Reformas en medio de un bloqueo feroz y de una puja a todo o nada contra el bloqueo de EE.UU.
Cuba atraviesa un bloqueo brutal que se ha convertido en un cerco económico y energético que afecta las cuestiones más elementales de la vida cotidiana casi sin ayuda externa. En medio de la presión de Estados Unidos, el gobierno cubano introdujo amplias reformas económicas que se han interpretado como la adopción del “camino chino” para salvar la economía del país. Pero sin alivio en el cerco energético no se verán rápidamente efectos de estas medidas. La presión creciente de EE.UU. busca la implosión que provoque el “cambio de régimen”, con la amenaza militar como respaldo. Por ahora, el único resultado es una crisis humanitaria sin resquebrajar al gobierno revolucionario.
La Habana recibió, las dos primeras semanas de agosto, tres eventos internacionales que, momentáneamente, atravesaron el asfixiante cerco decretado por el gobierno de Estados Unidos desde el 29 de enero de 2026. Los encuentros reunieron a los aliados más cercanos al gobierno de la Revolución Cubana, dirigentes de organizaciones políticas y sociales y académicos que se animaron a llegar a la Isla a pesar de las amenazas de sanciones y las condiciones de vida a las que está sometida Cuba (la IV Asamblea Continental de ALBA Movimientos, el Encuentro de partidos comunistas y obreros y el I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, con motivo del centenario del nacimiento del líder histórico de la Revolución). La mayor parte de los delegados llevaron consigo medicamentos y ayuda humanitaria en su equipaje personal, a veces con problemas u hostigamiento en los aeropuertos de origen (*).
Está claro que, a pesar de lo necesario para Cuba de mostrar su marco de alianzas, este sigue siendo reducido y no logra vulnerar la gravedad del asedio. Sin embargo, los eventos también pueden leerse como una respuesta desafiante al increíble documento publicado por el Departamento de Estado de Marco Rubio, cien páginas de un macartismo del siglo XXI que intenta demostrar, con una mezcla de medias verdades, datos falsos e historias inventadas, que Cuba es una amenaza para la seguridad nacional del país más poderoso del planeta, e instalar al supuesto “terrorismo de izquierda” (cuya capital estaría en La Habana) como la mayor amenaza mundial.
Los eventos habían sido convocados con anterioridad al lanzamiento del disparatado documento –que, de todos modos, debe tomarse muy en serio por el calibre de las amenazas y del emisor–, pero funcionaron como respuesta. Más de dos mil delegados pudieron constatar lo difícil de la situación y comprometerse para intentar sostener y ayudar a morigerar los efectos del bloqueo, recrudecido a niveles nunca antes vistos. Por otra parte, sirvió para ver, especialmente en el Coloquio, las posibilidades de ayuda efectiva del exterior, no solo de los movimientos solidarios, sino a nivel de gobiernos: en la inauguración del evento tomaron la palabra delegados personales de los presidentes de China, XI Jinping, y de Rusia, Vladimir Putin, un alto funcionario de Vietnam, representantes de países africanos como Namibia y de islas del Caribe. La ausencia de Venezuela, el aliado más cercano hasta meses atrás y virtualmente ocupada por Estados Unidos, fue notoria. Las pocas esperanzas de ayuda externa vienen de estos países, junto con algunos otros, como México, que lo hacen con extrema prudencia por las amenazas de los estadounidenses.
Además de las iniciativas solidarias, hubo también aportes de algunos de estos gobiernos que confluyeron con los eventos. Notoriamente, la nutrida delegación china llegó junto con 5.000 equipos fotovoltaicos para suplir de energía solar escuelas, hospitales, pueblos aislados y otros lugares sensibles. Vietnam está haciendo un aporte importante con la cosecha de arroz en la propia Cuba, con vistas a contribuir decisivamente con la alimentación de la población. El último día que el autor de estas líneas estuvo en La Habana, un enorme barco con 15.000 toneladas de arroz chino hizo su entrada en la bahía. Fue el único navío que se hizo visible en la costa habanera en los ocho días que duraron las conferencias.
