Hoy estamos ante una instancia histórica más de aplicación del programa económico, social, político y cultural que instauró la dictadura iniciada en 1976. Vale la pena interrogarse acerca de continuidades y diferencias. Y de las respuestas populares necesarias.
Sigue esos pasos el gobierno actual en lo que respecta al sometimiento y pérdida de derechos de trabajadores y pobres. A la transferencia gigantesca de recursos de abajo hacia arriba. Y el rediseño del poder estatal al servicio completo y directo del gran capital.
Hoy existen aristas incluso más radicales que entonces. Como en lo referente a apertura económica y “libertad de mercado”. Las que están acordes con las últimas décadas de evolución del neoliberalismo, cada vez con posiciones más agresivas y reaccionarias.
Es un episodio más de la misma lucha de clases, con todas las modificaciones que las clases sociales tuvieron desde hace medio siglo. Ofensiva en toda la línea del capital contra el trabajo. Y pretensión de destrucción de la unidad como clase, de la organización de los trabajadores y pobres, de su capacidad de acción.
Se le suma el replanteo del papel del Estado. Entiéndase bien, no “destrucción”. En todo caso se ajusta más a lo actuado el objetivo de “desregulación” que aparecen en la denominación del reciente ministerio encabezado por Federico Sturzenegger.
Es que las múltiples “desregulaciones” y la privatización de todo lo privatizable y más aún, son instrumentos privilegiados de esa reestructuración y replanteo.
En el plano de las relaciones internacionales se transita por un grado de subordinación al poder imperial estadounidense y al gran capital del mismo origen de un grado nunca visto. El gobierno se alinea con todas y cada una de las posiciones adoptadas por el presidente Donald Trump y sus aliados israelíes.
Ha llegado al extremo de hablar en primera persona de las “victorias” cercanas contra Irán y Cuba. Y está cada vez más comprometido con el “antiterrorismo” manufacturado por el Departamento de Estado, el Pentágono y los aparatos de inteligencia. Ha obedecido asimismo la orden de la reorientación parcial del “antiterrorismo” hacia la izquierda. Habló entonces de profesores, estudiantes, investigadores y periodistas “terroristas”.
Mientras que estrecha crecientes vínculos con tecnomagnates comprometidos con la contraofensiva continental del imperialismo. Primero fue sobre todo Elon Musk. Ahora Peter Thiel. Líder de una corporación que comparte negocios en variados rubros en lo que tradicionalmente se ha llamado “complejo militar industrial”-
Diferencias de circunstancias y similitud en los objetivos.
Es un mal consejo la subestimación de las diferencias con la dictadura de hace medio siglo. En primer lugar hoy vivimos en un régimen constitucional. Si bien con un gobierno con rasgos autoritarios. En 1976 regía una dictadura genocida.
El golpe del 24 de marzo fue en gran parte una respuesta al ascenso de las luchas obreras y populares; a la acción de las organizaciones armadas, y a los episodios de rebelión popular, identificados con el sufijo “azo”. Con los dos “Rosariazos” y el “Cordobazo” al frente. Los más masivos y que sembraron auténtico terror entre las clases dominantes.
Javier Milei adviene a la presidencia en circunstancias muy disímiles. En un contexto ya signado por la regresividad social y el conservadurismo político. La decepción generalizada y el fracaso de otras alternativas forman parte de lo que pavimentó su camino al triunfo electoral y al gobierno.
La similitud fundamental es que la gestión de La Libertad Avanza (LLA) levanta una vez más el programa de máxima del gran capital. Que es el que ya enarboló la dictadura. Y fue retomado en la década de 1990 bajo Carlos Menem. Y a partir de 2015 con Mauricio Macri.
En esas tres ocasiones el programa reaccionario consiguió importantes avances y produjo serios retrocesos de las clases populares. Pero no logró la reestructuración completa de la sociedad argentina que se proponían.
