En estas últimas semanas, cuando el gobierno de Javier Milei aparece disminuido por la situación económica y variadas sospechas sobre la integridad moral de sus principales figuras, el peronismo parece haber retomado su fe en un retorno al gobierno en 2027. Circulan versiones de que propiciaría una alianza muy amplia, sesgada hacia la derecha.
La actual gestión se encuentra en uno de sus peores momentos. La persistencia de la inflación; los aumentos de salarios y jubilaciones que no la compensan ni de lejos, la pérdida de puestos de trabajo. La disminución del consumo hasta de alimentos básicos, la degradación de los servicios públicos, la situación apretada en las provincias que pierden recaudación, las obras públicas que no se hacen.
Una combinación de sombras sobre una situación económica que cada vez son menos quienes la ven como positiva.
Los escándalos se han superpuesto. Un efecto paradójico es que el más grave de todos, el de la estafa krypto no ocupa el lugar más relevante en los medios. La desplazan las continuadas revelaciones en torno a los inmuebles y los viajes del jefe de gabinete, Manuel Adorni. Y en estos últimos días, el otorgamiento a altos funcionarios y legisladores de generosos créditos del Banco de la Nación Argentina.
Otro factor distractor, tal vez intencional, es el retorno de Milei a los rosarios de insultos, en particular contra periodistas y medios.
Los medios coinciden en que la imagen presidencial y el apoyo a la gestión declinan. Ya están por los niveles de septiembre del año pasado, cuando la amplia derrota en provincia de Buenos Aires. Peor aún que entonces, si el sentido de la evolución no se revierte.
Es cierto que los estudios de opinión también señalan la existencia de cerca de un 30% de hasta ahora incondicionales. Quienes siguen firmes en la apuesta por el éxito del gobierno. Pero hasta ese “piso” corre riesgos de perforación.
Demasiadas promesas incumplidas, muchas hipocresías al descubierto. Sólo los devotos incondicionales de la agenda más reaccionaria (antifeminismo, reivindicación de la dictadura, odio a pobres y migrantes) tal vez sean de fidelidad inconmovible y duradera.
Empiezan a tener muy amplios motivos para la desilusión los más que nada esperanzados en que el “sacrificio” deviniera en prosperidad y en que La Libertad Avanza (LLA) fuera muy diferente a “la casta”
Los colectivos y las marcas del enojo.
La crisis del transporte público en el área metropolitana durante la semana pasada fue un ejemplo de los padecimientos generalizados: Esperas interminables, traslado en condiciones de incomodidad extrema, insoportables demoras para la llegada al trabajo o el regreso a la casa.
Para colmo sobre el fondo de los sostenidos aumentos de las tarifas del transporte que han sido un signo relevante de esta gestión. Servicio malo o inexistente a costos que se han incrementado sin ningún correlato en la evolución de los salarios.
No hubo solo sufrimiento. Los canales de noticias les pusieron micrófono a los pasajeros y pasajeras que formaban extensas filas. Y allí estuvo clara la expansión del descontento. Junto a un rasgo nacional de los momentos de crisis: Trabajadoras y trabajadores “comunes” que analizan la realidad con una contundencia y claridad por lo común ausente en los sectores privilegiados.
Medio país asistió al discurso de una joven de 28 años que en unas pocas frases expuso a través de la experiencia suya y de su familia el desastre del transporte; la penuria alimenticia, el endeudamiento que asfixia, el multiempleo agobiante y riesgoso, la pérdida de calidad de los vínculos.
Tuvieron asimismo repercusión las declaraciones de una trabajadora de la salud mental. En breves y precisas palabras retrató no sólo la crisis del sistema de atención, sino las condiciones psíquicas opresivas que llevan, en sus palabras, a que el pueblo ya no viva sino “sobreviva”.
En ambas las opiniones estuvieron acompañadas de un explícito repudio a la gestión del gobierno.