La cruda realidad del bloqueo
Una de las polémicas habituales y que suele mostrar con bastante precisión de qué lado se posiciona el emisor con respecto a la situación cubana es si ubica la responsabilidad primaria de los problemas en el bloqueo o en lo interno. La acusación de los opositores a la Revolución, empezando por Estados Unidos (pero también argumentada por quienes desde el campo progresista prefieren estar lo más lejos posible de la identificación con “el régimen”) es que el problema es el desastre al que el comunismo habría llevado a Cuba, convirtiendo a la Isla en un “Estado fallido” en que la gente pasa hambre y sufre condiciones de vida de extrema pobreza y apagones permanentes por culpa exclusiva de un sistema que no funciona. El cinismo de esta postura es evidente, no solo por la historia de más de 65 años de medidas económicas estadounidenses (además de las conspiraciones, boicots, agresiones y operaciones de todo tipo), la mayoría sancionadas mediante leyes, decretos y normativas de distintos niveles de la administración norteamericana, sino por el propio reconocimiento del gobierno de Donald Trump de que el objetivo de las medidas decretadas, tanto en su primer gobierno como en los últimos meses, es provocar el “cambio de régimen” mediante la asfixia económica. Marco Rubio fue todavía más explícito el 7 de agosto cuando declaró que no dejará “ninguna vía de escape” a las sanciones, incluyendo la cancelación de los contratos de terceros países con las brigadas médicas cubanas –a las que por un lado califica de “trabajo esclavo” y por otro lado fuerza a los gobiernos a expulsarlas para aislar más al “régimen”.
La arquitectura de las sanciones y la amenaza militar contra Cuba, pero también contra sus posibles socios comerciales, no deja lugar a dudas de que el corazón de la crisis no está en el fracaso del sistema cubano, sino en la agresión y hostilidad permanente de Estados Unidos, que desde el 3 de enero y su ataque a Venezuela, se hizo más brutal que nunca. La gravedad de la situación hace difícil de sostener la posición que prefiere minimizar el bloqueo desde el progresismo, que expresa no solo la diferencia política, sino el temor a las represalias o el señalamiento de la derecha y los medios en sus países de origen.
Como ya señalamos anteriormente en Tektónikos, es difícil de exagerar la emergencia. Desde diciembre de 2025, los envíos de petróleo se han suspendido totalmente, en un país importador cuya producción petrolera es casi nula y de baja calidad –recientemente se logró refinar parte de su crudo pesado, aunque la cantidad lograda es totalmente insuficiente– y solo un petrolero ruso logró entrar a puerto cubano en marzo. Del petróleo depende no solo el transporte, sino la producción eléctrica, que además descansa sobre un sistema de generación obsoleto y sometido a una enorme presión. El resultado son apagones interminables, que alteran completamente la vida cotidiana de la población y provocan una crisis exasperante en la cual, como dicen los cubanos, no hay apagones, sino “alumbrones” de apenas dos a tres horas diarias o menos. En esos breves períodos con electricidad, se bombea agua, se cargan aparatos eléctricos, se activan los teléfonos celulares, se cocina, lava ropa y se atiende todo tipo de necesidades de la vida normal de las personas, intentando aprovechar el momento. La falta de energía también impide la conservación de alimentos, la refrigeración (en un país tropical), el funcionamiento de la industria, la producción de insumos alimenticios, el transporte, en síntesis, el funcionamiento normal y mínimo de una economía. Afecta también las relaciones sociales, el cuidado de enfermos, niños y ancianos, el funcionamiento del sistema de salud (uno de los emblemas de la Revolución), de la educación, de la recolección de basura, entre muchas otras cosas que, mal o bien, funcionaban antes de las medidas de Trump y Rubio.
Hay números que muestran las consecuencias de la política de Estados Unidos contra la Isla. Un ejemplo de los más acuciantes es el deterioro del sistema sanitario, otrora orgullo de la Revolución. El cerco energético está destruyendo la salud pública, faltan medicamentos, no se pueden hacer tratamientos complejos o atender a las embarazadas ni mantener el esquema de vacunación de los bebés. El resultado es un aumento de la mortalidad infantil que era una de las más bajas del mundo (de 4,8 por mil a 9,9) y un deterioro cotidiano en la atención a ancianos y enfermos crónicos. Según cifras difundidas por el propio presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, la provisión de medicamentos ha descendido a un 30% del stock necesario para atender las necesidades del sistema de salud, 67.000 niños no pueden acceder al esquema básico de inmunización –en un país que estaba a la vanguardia en la vacunación infantil–, hay 98.500 cirugías en lista de espera por falta de recursos y energía, 118.000 pacientes oncológicos que no acceden a los tratamientos adecuados por falta de insumos, el transporte sanitario está reducido a un 22% de su operatividad por falta de repuestos y combustible y 34.000 mujeres embarazadas no pueden hacerse las ecografías prenatales ni acceden a medicación específica. Los esfuerzos de la solidaridad internacional se han dedicado a suministrar equipos solares para mantener operativos los quirófanos y a la provisión de medicamentos, pero son insuficientes frente a la magnitud de las necesidades.
