Coyuntura y cruce de caminos. Segunda parte. Por Daniel Campione

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El siguiente texto, continuación de uno ya publicado, es junto con aquél una ampliación del informe de coyuntura elaborado con destino a la reunión plenaria de Vientos del Pueblo-Frente por el poder popular que tuvo lugar el 26 de septiembre pasado.

La mirada hacia la izquierda en medio de la ofensiva antiobrera

El año pasado muches escribíamos que dados los buenos resultados electorales en la ciudad de Buenos Aires, se confirmaba que Myriam Bregman tenía una base para convertirse en figura nacional. Hoy ya lo es, sin duda.

Por su presencia constante en las protestas y los debates. Y la trepada en prestigio y popularidad que la ha puesto en la disputa contra los grandes personajes de la política profesionalizada y de práctica elitista.

El crecimiento de la izquierda es una evolución que presenta varias dimensiones. No cabe su reducción al fortalecimiento de la figura de Bregman, sin perjuicio de que ese es un factor insoslayable. Claro que a su vez es el resultado de una progresiva instalación del conjunto de la izquierda como una alternativa frente a un sistema en franco proceso de deterioro.

La “salida” por ultraderecha de 2023 produjo espanto en amplios sectores que no la apoyaron. Con el correr del mandato de Javier Milei se fueron sumando los arrepentidos de su opción electoral en los últimos comicios presidenciales.

Hubo hitos en el crecimiento como el saliente rol del bloque del FIT-U en la cámara de diputados (“los cinco que parecen 100”, en una notable frase de Martín Menem, el presidente de la cámara), su presencia en todas las luchas callejeras, la militancia por los derechos humanos, las solidaridades internacionales persistentes.

Myriam se impuso como una figura creíble. Una legisladora laboriosa y compenetrada con su lugar de representante popular. Luchadora de todas las horas que no abandona ningún reclamo. Una miembra destacada del movimiento de derechos humanos. Alguien con buenos vínculos con las generaciones más jóvenes, rock mediante.

No se la ha relacionado ni del modo más indirecto con algún hecho de corrupción. Nada fácil resulta detectarle alguna incongruencia o infidelidad a sus principios. Dice lo que piensa, cree en lo que afirma, no tiene doble discurso ni incurre en chácharas electoralistas.

Un interrogante abierto es hasta qué punto penetran las simpatías por Bregman y la izquierda en sectores que tienden al retraimiento político (abstención, voto en blanco o nulo) o bien a un sufragio desalentado hacia un “mal menor” en el que ni siquiera albergan expectativas. Parte de este sector puede hallarse “en tránsito” hacia otras opciones, con un sentido aún no determinado.

Las posibilidades están abiertas. Que tomen el retraimiento como una opción duradera, que viren hacia algún otro tipo de outsider generado en los medios o en las redes. O podría darse que vean a la izquierda como una nueva posibilidad. Sin máculas de “casta” y con un espíritu rebelde que puede sonar mucho más auténtico que el ya descolorido del actual oficialismo.

Marcha de la bronca

En cuanto a la movilización del 19 de septiembre no es un punto de llegada sino de partida. La anticipó la exitosa movilización contra la normativa desreguladora de la adquisición de tierras por extranjeros de hace algunas semanas.

Su pleno desenvolvimiento se halla en el futuro. El objetivo debería ser la multiplicación por varias veces de la muchedumbre reunida ese sábado. Como exteriorización de la voluntad de darle a las luchas una articulación y un sentido político unívoco.

Se lanza además el instrumental de lucha de les trabajadores a través de consigna de “ huelga general”. Y se colocaron a la cabeza de la manifestación a diversas expresiones del movimiento social. Tuvieron además fuerte presencia las consignas antiimperialistas.

Constituyó una feliz iniciativa motorizada por la izquierda como expresión del enojo acumulado frente a las políticas del gobierno. Sin distinción de corrientes políticas ni pertenencia a diversas organizaciones. Ponerla bajo la invocación de un clásico del rock de amplia vigencia (Tanto que ha sido objeto de una nueva versión hace menos de un año,  por el quinteto negro La Boca e invitades) marcó un acierto adicional.