El gobierno actual se propone completar la tarea reestructuradora, con un amplio componente de regresividad en todos los aspectos. Desde los cambios tributarios a favor de los ricos, al desgranamiento del derecho laboral. De la intención de nueva privatización de los ferrocarriles estatales a la instauración de “las ideas de la libertad” en campos tan sensibles como los contratos de locación con destino a vivienda.
Lo acompaña con un impulso al disciplinamiento social. Expresado en el temor inducido al ejercicio de la protesta. Y a una mengua generalizada de los mecanismos institucionales democráticos. Más el avasallamiento sistemático de las libertades y garantías constitucionales.
Lo anterior se complementa con cambios de sentido reaccionario que atañen más a la “sociedad civil”. Como el propósito de supresión de la interrupción voluntaria del embarazo, el ataque múltiple lanzado contra la Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas. Más la brutalidad homofóbica y transfóbica que los influencers pseudolibertarios propagan con el socorro entusiasta del presidente.
Quien ha llegado a tornarse un vocero entusiasta de los prejuicios más retrógrados en contra de la “perspectiva de género”. Y a favor del enfoque “biologista” de una “moral sexual” que pretende retrotraernos a etapas dictatoriales de nuestro pasado nacional.
Se procura también la profundización de un cambio cultural volcado hacia el individualismo y la ““meritocracia”. Y contrario a las tradiciones igualitaristas y renuentes a toda deferencia del “abajo” social hacia el “arriba”. Las mismas que caracterizaron a la sociedad argentina durante décadas.
Está en la línea con el pensamiento de su tan admirada Margaret Thatcher: “La sociedad no existe, sólo los individuos y las familias”. Busca la generalización de las prácticas de “cada uno en lo suyo” y la correlativa indiferencia por la suerte de los otros.
La realidad objetiva nos marca una funesta incidencia política del desamparo socioeconómico y el retroceso del Estado supuestamente “presente”. Una parte significativa de nuestra población (y en particular los jóvenes varones pobres) se inclinaron por la idea de que tienen que salvarse solos y “tenemos que arreglarnos como podamos”.
En ese cuadro la reivindicación de la dictadura (algo mucho más radical que el negacionismo) dista de ser un capricho. Menos aún, una “locura”.
Estamos al contrario ante un componente relevante de la “batalla cultural” que busca el amordazamiento para siempre del pueblo argentino. El borramiento de la memoria.
Logrado eso, el próximo escalón sería el paso de la condena a la celebración de quienes son culpables de genocidio y crímenes de lesa humanidad.
Los culpables convictos y confesos de haber llevado adelante una “guerra sucia” contra la mayoría del pueblo argentino no sólo podrían volver a caminar en libertad por las calles. También serían celebrados y sujetos de homenajes. En primer lugar por sus “compañeros de armas” en ejercicio en la actualidad.
A esta altura, debería ser bien sabido que la noción de que las fuerzas armadas argentinas se habían integrado a un “pacto democrático” que abarcaba al grueso de la sociedad argentina es falsa. Más bien tiene hoy el valor de una broma trágica.
La reforma laboral.
La tentativa de abrogación del derecho laboral merece un breve tratamiento específico. Constituye un ataque frontal contra la clase obrera. Y es punta de lanza de toda una serie de “reformas” regresivas. Las que irían desde el código penal al sistema educativo.
En este último campo el proyecto de “libertad educativa” nos retrotraería, en el mejor de los casos, al ideario sobre enseñanza y cultura que imperó en la época llamada “década infame”. Y, todo hay que decirlo, también al inicio del régimen militar derivado del golpe de 1943.
Además de la quita o restricción de derechos individuales esta verdadera “contrarreforma” ataca el derecho a la acción colectiva. Busca la aniquilación de la “anomalía argentina”. La del poder de los cuerpos de delegados, las comisiones internas y las asambleas de trabajadores en el lugar de trabajo.