Las sanciones están dirigidas especialmente a paralizar el flujo con cualquier otro país y contra cualquier fuente de divisas que permitiera afrontarlo, incluso con los sobreprecios a los que el bloqueo “tradicional” (el imperante hasta hace poco) obligaba a pagar. El efecto sobre el turismo, el salvavidas económico al que Cuba se aferró para salir del “período especial” que sobrevino a la caída de la URSS a principios de los 90, es letal: lo provoca el miedo a las sanciones secundarias el retiro de las cadenas hoteleras de capitales europeos, así como de la minera canadiense que explotaba el níquel –una de las pocas exportaciones minerales cubanas– y la negativa de las compañías navieras a viajar a Cuba. Esta situación hace extremadamente difícil hasta la llegada de ayuda humanitaria o del comercio privado que, supuestamente, Estados Unidos sí permiten, con más de 7.000 contenedores varados en distintos puertos del Caribe con suministros pagados por el Estado o por las pymes cubanas.
La perversidad del esquema de agresión incluye una pequeña válvula de escape, a través de los vuelos desde la Florida, que no se interrumpieron, y que hace que lleguen algunos suministros, en muchos casos sostenidos desde el exilio cubano en Miami, dirigidos exclusivamente al sector privado, lo que hace crecer la desigualdad social. Hay una parte de la población, minoritaria, que vive más cómodamente con esta vía de entrada de algunas mercancías, que nutren un mercado negro creciente.
En síntesis, al “Estado fallido” no se le permite tener relaciones comerciales normales con otros países, ni desde el Estado ni desde actores privados, se le corta acceso a todo tipo de recursos, materiales o financieros, y se castiga al conjunto de la población. El propósito no sólo es evidente sino confeso, hacer caer al gobierno cubano al volver insoportables las condiciones de vida de los habitantes, con la amenaza militar como respaldo en caso de que esto no suceda. La agresión imperialista a Venezuela, con el bombardeo y ataque del 3 de enero que llevó al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores y al establecimiento de una suerte de protectorado sobre ese país que, principalmente, se apropió de su petróleo, completó el cerco que no es sólo económico sino físico, con la flota norteamericana amenazante en el Caribe. Y dejó en claro que, con Trump, la posibilidad del ataque militar es concreta, como pocas veces desde la derrota de la CIA y los mercenarios de la derecha cubana en Playa Girón.
Resistir en soledad
Las consecuencias del cerco son palpables. Caminar por las calles de La Habana, como pudo hacer el autor de este artículo en el mes de agosto, permite ver una pequeña porción de esa realidad desoladora. El tráfico de la otrora animada capital es casi inexistente incluso en las zonas céntricas, con mayoría de triciclos y motos eléctricas de origen chino y pocas de las tradicionales “máquinas”, los autos de la década del 50 que animaron fotos y filmaciones durante décadas.
Las estaciones de servicio están cerradas, y la mayor parte de la gente se desplaza a pie o en bicicleta, bajo un sol abrasador o en completa oscuridad a la noche. Por primera vez en décadas, se puede observar gente en situación de extrema pobreza, producto de la escasez, del deterioro de la capacidad gubernamental para atender las vulnerabilidades sociales y de la caída abrupta del poder adquisitivo del salario después de la unificación monetaria seguida del recrudecimiento del bloqueo. La falta de combustible ha hecho desaparecer casi por completo el transporte público y reducido a la mínima expresión la recolección de residuos. En algunos barrios, los vecinos han organizado el manejo de los desperdicios para preservar condiciones sanitarias mínimas, en muchos casos a través de la estructura, todavía vigente, de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución). El agotamiento y el enojo es palpable. Hay tensión y se respira, pero también hastío y cansancio. Sin embargo, el estallido previsto por los norteamericanos no se produce, después de largos meses de una situación que, en prácticamente cualquier otro país, sería de colapso. Al contrario, en esa normalidad agotadora, la vida sigue, hay fiestas, gente jugando al dominó en las puertas de las casas, negocios abiertos. Cuba aguanta.