La grabación original de la marcha data de 1970, en pleno ciclo de rebeliones y puebladas en nuestro país. Su evocación es así un enlace entre dos épocas. Además la remisión a la bronca pone la protesta en el terreno de las emociones. No sólo la de los daños efectivos que se sufren sino la del enojo que éstos producen.

Una candidatura potente ligada todo el tiempo a las reivindicaciones sociales y a las luchas en curso iría en la misma dirección que un ascenso de la lucha de calles por cuya producción se requiere una apuesta fuerte.

Las instancias de concentración callejera de sentido unitario, con alcance general y no sectorial pueden ser una de las vías para la superación de las contradicciones parciales, que existen, entre camino electoral y apuesta a la transformación social.

La hora de la “sensatez”

Las centrales sindicales y el peronismo en pleno se abstuvieron de cualquier participación en la concentración y caminata. Esta podía ser recorrida en su totalidad sin toparse con una sola pancarta o cartel identificado con alguna expresión de ese movimiento. Sin duda concurrieron compañeras y compañeros peronistas, pero no encuadrados en ninguna agrupación o al menos sin identificación visible con alguna.

El resultado cristalizó en una manifestación numerosa y heterogénea que no llegó a la congregación de una de esas multitudes desbordantes que cambian por sí solas el clima político. Habrá que seguir en la brega por la unidad y la ampliación de las auténticas expresiones opositoras.

El gobernador Axel Kicillof hizo el mismo día un acto del Movimiento Derecho al Futuro en un estadio de Avellaneda. El mensaje implícito es claro por su parte: Campaña electoral en lugar de lucha social. Preocupación centrada en las vías para el retorno al poder en 2027. ¿Para hacer qué? No tenemos certeza.

El conjunto de sus acciones apunta a la administración de la herencia de Milei. Sin grandes rupturas. Con el toque de políticas sociales y acciones regulatorias que permita la construcción de un consenso con más continuidad que ruptura.

La marcha del 19 contiene además un sentido político claro como apelación a un nuevo ordenamiento de las fuerzas políticas. Estas son épocas en las que las otrora “centroderecha” y hasta una parte de la antigua “centroizquierda” convergen en su mayor parte en la ultraderecha.

En las que el principal partido de oposición se fragmenta. Con sus facciones internas obsesionadas por el hallazgo del mejor camino para la vuelta al dominio de los puestos y los recursos financieros que confiere el manejo del poder ejecutivo y del presupuesto nacional.

El grueso del peronismo, la maquinaria del Partido Justicialista y las grandes estructuras sindicales están cada vez más alejados de cualquier tipo de autoorganización y autoactivación de las clases populares.

La única perspectiva para las ciudadanas y ciudadanos de a pie es la del voto en favor de sus candidatos y luego la disciplinada espera de las mejoras que la siempre considerada desfavorable “correlación de fuerzas” permita al gobierno “nacional y popular”. Nada de abajo hacia arriba, “verticalismo” ante todo.

En cuanto a la política de alianzas, parece decantarse más bien hacia la derecha. Lo peor de la burocracia sindical y algunos de los intendentes más siniestros revistan en las fuerzas del gobernador. No van en zaga las facciones cercanas a Cristina Kirchner, que aúpan a la disputa a personajes como Guillermo Moreno o Sergio Berni.

Los gastados argumentos sobre las fuerzas revolucionarias que “le hacen el juego a la derecha” siguen a la orden del día. Quizás buscan una justificación anticipada de una posible derrota frente a fuerzas conservadoras en 2027.

No hay pacto democrático

Necesitamos no dar por sentada la permanencia de la institucionalidad representativa.  La realización de elecciones periódicas con respeto a sus resultados, una vigencia aceptable de las libertades públicas y la adhesión en líneas generales al principio de legalidad lleva más de cuarenta años de vigencia, es cierto. Eso no las vuelve inmodificables ni eternas.