La que señalaría el intelectual argentino y también mexicano Adolfo Gilly. Lo hizo en un trabajo allá por la década de 1980. Está más que justificado que se lo recuerde hasta hoy.
La agresión contra el derecho colectivo de trabajo se corona con restricciones gravísimas al derecho de huelga.
Estos ataques contra la capacidad de organización y lucha son en perspectiva tanto o más importantes que los aspectos de la contrarreforma que apuntan a la disminución de “costos laborales”.
Esto sea dicho sin quitarles gravitación a estos últimos. Ocurre que el avasallamiento de la capacidad de organización y de lucha del conjunto de la clase obrera es la vía regia para la destrucción de los derechos del trabajador individual.
Y así transita el propósito de financiación pública para los despidos privados a costa de las jubilaciones. Y la búsqueda obsesiva de disminución del “costo” de los trabajadores en sus distintas facetas. La que incluye en lugar destacado el desmantelamiento del régimen de indemnizaciones por despido sin causa; enfermedades y accidentes. Lo que las patronales estigmatizan como “industria del juicio”.
También van contra “costo” derivado de sanciones por incumplimiento de los aportes previsionales y otros incumplimientos de la legislación laboral.
Son relevantes además los cambios orientados a la restitución a empresarios y altos ejecutivos de la capacidad de dirección plena de las relaciones de trabajo. Mediante el manejo discrecional de la jornada laboral, el otorgamiento de vacaciones y otras licencias. También la extensión de los períodos de prueba, una avanzada más en la consolidación y cristalización de la precariedad laboral.
La domesticación del peronismo.
Otro objetivo histórico de las clases dominantes, que hoy parece acercarse a su cumplimiento, es la domesticación definitiva del peronismo.
No es un proceso rápido ni lineal. Por el contrario, es observable como complejo y contradictorio, como solían caracterizar a la riqueza del desenvolvimiento de las sociedades algunos teóricos del marxismo.
Sí es necesario el reconocimiento de que una tendencia considerable de nuestra época va en esa dirección. No sin resistencias, negociaciones complicadas y alejadas de la institucionalidad democrática. Y posibilidades de que en algún momento se detenga. E incluso retroceda. Esto último no sucedería sin la movilización de las clases subalternas y la “lucha de calles” como expresión, en condición de pública y masiva, de la lucha de clases.
Se enfilan en esa línea el abandono de las banderas históricas; el debilitamiento del lazo con el movimiento obrero. También la asociación más estrecha con el gran capital, ya practicada en la década de Carlos Menem. La que cuenta con adalides que no osan decirlo en voz alta pero la practican.
Tal la preconización de una política “sensata” en materia de deuda. Y de relación “amigable” con los organismos internacionales. Nada de llamados a la investigación y consiguiente separación y trato diferenciado para la “deuda odiosa”. La coactiva y antidemocrática por definición.
Esto se produce en medio de la crisis generalizada de los partidos políticos. Sólo La Libertad Avanza (LLA) conserva una estructura nacional. Junto a la cual consiguió el triunfo de las parlamentarias de 2025.
LLA recién culmina su proceso de formación. Y de acuerdo a los abundantes síntomas que se presentaron en los últimos meses, ya padece una crisis.
Ya asoman los ensayos de “unidad del peronismo”, con Miguel Ángel Pichetto, Emilio Monzó o Guillermo Moreno como coprotagonistas. Y hasta con aspiraciones al logro de la bendición de Cristina Fernández de Kirchner. Agréguese la incorporación de Sergio Berni.
Más importante, la de los gobernadores del peronismo más representativos de la supuesta “oposición dialoguista”. Ésos que le votaron la mayor parte de las leyes al Poder Ejecutivo.
Sin pararse a menudo ni ante las más lesivas para el bienestar popular, la soberanía nacional y hasta el propio federalismo.