La pregunta en el aire es porqué resiste el pueblo cubano esta situación agobiante. El cálculo evidente de esta versión tropical del sitio de Leningrado es hacer tan insoportable la vida que una parte significativa de la sociedad prefiera la rendición a continuar con las privaciones y el sufrimiento del bloqueo. En julio de 2021, las protestas que emergieron en Cuba en las postrimerías de la pandemia (que Cuba debió enfrentar en condiciones peores que la mayoría de los países, en que tuvo que desarrollar sus propias vacunas para superarla) preconizaban una situación inmanejable para el gobierno revolucionario en un escenario como el actual. Sin embargo, hasta el momento nada de eso pasó. Si bien hubo y hay protestas, son esporádicas y desorganizadas. No hay, a pesar de los ingentes medios desplegados desde Estados Unidos y la oposición de la emigración cubana en Miami, preponderante en las redes sociales que se expandieron velozmente en la Isla en los últimos años, una trasposición del malestar cotidiano a una expresión política que tenga la fuerza de desafiar a la dirección del país. Como señala la diputada cubana Llanisca Lugo (en entrevista que Tektónikos publicará próximamente), el apoyo a la Revolución existe y está ampliamente subestimado, no solo en las redes, sino en las expresiones cotidianas de descontento. La movilización popular espontánea frente a la noticia de la muerte de los 32 militares cubanos en el ataque norteamericano a Venezuela, inesperada para el propio gobierno, muestra que esa reserva de orgullo nacional y antiimperialismo continúa vigente en gran parte del pueblo.
Reformas económicas ¿hacia el modelo chino?
Si el pueblo lleva como puede el agobio del asedio, el Gobierno cubano intenta encontrar salidas. Las 176 medidas anunciadas como “transformaciones económicas y sociales” para introducir cambios sustanciales en el modelo económico forman parte de estos intentos. Por el tenor aperturista al mercado de estas disposiciones, muy rápidamente fueron catalogadas por los medios y también por analistas de izquierda como “concesiones” o, directamente, una “claudicación” de los principios revolucionarios, un abandono del socialismo para empezar unas reformas capitalistas que la asimilarían (en las visiones más favorables) al modelo chino o vietnamita o (en las peores) al derrumbe del socialismo real en el Este europeo.
Este análisis veloz (en general apoyado en los trascendidos mediáticos y no en las medidas efectivas) ignora tanto la profundidad de los cambios propuestos como la larga historia del debate económico en Cuba, así como desestima la reafirmación del rumbo socialista que hace la propia dirección del país. Como señala la investigadora Disamis Arcia Muñoz, de la Universidad de La Habana, pensar que la Revolución Cubana erigió un modelo inmóvil y que nada cambió en más de sesenta años de proceso revolucionario es desconocer su historia y su dinámica. Desde los primeros y volcánicos años, en que se definió el carácter socialista y se enfrentó la violenta oposición de Estados Unidos, la estrecha alianza con la URSS en los años siguientes, el proceso de “rectificación” a mediados de los 80, el estrangulamiento del “período especial” y sus salidas hasta los lineamientos de 2011, los acuerdos frustrados con Obama y el recrudecimiento del bloqueo con Trump, Cuba ha atravesado distintas etapas en las que el debate sobre el modelo social y económico nunca estuvo ausente.
La idea de inmovilismo, asociada al modelo soviético (para el que también es cuestionable), lleva directamente a la idea de claudicación frente a los cambios, especialmente aquellos que implican aperturas de mercado. Esto se puede ver distinto revisando la historia de los procesos socialistas, ya desde la NEP (Nueva Política Económica) de Lenin en los primeros años 20 a las ampliamente citadas reformas chinas en la segunda mitad de los 70 y el Doimoi vietnamita de 1986. Sin dejar de lado el derrumbe del socialismo del Este europeo. no siempre las reformas llevaron a la caída.
