalista. Se necesita la reivindicación de la consigna “Otro mundo es posible” con el agregado “nunca dentro del capitalismo”.
Nuestra América Latina debe ser un bastión de la verdadera lucha por la libertad. Palabra ésta a recuperar de las manos de la derecha. Como un horizonte de búsqueda frente a la violenta rapiña hoy personificada en un imperio en declive.
Como en la afirmación de Mella del comienzo, los trabajadores deberían ser los “nuevos libertadores” del continente más desigual del mundo. Los constructores de democracias sustantivas que sustituyan al menguante liberalismo político que hoy es replegado desde el poder real. Y los impulsores de la unidad latinoamericana, eje impostergable que sólo puede partir de los pueblos.
Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/05/28/ayer-y-hoy-del-movimiento-obrero-en-nuestra-america-y-argentina/