No cabe en la imaginación un retroceso más avieso frente al neoliberalismo llevado a la enésima potencia. Ni un abandono más completo de ideas y propósitos que formaban parte de lo mejor de la tradición peronista.
Nos referimos a casos como el de Osvaldo Jaldo, mandatario de Tucumán; Gustavo Sáenz, gobernador de Salta; Hugo Passalaqua, de Misiones y su mandante local, Carlos Rovira, ahora en conflicto entre ellos. Último pero importante, Raúl Jalil, de Catamarca.
Pese a todo, parece que hay predominio de la idea de que son “compañeros”. Hasta semejaría que se les tolera que voten cualquier atropello económico, social, político y cultural. Con tal de que no vayan contra los intereses de partido. Estos últimos entendidos no como ningún principismo ideológico o compromiso social.
Por el contrario, se los amonesta y amenaza a cuenta de su futuro voto, cuando se trata de un tema mucho más discutible en su carácter de avance o retroceso. Entiéndase que hablamos de la supresión, o bien suspensión o en todo caso, quita de la obligatoriedad de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (conocidas como PASO)
Entretanto, CFK sigue en la cárcel sin que haya un movimiento dotado de continuidad e intransigencia que clame por su libertad. Y enfrente a la condena arbitraria y plagada de violaciones en materia de prueba y de procedimientos judiciales.
Ella está presa y sin otra estrategia de defensa firme, que la jurídica. Restringida ésta a la actuación ante de un poder judicial predispuesto en contra de ella. Azuzado por los medios y la dirigencia de la derecha.
En los últimos tiempos se ha ingresado en una estrategia de presentaciones ante organismos de jurisdicciones internacionales. Se nombró a defensores por fuera de la Argentina. Alguno, del Estado español y antecedentes de extremismo de derecha. Un alarde más de “sensatez”.
La defección del peronismo tiene hoy responsabilidad principal de que el gobierno de ultraderecha no tenga una oposición dotada de iniciativa y eficacia.
Parece sólo dispuesto a mostrar su sedicente “moderación” a la espera de que el gobierno entre en el ocaso por las propias inconsistencias de su política. Sumadas éstas al descontento popular acentuado y cada vez más mayoritario. Al que no piensan darle estímulo de ninguna manera.
Aparentan temor sobre todo ante la posibilidad de que el “círculo rojo” y sus emisarios locales e internacionales les quiten todo beneplácito para el cumplimiento de su objetivo último y fundamental.
Nos referimos, claro, al retorno al control del aparato estatal. Y a las múltiples ventajas que conlleva, desde lo económico al potencial de comunicación pública que el dominio del Estado provee.
Luego de la pandemia y junto con la disparada de la inflación, no hubo respuestas políticas en sentido progresivo. De ejercicio de una crítica por izquierda con una repercusión de masas. Eso facilitó el camino a una respuesta de derecha radicalizada. En concomitancia con un proceso que tiene alcance internacional.
Cierto que ahora estamos ante la irrupción de lo inesperado. Tal vez el año 2026 sea recordado en el porvenir como el del ascenso inusitado (y no tan asombroso como algunas y algunos creen o fingen creer) de la popularidad de una figura de la izquierda, Myriam Bregman.
No puede descartarse, al contrario, que una cadena de sucesos y procesos se hilvanará en el futuro visible. En consonancia con el ascenso de una líder popular de honestidad incontestable y escucha atenta de las demandas populares.
En ese caso tal vez estos años sean también recordados por esos “cinco que parecen 100”. Tal como caracterizó, consternado, al bloque del FIT-U el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem.
Sobre este último dejaremos de momento de lado las consideraciones sobre sus lazos familiares. Así como respecto a la “afición” al crecimiento injustificado y tal vez injustificable del patrimonio. Sí no se puede excusar la mención de su reincidencia en el servicio más rendido al gran capital y al imperio del norte desde un origen “justicialista”.