En el caso concreto de las 176 medidas anunciadas por el gobierno cubano en el mes de junio, el acento fue puesto en los lineamientos de apertura al capital privado y varias medidas que pueden ser leídas como aperturistas o incluso, pro-capitalistas. Otro aspecto destacado es que la mayor parte de las acciones que apuntan a un rédito inmediato que alivie la situación tienen como sujeto principal a las empresas y emprendimientos privados en detrimento de los colectivos. Las cooperativas no agropecuarias, incluidas en los “lineamientos” que en 2011 iniciaron un largo proceso de reformas económicas que, aunque lenta y tímidamente, fueron abriendo el mercado cubano a empresas no estatales, están fuera del foco principal de las transformaciones definidas. Sin embargo, quedarse en estas señales para evaluar el sentido general de los anuncios elude la discusión de base. Como señala el investigador cubano Wilder Pérez Varona, la cuestión no es cuánto mercado se introduce, sino “en manos de quién quedará, cuando ese mercado se expanda, la capacidad de decidir qué produce Cuba y quién se beneficia en primer lugar de esa producción”.
Analizar las medidas –que son orientaciones que en su mayoría aún deben ser reguladas– no puede prescindir de la cuestión de cuánto condicionó el contexto del bloqueo recargado para acelerar la concreción de líneas de política económica que llevaban años de debate y, en ese marco, cómo se combinan las decisiones previamente discutidas con las dictadas por la emergencia. Pero, básicamente, se trata de ver cuáles son las líneas fundamentales que alteran o modifican los aspectos nodales del sistema económico construido por la Revolución. Una cuestión esencial es la noción de planificación, asumida como elemento central de las economías socialistas del siglo XX. En su informe al Comité Central del PCC, el 30 de junio, Díaz-Canel afirmó que “la planificación central no tendría la función de administrar la economía, sino de crear un ambiente institucional y normativo adecuado para que las empresas y los trabajadores estén estimulados en producir bienes y prestar servicios de calidad y con eficiencia, así como introducir en su gestión innovaciones con estos fines”. En otras palabras, el concepto nodal de las economías de planificación central socialistas, que Cuba aún mantenía, vira a una planificación orientadora y reguladora, lo que implica toda una serie de cambios en el aparato estatal y sus funciones. Continúa Díaz-Canel: “Continuaremos la reestructuración del aparato de Gobierno, del Estado, del Partido y las instituciones. Vamos a integrar estructuras donde sea necesario, revisar funciones duplicadas, reducir pasos innecesarios y optimizar permanentemente la manera en que se dirige y se sirve al país”. Si hay un parecido con el proceso chino o vietnamita, la clave está ahí antes que en el nivel de aperturas al mercado privado, que pueden ser más o menos, incluso en las márgenes de una economía de planificación centralizada. El objetivo, según el presidente Díaz-Canel, es “desatar las fuerzas productivas para que construyamos riqueza y la distribuyamos con justicia social”.
Las circunstancias, sin embargo, no son fáciles para este tipo de cambios profundos, cuya implementación en situaciones de urgencia como las generadas por la presión imperial dista de ser fácil o tranquila. La comparación con las reformas de los socialismos orientales acaba ahí, pues las reformas no se hicieron en contextos de aguda crisis y presión como las que sufre Cuba y, por supuesto, con condiciones estructurales muy distintas. La necesidad de reformular lógicas sistémicas de funcionamiento de la economía y de la gestión estatal, que trasciende los condicionamientos del bloqueo, se cruza con la emergencia y la obligada satisfacción de las necesidades básicas. Algo que supo construir el proceso revolucionario fue, justamente, un sistema social que garantizaba igualdad de condiciones para toda la población, con derecho asegurado a la educación hasta sus más altos niveles, a la salud, a la alimentación básica y a la vivienda. Esto, con sus dificultades, fue una realidad concreta durante décadas, sustentada en una forma de conducir el proceso económico que lo hacía posible y se preocupó de darle continuidad incluso al desaparecer el sistema de relaciones internacionales que sirvió para concretar gran parte de esos logros.