¿Casos individuales? No, muestras personales de una extendida disconformidad, de un hartazgo que busca como dar un “ya basta” a una situación inaguantable. Es cierto que imbuidas por ahora de una carga de desesperanza. Proveniente de no visualizar una salida, de la percepción del futuro obturado por carencias elementales. Que no apuntan a resolverse.
Esto ocurrió a la semana siguiente de la aluvional marcha que aunó el repudio a la herencia dictatorial con la protesta contra la reedición a la distancia que padece el país entero del plan Martínez de Hoz. La protesta colectiva en el espacio público podría extenderse más allá de los más politizados que componen la mayor parte del público de las marchas.
El gobierno arrinconado.
Se expande la sensación de que el presidente y sus colaboradores se han quedado sin respuestas. No pueden reducir a un inconveniente pasajero a los episodios de corrupción, menores y mayores.
Los reparos sobre la moral y la legalidad de los actos del alto funcionariado permanecen en la mira y se enlazan en una madeja creciente con las injurias socioeconómicas, políticas y culturales.
Poco importa que la mayoría no involucren por ahora a cifras millonarias. Alcanzan para la percepción colectiva de la duplicidad de quienes amonestaban al país entero en nombre de la ética pública. Con Manuel Adorni a la cabeza, han pasado en su imagen público de tribunos de la honestidad administrativa a atracadores de los fondos públicos que quedaran a su alcance.
Los administradores de la transferencia regresiva en curso siguen imperturbables, echándole la culpa al kirchnerismo y a los periodistas. El presidente ensayó algún rapto sincero acerca de la dureza de los tiempos que se viven. Para dar marcha atrás enseguida, con la consabida denostación de sus rivales reales o imaginarios.
Mientras tanto, el grueso de los datos económicos que se conocen señala la disfuncionalidad del plan de gobierno para lo que no sea el favorecimiento de los capitales más concentrados. El ascenso de la inflación a un nivel mayor al 3% se comprueba en las compras diarias.
Las encuestas políticas corroboran el declive y se convierten a su vez en vehículo para el desprestigio, con el presidente como primer afectado en su imagen pública. La confianza en una próxima mejoría se diluye a velocidad creciente.
El oficialismo aparece acorralado. Su constitutiva aptitud para el manejo de las comunicaciones ha quedado reducida casi a la nada. Se sumió en el silencio, sólo roto por justificaciones fallidas y acusaciones poco creíbles.
El despertar “justicialista”.
El curso en baja del gobierno contribuye a cierto desperezarse del peronismo. Renacen las expectativas de que 2027 no sea el escenario de un cuarto revés electoral consecutivo.
Hasta hace días imperaba entre los observadores el señalamiento de que La Libertad Avanza no tenía nada enfrente. Ahora al menos se presencian algunos movimientos orientados a la reactivación opositora.
En el espectro de la política tradicional no aparecen terceros en discordia con serias aspiraciones a generar un eclipse del peronismo. La izquierda es una presencia persistente y en crecimiento. No todavía un rival que desafíe en el terreno electoral.
Queda entonces el peronismo. Con la amplitud y heterogeneidad de siempre. Claro que ahora florece la propensión a un reordenamiento en dirección del centro a la derecha. Con una perspectiva de “frente anti Milei” dispuesta a la recolección de heridos de distintas vertientes conservadoras.
Acontecen reuniones y convocatorias que incluyen en lugar destacado a Miguel Ángel Pichetto, Emilio Monzó y Nicolás Massot. Todos ellos sustentadores de Mauricio Macri en su momento. Y frecuentes votantes por la positiva de iniciativas parlamentarias del ejecutivo.
Se condicen con llamados a conseguir aliados en todo el espectro peronista y también fuera suyo. En esa línea, Horacio Rodríguez Larreta ha manifestado su disposición a un acuerdo con el peronismo. Y a contrario sensu, que nunca acompañaría una propuesta del mileísmo.