No fue sólo Milei. Si se siguen declaraciones y actitudes de la dirigencia de Juntos por el Cambio, incluidos los más moderados, se percibe la radicalización en curso antes de las elecciones de 2023.
LLA ganó por extremismo y sobre todo por presentarse como ajena a todo el sistema, como extraña a la política (“la casta”). El partido novato quedó desde esa posición legitimado para el antiestatismo ultra. La que fue una de las vertientes principales de su acción. Estuvo en línea similar la pretensión de ruptura con todo lo existente. Incluido el ordenamiento económico (dolarizar, dinamitar el Banco Central). Lo último no ocurrió, en aras de cierto “pragmatismo”.
El grueso del peronismo no enfrentó con decisión ese proceso, mientras se hundía en la mediocridad de un gobierno conciliador. Al día de hoy se limita a declamaciones sobre “poner un freno” a la política en curso. Y a la espera de encontrarse con el triunfo en 2027.
Las perspectivas desde abajo.
Frente al vendaval destructivo e individualista se impone la reivindicación de la idea de comunidad, de la acción colectiva, la organización social. Del espíritu de resistencia y lucha. Todos elementos que dan base a la lucha por el poder popular.
Se necesita la búsqueda de la unidad que no ignore ni subestime la diversidad.
Y el impulso a los grandes ejes de combate: Reorganización y movilización de los trabajadores. Reivindicación del feminismo, las disidencias sexuales, la lucha por la tierra, el enfrentamiento al punitivismo. La preservación del ambiente, el antirracismo, defensa de los pueblos originarios y de los migrantes.
Esos ejes producen un salto cualitativo cuando se expande la comprensión de que el enemigo no es otro que el sistema capitalista. El que ejerce una dictadura de clase que articula todo el poder del aparato estatal con el dominio del gran capital.
Es hora de lucha integral por la democracia verdadera; la emancipación femenina plena, el equilibrio justo con la naturaleza. Todo lleva más temprano que tarde al enfrentamiento total contra el sistema, aunque al inicio no se haya apuntado de modo directo a las relaciones de producción.
Quienes dominan procuran la limitación de los descontentos a ser “minorías intensas”. Circunscriptas a un solo problema o asunto que se perciba como escindido de la lógica fundamental del capitalismo. Luchas e identidades aisladas. Micropolítica”, susceptible de ser aplastada con facilidad por la gran política.
Hay que contrarrestarlo no sólo con la denuncia del poder del capital sino con la expansión de propuestas alternativas. Señalar siquiera las coordenadas generales de un mundo sin capitalistas. Una sociedad de igualdad y justicia donde las relaciones prevalecientes no sean mercantiles sino las de colaboración, solidaridad, autoorganización y autogobierno.
Eso equivale a la conformación de una democracia nueva. Que oponga la construcción de poder popular al empobrecido simulacro de gobierno del pueblo que vivimos en la actualidad.
Se necesita recuperar el término “libertad” con un sentido de emancipación real, en contra del que hoy circula subordinado al mercado y a la propiedad.
Cabe hoy la exaltación de la libertad del trabajo en común por causas nobles y compartidas. De reflexión en conjunto sobre un destino mejor para el país y la humanidad. Junto con la de tomar parte activa y decisoria en deliberaciones abiertas acerca de los asuntos de interés público. Libertades con sustento humano real. Y las grandes mayorías como sujetos activos, dotadas de iniciativa y organización propias.
No es tiempo de prudencias y silencios. Es momento de levantar a voz en grito el propósito de construir una sociedad diferente. De alejamiento de la resignación y el miedo de la mano de masas esperanzadas y activas.
La presente nota es una reelaboración de la titulada “Sendero de propuestas y lucha”. Publicada en Huella del Sur. 27/12/2025.
Imagen de portada: NA- Damián Dopacio.
Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/08/21/apuntes-sobre-el-tiempo-presente-en-argentina/