Una gran parte del empresariado sostiene una frenética impugnación a un regreso del kirchnerismo, previo triunfo electoral en 2027. Razonan, al menos en público, como si hubieran enfrentado en los años K un proceso del tipo de la revolución cubana.

Una desproporción absoluta si no fuera porque encierra el deseo de exclusión del poder político para cualquier tendencia que contradiga siquiera sea en mínima parte sus propósitos de maximización de ganancias y acumulación y centralización del capital.

Lo transparente es que el gran capital opta por la plena realización de sus intereses y aspiraciones. El ejercicio de la voluntad popular lo toleran en cuanto no sacuda las herramientas de sometimiento.

Tal actitud de los poderosos es  un mal prospecto a la hora de la preservación de la democracia liberal. Han creado un clima de que sólo soportarán gobiernos que se sometan sin chistar a sus intereses estratégicos.

El peronismo está en uno de sus momentos de menor atractivo en décadas. Su máxima dirigente ha sido encarcelada e inhabilitada. Sin que se haya buscado con seriedad la creación de un movimiento de resistencia. De magnitud y claridad suficientes como para poner en jaque a las decisiones proscriptivas.

La izquierda, sobre todo a través de Bregman, ha sido clara en el repudio a la condena amañada a Cristina Kirchner. Y en la oposición a toda medida proscriptiva por antidemocrática y antipopular. Exhortó una y otra vez a que el peronismo encarara la resistencia activa contra la prepotencia de las distintas encarnacionesl del antikirchnerismo. No tuvo mayor eco.

De mantenerse la proscripción, la legitimidad misma de los comicios de 2027 sería cuestionable. Si se agregara la manipulación de las leyes electorales para impedimento de que se diriman diferencias en elecciones internas, se avanzaría un punto más en la nota de ilegitimidad.

Si sobreviene además una desembozada intervención del gobierno estadounidense como ocurrió en las legislativas de 2025 en Argentina  o en Colombia a favor de Ramiro de la Espriella hace poco, la “pureza” del comicio quedaría en posición más que dudosa.

La descomposición de las instituciones resulta en los últimos meses acelerada desde un punto que ya era bajo. Asumieron o fueron confirmados jueces y de inmediato llegó el agradecimiento judicial. Se dictaron sentencias absolutorias o disposiciones de archivo en causas que afectan a figuras de la derecha, incluidos los hermanos Milei.

Quizá el más flagrante fue la eximición de Mauricio Macri de toda culpa en la toma de deuda externa de más de 50 mil millones de dólares. También hubo absolución para Luis Caputo en una causa vinculada al endeudamiento en bonos. Asimismo fue eximido de responsabilidad por su participación en sociedades off shore. Antes, la “limpieza” aplicada en el caso “Libra”.

Resulta muy evidente que los resabios y hasta las apariencias de independencia judicial e imparcialidad se han esfumado. La dirigencia política y económica tiene “sus” jueces, que le responden. Más allá de las disposiciones legales que deberían aplicar y de las pruebas disponibles y las diligencias procesales en cada caso.

El fallo caerá casi siempre del lado del poder aliado y protector, con el que se intercambian favores apuntalados sobre la afinidad ideológica.

La derecha moderna y democrática

Hace una década analistas ajenos al campo de las derechas celebraron en cierto sentido el ascenso de PRO. La presencia de un conservadorismo “moderno y democrático” afianzaba, decían, a las instituciones democráticas en nuestro país. Ya nadie pensaba, según ellos, en una abrogación de los principios republicanos para el amparo de intereses sectoriales, como en tiempos de golpismo y militarismo.

La posterior aparición y avance de la ultraderecha trajo consigo tres evidencias:

1) El modernismo y el espíritu democrático sólo duró mientras no hubo una alternativa más radical en la aplicación del programa del gran capital, tal como es La Libertad Avanza (LLA).

2) Cuando se produjo ese advenimiento la preocupación por la democracia y la institucionalidad quedó reducida a “papel mojado”. La relegó la complacencia con los rumbos desreguladores, privatizadores y pro concentración de la riqueza que el gobierno surgido en 2023 tomó con más decisión y celeridad que nunca antes.