Puede marcharse hacia un rejunte de tinte conservador. De producirse, el peronismo, kirchnerista o no, daría una nueva prueba de su conversión en un partido que busca por sobre todo la ocupación de espacios de poder y la obtención de cargos. Y que no tendría ahora remilgos en postularse para un recambio ordenado. Una administración prolija de lo que quede después del ciclo Milei.
El sesgo hacia la derecha como articulador de su propuesta electoral no es una novedad. Vienen de tres postulantes presidenciales seguidos con ideología conservadora. Y fuertes vínculos con el gran empresariado.
El conjunto es representativo de una concepción de la política que: abarca: a) el “tecnocratismo” insensible a las demandas populares en la cúpula y b) el “punterismo” manipulador de las necesidades, más cerca de la base.
Por arriba y por abajo han trabajado y trabajarán para el vaciamiento de la democracia. Con apuntalamiento de los beneficios exorbitantes que han marcado el camino del capitalismo argentino bajo gobiernos de signo diverso.
En una gestión a iniciarse en 2027 podrá haber a lo sumo un componente de políticas sociales y de recomposición de los ingresos populares. No en proporción que altere las posiciones relativas ni las relaciones de fuerza fundamentales de nuestra sociedad.
Ha brotado asimismo en estas últimas semanas una versión de signo contrapuesto. Nos referimos a la posibilidad de una fórmula Myriam Bregman-Juan Grabois. O viceversa.
Es sabido que tal conjunción no integra el campo de lo probable. Así y todo no habría que subestimar lo que trasunta: La voluntad de muchos votantes del kirchnerismo de dar el apoyo a la dirigente que más aprecian. Por su compromiso consecuente y la crítica decidida al conjunto del sistema, no sólo a las políticas del gobierno.
La que busca compatibilizarse con mantener en alto la identidad peronista. Distanciarse de las cúpulas sin traducirlo en ruptura completa. Para ello, Grabois, el que aparece como más contestatario entre la dirigencia peronista.
Axel Kicillof sigue en el lugar de postulante con mayor potencial. Pero que no suscita grandes fervores ni aparece como portador de innovaciones profundas. Posee conciencia además de que no tiene margen para la ruptura con Cristina Fernández de Kirchner y sus seguidores más fieles.
Y no tiene claro cómo resolver una ecuación. La de ser un candidato “potable” para las diversas ramas del establishment, que a la vez no abjura del pasado ni del presente del “kirchnerismo”.
Persiste sí en gestos de “seriedad” y “moderación”. Quiere sacudirse el estigma de “el soviético” para mostrarse como un hombre de centro. Capaz del sostenimiento de buenos vínculos con el Fondo, el gobierno de EE.UU y las corporaciones empresarias.
Nada de rechazo a la deuda, ni al proyecto extractivista. Menos aún cuestionamientos más generales al sistema capitalista. Cualquiera de esas actitudes sería “infantil”, lo ha dicho.
Justo es el reconocimiento de que estos aspectos guardan bastante continuidad con las posiciones de CFK, aún en sus épocas de mayor conflicto con sectores poderosos.
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Entretanto el horizonte cercano para las mayorías es el de agravamiento de sus condiciones de vida ya hoy menguantes. Para trabajadores y pobres, y no sólo para ellos, las elecciones quedan muy lejos. No concentran por ahora sus expectativas.
Son firmes los indicios de que la conflictividad tenderá a incrementarse. La resignación y la pasividad no son respuestas válidas cuando el sufrimiento se prolonga.
Puede ser un momento propicio para que la disconformidad creciente y la decepción renovada se proyecten hacia la búsqueda de nuevas alternativas. Incluso en dirección a creencias diferentes a las sostenidas con anterioridad.
La desesperanza y la reclusión en el individualismo son tendencias que por ahora trabajan en sentido contrario. No tienen por qué ser irreversibles. La creciente mirada en dirección a la izquierda tal vez sea un adelanto de novedades significativas.
Imagen de portada: www.ambito.com
Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/04/14/gobierno-en-crisis-y-amontonamiento-opositor/