El resultado de los comicios brasileños constituye una muestra de que la ola de crecimiento de la ultraderecha existe pero no es indetenible. Y de que la decidida movilización de masas es una forma más que adecuada para contrarrestarla.
Brasil es un país continente. Con una heterogeneidad dada por la extensión; la elevada cantidad de población de diversas procedencias, niveles dispares de desarrollo económico y de desigualdad, diferencias acentuadas en el plano étnico y cultural.
Una vez más el Partido de los Trabajadores (PT) y sus aliados consiguieron el triunfo en las periferias, en particular en el nordeste. Mientras el núcleo paulista y de Río de Janeiro dio el triunfo a Flavio Bolsonaro.
Claro que por márgenes más estrechos que en la primera vuelta. En San Pablo obtuvo casi el 54%, en Río estuvo cerca del promedio nacional, con algo más del 48%. En cambio en el otro estado decisivo de la región sudeste, Minas Gerais, perdió con el 49,7% frente al 50,43% de Lula.
La porción trabajadora, pobre, campesina del país sostuvo su vínculo con fuerzas políticas vinculadas al movimiento obrero, a los sin tierra, a los sin techo. Los porcentajes del sufragio por Lula en los Estados del Nordeste es por demás elocuente: Piauí: 70,99%, Bahía: 71,31%, Ceará: 68,93%, Maranhão: 69,54%, Paraíba: 67,46%, Rio Grande do Norte: 65,72%
Lula obtuvo algo más de 10 millones de votos más que en el primer turno a escala nacional. Un total de 64 millones. En porcentaje consiguió el 51, 76% de los sufragios contra el 48,24 de Flavio Bolsonaro. La diferencia en cantidades orilló los cuatro millones y medio de votos.
El poder de las calles.
El PT y sus aliados consiguieron buena parte de su triunfo en las calles. Con gigantescas movilizaciones que conmovieron a las grandes ciudades. Con gravitante presencia femenina y juvenil. Esto último una desmentida más al supuesto apoliticismo y actitud individualista de las nuevas generaciones. Mito que por fortuna yace hoy en pedazos en buena parte del territorio europeo y también en otras latitudes.
El actual oficialismo se benefició por estar conformado por una coalición de partidos que mantienen estructuras militantes con capacidad de movilización. Lo que incluye a fuerzas situadas a la izquierda del Partido de los Trabajadores como el Partido Socialismo y Libertad (PSOL). No es que esas agrupaciones no tengan rasgos de burocratización y “estatización” sino que ellos no los han reducido a la pasividad.
También debe tenerse en cuenta que la salida a la calle sobrepasó con amplitud las estructuras partidarias. Los analistas destacan la presencia de muchas ciudadanas y ciudadanos que salieron por su cuenta, sin referencia en estructuras.
Solos o en pequeños grupos. Se extendió la conciencia de que la noche se abatiría sobre el pueblo brasileño si triunfaba la reacción. Quedaba la apuesta a la esperanza. Y la confianza en la reversión de un resultado que el pensamiento convencional consideraba casi imposible. No hubo margen para prudencias y esperas.
Se trata de una desmentida al pensamiento simplista que dictamina que el reinado del universo digital ha desplazado para siempre y en todos lados a la política de calles. No hay tal cosa. La convocatoria popular directa sigue con mucho para decir y hacer.
Claro que no es menospreciable la influencia del marketing digital. Sobre todo del grupo “El ejército de Lula” que consiguió millones de adherentes y difusores por las redes sociales. Pero eso no reemplazó a la ocupación del espacio público. Más bien se articuló con ella. Algunos observadores opinan que hubo una mutua potenciación de ambas vertientes.
El diálogo persona a persona y hasta casa por casa dista de ser incompatible con el mundo de las pantallas y la comunicación en línea.
Lula.
Por cierto que la presencia de un líder histórico de la dimensión de Lula da Silva, con más de medio siglo ininterrumpido como un eje central de la política brasileña, constituye un factor invalorable para el triunfo.
Proveniente de la pobreza del Nordeste profundo, luego se empleó como obrero mecánico del cinturón metalúrgico de Sao Paulo, área de concentración fundamental de la clase obrera brasileña.
Más tarde se convirtió en un dirigente sindical combativo, fundador de un partido político que abrazó a distintas vertientes obreras y populares. Fue postulante a la presidencia tres veces derrotado. No cejó en su empeño, ganó la elección la cuarta vez.
Presidente en dos períodos, resultó perseguido, juzgado y encarcelado después de que su sucesora y compañera de partido fuera depuesta mediante un juicio político sin fundamentos sólidos.
Vuelve al primer plano y es electo presidente por tercera vez. Y ahora se impone en una remontada que parecía inverosímil. De la mano de millones de brasileñas y brasileños que no querían el retorno de la extrema derecha. Y tenían en él la única carta para evitarlo.