3) Las denuncias por atropellos institucionales mermaron aún ante las violaciones flagrantes de la constitución, como ser la no aplicación de leyes aprobadas por el Congreso mediante insistencia posterior a un veto, como la universitaria.

Adquirió meridiana claridad que los principios republicanos fueron una “bandera de conveniencia” para la navegación contra el kirchnerismo. Desplazado éste del poder a manos de una coalición ultraconservadora, ese estandarte fue empaquetado y guardado hasta nuevo aviso.

Por décadas se alentó un espejismo. El de que el acuerdo en el no retorno a situaciones de dictadura; el “nunca más” expresado en las condenas a los represores y el rechazo a la actuación de las fuerzas armadas y policiales al margen de la legalidad comprendía a los grandes empresarios, a los uniformados y a la derecha política.

Nada de eso era verdad. La defensa de la democracia y la adhesión a los derechos humanos en clave conservadora se inmolaron con velocidad en el altar de las “políticas de mercado”. Hoy LLA sigue adelante con la fagocitación de PRO. Sin que aparezcan mecanismos susceptibles de interrupción del proceso de captación.

Les queda el silencio incómodo o el discurso asentado en vaguedades frente a la realización de sus más caros sueños en una clave más plebeya y menos sutil de la que esperaba. Que es la que proporcionan los “pseudolibertarios”. Victoria al fin, aunque no por los medios previstos.

No importó, la lucha por una reforma tributaria regresiva o por la libertad para la depredación de los bienes comunes en aras de la ganancia es compatible con la estigmatización de las disidencias, el fanatismo antiaborto y las posiciones antimigrantes y antiindígenas.

“Reformas indispensables” en la economía (laboral, tributaria, previsional, del Estado) y agenda ultraconservadora para el desenvolvimiento social y la vida cotidiana van de la mano.

Milei y sus seguidores no son democráticos ni se jactan de serlo. Su libertad es la del mercado. Y las elecciones que realmente importan son las de mercancías de la mejor calidad al menor precio.

¿Por qué someter el poder decisivo, el económico, a las decisiones de la voluntad popular? ¿Por qué el sostenimiento del Estado si no hay mejor receta que los acuerdos entre grandes capitales y la autorregulación de las grandes empresas?

Si los tecnomagnates piensan en un régimen corporativo sin voto popular, sus admiradores rioplatenses procurarán seguirlos e incluso adelantarse por ese camino.

El programa “libertario”  descansa sobre un enfoque que nos remonta a la década de 1970 y al ocaso de los “treinta gloriosos”. Forma parte del grito de batalla a escala mundial contra la ampliación de los derechos sociales, el poder de los sindicatos, el rol del Estado en la generación de demanda, con la consiguiente expansión de su aparato.

Tras una etapa de bipolaridad y competencia entre sistemas, el capital se proyecta al ataque. Las circunstancias de máximo riesgo imponían una respuesta beligerante. Los síntomas de agotamiento del ordenamiento keynesiano llevaban a la necesidad de una salida planeada y de sentido unívoco, no una simple huida hacia adelante.

La crisis de 2008 y su “salida”; el crecimiento de la desigualdad, el distanciamiento de los gobiernos con las necesidades sociales, el aislamiento pandémico, impulsaron un nuevo giro hacia la derecha, en nombre del ultraliberalimo y en contra del “socialismo”.

El enojo ante la creciente falta de oportunidades y la obturación del camino del ascenso social fue capitalizado por fuerzas reaccionarias que prometieron la ruptura con el orden existente en nombre de la exaltación del individuo y la abolición de las mediaciones estatales.

Audacia y más audacia

Un rasgo que debe reconocerse en el actual elenco de gobierno es la audacia. Muchas veces lindante con la temeridad. Presentan iniciativas que van contra afirmadas tradiciones, enfrentan el sentido común imperante, rompen consensos extendidos y duraderos. Lo hacen sin reparos. Rápido, tratan que la sorpresa juegue a su favor. Si sus propuestas no tienen eco vuelven a la carga en cuanto pueden.

