El capitalismo no solo produce crisis económicas, sino también paisajes enteros de abandono y especulación. La clave está en cómo utiliza el espacio para sobrevivir, aunque eso signifique condenar barrios, regiones o países enteros al olvido.
Por Redacción Nota Antropológica
Imagina que tu barrio es próspero un día. Al siguiente, las fábricas cierran. Los bancos dejan de prestar dinero para reformar las casas. La escuela pierde alumnos. Y un día, un gran cartel anuncia un «megaproyecto» que solo traerá apartamentos de lujo que nadie del barrio podrá pagar. No fue un accidente. Fue un «ajuste espacial».
El geógrafo David Harvey ha dedicado décadas a desmontar este mecanismo. Su trabajo explica un fenómeno que la mayoría sufre pero pocos entienden: la tendencia del capitalismo a construir riqueza en un lugar para, poco después, destruirlo y trasladarse a otro. No es un fallo del sistema, explica Harvey. Es su motor.
La contradicción que mueve el mundo
Harvey, una de las voces más influyentes del pensamiento crítico contemporáneo, sostiene que el capitalismo necesita crecer a un ritmo constante, cerca del 3% anual. Este crecimiento exponencial choca con una realidad molesta: los recursos y la capacidad de consumo de las personas son finitos.
Frente a este bloqueo, el sistema recurre a una maniobra. El capital se desplaza. Cierra una planta en Detroit y la abre en Shenzhen. Convierte un descampado en un centro comercial. Transforma una zona obrera en un polo turístico. A este proceso Harvey lo llama «ajuste espacial» o spatial fix. Es la manera que tiene el capital de resolver una crisis de exceso de producción.
Lo hace en tres niveles que operan al mismo tiempo. Primero, fija dinero en infraestructuras tangibles: puertos, autopistas, edificios. Segundo, mueve esos recursos a gran velocidad por todo el planeta, buscando mano de obra más barata o regulaciones más débiles. Tercero, todo este movimiento altera el valor de las cosas. Una vivienda en el centro de una ciudad gentrificada ya no vale por los recuerdos de quienes la habitaron, sino por su precio de cambio en el mercado global.
¿Por qué tu ciudad nunca gana a largo plazo?
El problema, advierte Harvey, es que estos ajustes no resuelven la crisis. Solo la trasladan. Lo que hoy es una «solución» se convierte mañana en un nuevo «bloqueo». El análisis de Harvey identifica varios puntos donde el sistema se atasca.
El primero es la fricción entre lo fijo y lo móvil. Para un ajuste, el capital necesita construir fábricas o viviendas (invertir en un lugar). Pero cuando ese lugar deja de ser rentable, el capital se va. Deja tras de sí un paisaje de ruina, desempleo y deuda fiscal. Eso es lo que pasó en la región del Rust Belt en Estados Unidos o en muchas cuencas mineras de Europa.
El segundo bloqueo es aún más perverso. El capital financiero, la forma más volátil y abstracta de dinero, termina por dominar la economía. Ya no invierte en producir cosas útiles. Se dedica a la especulación inmobiliaria, las burbujas de activos y la extracción de riqueza mediante créditos usureros. La crisis hipotecaria de 2007 y 2008, que comenzó con ejecuciones de viviendas en Florida y California, es el ejemplo de manual.
El nuevo campo de batalla está en la calle y en el cuerpo
Pero la crisis no solo se manifiesta en los balances bancarios. Harvey insiste en un tercer bloqueo: la crisis de la demanda. Si los ajustes espaciales bajan los salarios y precarizan el trabajo, ¿quién compra lo que se produce? La respuesta neoliberal fue el endeudamiento masivo. Se creó un «keynesianismo para pobres» con tarjetas de crédito e hipotecas de alto riesgo. Cuando la burbuja estalló, la crisis financiera se transformó en una crisis fiscal. Estados enteros, como Grecia o España, vieron cómo su deuda pública se volvía ingobernable.
Finalmente, está el choque con el planeta. El crecimiento perpetuo requiere consumir recursos y generar residuos a un ritmo insostenible. La crisis climática aparece entonces como el límite más evidente que el capital intenta engañar con mercados de carbono o tecnología verde, pero que ninguna maniobra espacial podrá eludir para siempre.
Harvey no es un profeta pesimista. Su trabajo ofrece herramientas para entender que los desahucios, la precariedad laboral y el abandono de barrios enteros no son accidentes. Son decisiones trazadas sobre un mapa económico. La buena noticia es que si el capitalismo produce su propia geografía, también podemos disputársela. Organizarse en el barrio, resistir a la especulación, reclamar el derecho a la ciudad y construir alternativas colectivas son formas de tomar el control de esa matriz espacial. Se trata de decidir si el espacio urbano es un mercado o una casa.
Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios ¿Cómo ha cambiado tu barrio en los últimos años crees que ha habido más especulación de la tierra y del espacio o realmente no ha cambiado mucho y ha habido un verdadero progreso para todos?
Fuente: Harvey, D. en Benach, N. y Albet, A. (eds.) (2019). David Harvey: La lógica geográfica del capitalismo. Icaria Editorial.