El problema a resolver es si es posible asegurar la continuidad material de esas conquistas o es necesario cambiar de paradigma. Parecería que la respuesta es la segunda de las opciones, pasando de un enfoque universalista a uno focalizado en las personas y sectores sociales identificados como vulnerables. La medida número 70 propone “eliminar subsidios a productos transformándolos en subsidios a personas” y la siguiente crear un “Fondo de Protección Social, como condición previa a las transformaciones, a partir de una parte del ahorro por la eliminación de los subsidios a productos”. En los hechos, la histórica “bodega” (por la cual el Estado distribuía elementos de consumo básico a la ciudadanía) ya estaba reducida a una expresión mínima, y la situación de los sectores que no acceden a algún tipo de ingreso por fuera del salario o la jubilación estatal es de extrema escasez, sobre todo en la tercera edad y, en especial, en quienes no pueden acudir a la ayuda y contención de sus familias. La focalización aparece necesaria, porque previamente se generaron desigualdades que deben ser atendidas.
Una de las cuestiones más decisivas, y donde se juega el futuro del proyecto socialista, es en la capacidad de acumulación privada de capital. Las medidas que fortalecen la capacidad de negocios del sector privado, la contratación de grandes cantidades de trabajadores, la regulación de precios por las reglas de mercado, la introducción de banca privada y la privatización parcial de la tierra, abren la puerta a la acumulación capitalista y al potencial crecimiento de una burguesía en territorio cubano. La cuestión está en cuáles son los límites y la fuerza del Estado para mantener el control. El documento oficial dice taxativamente que ratifica “la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción”, aunque avanza en la posibilidad de una gestión no estatal de esos recursos. La acumulación capitalista puede ser contenida por un Estado socialista que mantenga los resortes del poder en sus manos, no ceda a intentos de transformar poder económico en poder político y que no renuncie a la planificación de su desarrollo económico. China es un ejemplo de esa contención y no se advierten señales de que la dirección revolucionara cubana tenga intenciones de ceder estos resortes de poder. Más que abrir esa puerta a la reversión de las conquistas históricas, el grueso de las medidas tiene como trasfondo el aumento de la productividad y la eficacia de las acciones económicas, un problema ampliamente reconocido de la economía cubana, agravado por el bloqueo, pero no totalmente atribuible a este. También, y posiblemente no sea un aspecto menor, se puede pensar a parte de las medidas como orientadas a regularizar y controlar un mercado negro creciente, estimulado por la importación de mercaderías que el bloqueo deja filtrar y que el gobierno debe tolerar en la situación de enorme escasez, una consecuencia directa de lo que podemos llamar “economía de sanciones”, buscando incorporar en forma regulada lo que ahora se maneja en los márgenes y agudiza la desigualdad.
Los alcances de estas transformaciones están por verse tanto en la forma en que se implementen estas medidas como en el devenir de los acontecimientos frente al cerco económico y energético. Hay un límite claro, y es el bloqueo brutal. No hay reforma exitosa ni medidas viables sin combustible y sin electricidad. Ni China ni Vietnam pasaron por esto y es evidente que Trump y Rubio hicieron caso omiso de los anuncios y están decididos a ir a fondo.
A diferencia de otros momentos históricos, la propia estrategia elegida por el gobierno estadounidense contra Cuba excluye tajantemente la posibilidad de una salida intermedia, de una “transición pacífica”. O Cuba se vuelve una colonia o resiste hasta el final. Esto lo sabe el pueblo cubano, no solo el gobierno, pues es evidente que no hay planteada una negociación –y Cuba nunca se ha negado a ello, como lo muestran varias ocasiones en que hubo conversaciones entre ambos países– sino que la única opción esperable por parte del imperio es la claudicación. Ese escenario no es exagerado, tiene un antecedente y ejemplo inmediato en Venezuela. Por eso, en su discurso ante los delegados de ALBA Movimientos, Díaz-Canel afirmó: “Acá no va a haber sorpresa ni derrota”. La referencia a que Cuba no va a seguir el camino de Venezuela es transparente.
Mientras continúe el aislamiento internacional, la situación no admite demasiadas opciones que seguir resistiendo y aguzar la creatividad dentro de Cuba para producir, y la solidaridad internacional para morigerar en lo que se pueda la vida de todos los días del pueblo cubano.
(*) El autor de Tektónikos fue uno de los asistentes a dos de esos eventos, en los primeros días de agosto.
Fuente: https://tektonikos.website/la-revolucion-cubana-bajo-asedio-ii/