Suele atribuirse “dogmatismo” a los  integrantes del oficialismo. En particular a quienes tienen a cargo la política económica. El “dogma” existe en función de una visión de la vida en sociedad que enaltece al capitalismo como el sentido mismo de la existencia humana.

La gravitación de la ideología está presente. Es indispensable la comprensión de que actúa en torno a un sólido anclaje de clase, no de un “ideologismo” que navegue en el aire.

En cuanto a su “modernidad” es más que relativa. En paralelo con el ultraliberalismo en lo económico sostienen una agenda premoderna o antimoderna. Quieren una sociedad atemorizada, reducida al silencio frente a cualquier tropelía que venga desde arriba.

Disciplinada tanto en el trabajo como en el ocio a los dictados del gran capital.  Y replegada sobre sistemas de creencias conservadores que anulen los avances de  las últimas décadas.

Sí rezuman “modernismo” a la hora de treparse al entusiasmo por las innovaciones tecnológicas de Silicon Valley. Nadie como ellos queda cautivado por el poderío de las redes sociales y la inteligencia artificial. Rehúsan por completo fijarse en consecuencias perniciosas y rechazan, por ejemplo, cualquier regulación sobre la inteligencia artificial.

Una vez más, marchan en línea con todas las disposiciones del amo del Norte. Como él, se oponen a la menor limitación a la voracidad de los tecnomagnates. Está claro, ellos son lo más granado del capitalismo mundial hoy. Por lo tanto, piensan Trump, Milei y sus seguidores, deben imponer sus propias reglas. No las que le sean ajenas, aunque provengan de las instituciones con legitimidad democrática.

Claro que compatibilizan ese “ultramodernismo” con la promoción de las “esposas tradicionales”, el repudio en toda la línea a las disidencias, el entendimiento con las formas más retrógradas de la experiencia religiosa. Como el grotesco “judaísmo” del presidente, atado a las corrientes más reaccionarias de la modalidad ortodoxa de esa religión.

Para el empresariado el comienzo de 2026 estuvo marcado por un éxito de trascendencia histórica para ellos, también sostenido en nombre de la “modernidad”: La reforma laboral. Pieza sustantiva para el propósito de retorno de las relaciones laborales a los parámetros anteriores a 1943.

Fue una prueba palmaria de que el gobierno de extrema derecha conseguía para ellos ventajas que constituían propósitos que no consiguieron durante décadas.

Se afirma con frecuencia que los grandes empresarios apuestan al gobierno por complacencia ideológica, aunque se perjudiquen en la ecuación económica. Esto hay que matizarlo mucho. Para nada esa adhesión es pura ideología.

Los avances del gobierno en dirección al debilitamiento del poder de negociación de los sindicatos, al empobrecimiento de la organización en los lugares de trabajo, a la destrucción de las competencias de los juzgados laborales, son conquistas históricas para los intereses patronales. Respuestas favorables a sus demandas de toda la vida.

Lo mismo vale para el fortalecimiento de la capacidad de dirección sobre les trabajadores. La mayor potestad para la determinación de la jornada de trabajo, otorgamiento de vacaciones, despido sin causa, contratación temporal o precaria.

La operación va siempre en el mismo sentido: Empoderamiento de la conducción empresaria en consonancia con el despojo de derechos de trabajadoras y trabajadores. En su mayoría son aspectos que encarnan a la lucha de clases en el interior del lugar de trabajo.

Son logros muy concretos para los grandes capitalistas. De fácil traducción en beneficios económicos. Y en reafirmación de las relaciones de poder en un sentido de asimetría y desigualdad. Al lado de estas cartas de triunfo la preservación de la institucionalidad ocupa un papel muy secundario y hasta puede quedar anulada por completo.

Mención aparte para los medios de comunicación y sus empleados “estrella”. En su momento lanzaron toda su artillería contra los escraches  a periodistas o los carteles de “Clarín miente”. Ahora soportan con estoicismo torrentes de improperios que casi agotan las posibilidades de la lengua castellana en la materia.