Hasta su dedo faltante se erigió en un símbolo. Lo fue desde hace tiempo. Su significado se incrementó a partir de la despreciable actitud de Flavio Bolsonaro, que buscó humillarlo por esa razón en un debate presidencial.
Ocurre que el presidente electo sufrió esa pérdida mientras trabajaba, aún adolescente, en un taller metalúrgico. Lo hacía en condiciones que violaban la legislación vigente.
Eran las tres de la mañana, cuando el trabajo nocturno de menores se hallaba prohibido. Eran jornadas que se prolongaban por 12 horas. El agotamiento físico y el sueño conspiraban contra la concentración necesaria para el manejo de maquinarias. A la prensa hidráulica o torno mecánico que aplastó su mano izquierda se le sumó la falta de atención médica inmediata.
¿Gobierno de izquierda?
Nadie se confunda. La gestión de Lula no será un gobierno de izquierda. No lo ha sido en el período que termina y tampoco lo será en el próximo. Uno de los impedimentos para ello se encuentra en su alianza con el establishment paulista. Sobre todo a través de un partido que lo representa tan bien como el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).
La mayoría parlamentaria y el control de gobiernos estaduales que consiguieron en la primera vuelta el partido de los Bolsonaro será un factor limitante adicional, es probable que el principal. Sobre todo porque hay sobrados motivos para que la derecha se lance al hostigamiento despiadado desde el primer día a partir de las bazas institucionales conseguidas.
Irá en el mismo sentido la inserción acumulada por el supuesto “centro” que en realidad es una derecha venal. Puesta al servicio del poder económico y de las fuerzas oscurantistas de sus regiones respectivas.
También está dentro de la lógica de todo el proceso que si bien es muy difícil que el nuevo mandato de centroizquierda haga transformaciones profundas, está en su fuente de legitimidad la no comisión de las agresiones contra la clase obrera y el pueblo pobre que hubiera generado una ultraderecha triunfante.
Máxime si se tiene en cuenta que el petismo fue a una elección precedida por medidas como la reducción de la jornada laboral ampliada a seis días de la semana con un solo día de descanso. El cambio aprobado marcha en dirección a las 40 horas semanales en lugar de las 44 actuales. En el mismo sentido fue el incremento de la bolsa familia. Esas decisiones son insoslayables a la hora del balance de la victoria.
Está abierta la vía para que se instauren cambios laborales de signo contrario a los que produjeron los gobiernos de Michel Temer y Jair Bolsonaro. Y que, todo hay que decirlo, se mantuvieron durante el gobierno de Lula que ahora termina.
En el plano de la política internacional cabe el rescate de las declaraciones del candidato en contra de que el gigante sudamericano sea el “patio trasero” de nadie. También es cierto que Lula se impuso por sobre la injerencia abierta del imperialismo. Además contra sectores empresariales más retrógrados que el paulista, que jugaron sus cartas por el bolsonarismo.
Sin duda mantendrá la participación en los BRICs en una posición de coliderazgo y las posiciones contrarias a una flexibilización del Mercosur que lleve a su desmantelamiento.
Otra de sus aspiraciones, el reflotamiento de UNASUR puede ser muy difícil de llevar a efecto
Las derechas y el asedio previsible.
Las fuerzas de la derecha no han reconocido el resultado. Donald Trump y Javier Milei tampoco. No debe descartarse que intenten una impugnación judicial del triunfo. Tampoco que tomen la vía de fuertes presiones para que el gobierno petista quede aún más condicionado que lo que ya está por la correlación de fuerzas parlamentaria y estadual.
“Los mercados” han recibido las cifras de la segunda vuelta con una abrupta baja del precio de bonos y acciones. Esa entelequia que al decir de sus apologetas “vota todos los días” ya ha dado su bienvenida al candidato victorioso. Que no es tan “serio” y “moderado” como ellos desearían, sobre todo por sus inquietantes (para ellos) bases sociales de apoyo.
Tal vez el nuevo gobierno comprenda que ante su desfavorable inserción institucional, una vía para la difícil batalla en pos de su afianzamiento y un ejercicio efectivo y más o menos exitoso del gobierno está en el sostenimiento a la convocatoria popular.
Debería eludirse la tentación a enviar a las masas de regreso a la casa. Puede ocurrir asimismo que se intente hacerlo y el pueblo brasileño no le responda, con claridad mayor acerca de todo lo que está en juego que los propios gobernantes.
Casi seguro jugará en contra el sector del empresariado que lo respalda. Se resentirá de una probable profundización del programa. Quizás enfrente una mayor conflictividad obrero patronal y se retraiga. Lo seguro es que el destino del pueblo de Brasil no puede ser dejado en manos de sus adversarios de clase. Para nada son aliados seguros.
La informal “coalición de la esperanza” que ha quedado prefigurada en estos comicios quizás se torne una presencia duradera en la política brasileña. Alerta y activa. Lo ya cierto es que los movimientos populares latinoamericanos, no sólo brasileños, quedarán sacudidos por los ecos de una jornada memorable.