En las fuerzas armadas argentinas tampoco hubo ningún “pacto democrático”. Si hablamos de pactos en su seno, el más eficaz hasta nuestros días es el de silencio en torno al destino de les detenides-desaparecides. Ciertas miradas ilusas suponían que el repudio a los golpes militares y a la última dictadura se había difundido por sus filas.

Nada más falso. Los derechos humanos nunca dejaron de ser una “molestia” para ellos. Cuando apareció Milei en el horizonte político, con su explícita reivindicación de la dictadura, lo recibieron como a un redentor. El voto militar y policial se inclinó de manera abrumadora por las candidaturas de LLA.

Quienes eran tenientes, cadetes o estudiantes de primaria en la época de la dictadura o incluso no habían nacido, no han roto con la herencia genocida. No participaron del exterminio, sin embargo adhieren a su consumación. Ninguna renovación generacional produjo un cambio sustantivo.

Si la reacción quisiera dar un zarpazo antidemocrático una vez más no serán los miembros de “las fuerzas” quienes se interpondrán en su camino. Su amplia mayoría apenas variará en el entusiasmo de su afección

Es un impulso similar al que los llevó al bombardeo de junio de 1955; a la masacre contra prisioneros desarmados en Trelew. Y al secuestro, tortura, muerte y desaparición sistemáticos de millares de militantes durante la última dictadura. Esos impulsos homicidas continúan en pie.

La confianza en una actitud “democrática” o siquiera más humana de las runflas uniformadas es una ingenuidad que podría pagarse cara en el futuro cercano.

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A modo de cierre sólo cabe la reiteración de que asistimos a un combate social en todas las dimensiones, que se expande por el mundo. Y afecta de una manera señalada a nuestro país.

En medio del fárrago de sucesos negativos y retrocesos en cuanto a nivel de vida y ejercicio de derechos tiene un lugar la mirada esperanzadora.

Quienes hoy se hallan al ataque tienen muchas fisuras en su línea de avance. No hay que sacralizar la actual relación de fuerzas. Como expusimos más arriba, si todo fuera giro derechista, no habría hoy en nuestra sociedad una presencia de la izquierda en crecimiento con escasos precedentes.

Falta hoy en la izquierda amplitud, unidad, espíritu innovador, ruptura dialéctica con antiguas tradiciones que deje lugar a otras nuevas. Sin que se deseche lo valioso de las anteriores, en función de su valoración crítica. Lo que resta no debe inhibirnos en la apreciación de lo que sí se tiene.

El movimiento transfeminista, el de derechos humanos, las organizaciones “piqueteras”, el poder en disputa en los sindicatos, todo es un potencial aporte a una propuesta transformadora.

Si se le sumara la izquierda política en crecimiento y en abierto debate acerca de los mejores caminos para un salto de calidad, hay lugar para el optimismo de la voluntad. También para la inteligencia y espíritu creativo que viene de abajo y entronca con décadas de lucha, con programas históricos que habrá que elaborar de manera colectiva.

Hoy se genera y expande la conciencia de que lo que hoy vivimos no merece el nombre de democracia. Que el gobierno del pueblo está en el porvenir y no puede originarse sino en las entrañas del espíritu y las prácticas populares.

Se le suma una cultura rebelde de una riqueza apabullante que convierte en un símbolo nacional al Indio Solari. O proporciona un salto hacia pleno siglo XXI de un himno popular que se opuso a todo rasgo dictatorial hace más de medio siglo. Que marca hoy otra vez un sendero frente a la hipocresía y el robo material y moral en contra del pueblo:

Marcha! Un, dos…

No puedo ver
tanta mentira organizada
sin responder con voz ronca
mi bronca
mi bronca

Bronca porque matan con descaro
pero nunca nada queda claro

Bronca porque roba el asaltante
pero también roba el gobernante

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/10/05/coyuntura-y-cruce-de-caminos-segunda-parte/


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