Héctor P. Agosti, un gramsciano en el seno de un partido stalinista: tensiones de un intelectual orgánico. Por Julio Bulacio

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El 29 de julio se cumplieron 37 años de la muerte de Héctor P. Agosti, quien fue un intelectual orgánico del Partido Comunista de la Argentina que produjo una Obra significativa. Sus escritos estuvieron “marcados” por esa “doble vertiente – según dijo – que lleva a los políticos a tenerme por escritor y a los escritores por político, y en ambos casos con un retintín peyorativo…”

     Porteño por nacimiento y convicción, pulcro, siempre trajeado, zapatos lustrados y corbata bien anudada. Delgado y de modales finos, solo de vez en cuando intercalado con alguna “jerga carcelaria”. Culto, para algunos soberbio; muy irónico y agudo en la polémica.

     Desde sus 17 años militó y se formó en el Partido Comunista. Dirigió el sindicato rojo universitario “Insurrexit” hacia 1930, y su actividad militante lo llevó a padecer casi seis años de cárcel durante la década infame, en dónde parió su primer libro: El hombre prisionero.             

     Al salir de la cárcel retomó su “segundo oficio”: el periodismo. Primero en Crítica y,  luego desde los años 50 hasta los ochenta en Clarín, a veces con el seudónimo de Hugo Lamel (por Julio Antonio Mella, el revolucionario cubano)Exiliado por el golpe de 1943 en Montevideo, regresó en 1945 con dos  libros: Defensa del realismo, en donde criticó al “marxismo de trocha angosta” de clave positivista  que ve en la obra de arte un reflejo mecánico de la realidad, e Ingenieros, con el que inició una saga en busca de una historia que descubra una identidad nacional – popular.

     Como se sabe, en esos años – marcados por el “hecho peronista” y “la guerra fría” – se impuso en el movimiento comunista la política cultural conocida como zdhanovismo, que normativizó al arte y exigió una total subordinación del intelectual al partido. Agosti confesó que allí “comenzó a propiciarse en el movimiento comunista internacional una especie de antropofagia estética”.

Paralelamente, en Italia se publicaron los escritos de Antonio Gramsci, y Agosti impulsó su primera edición en Argentina: en 1950 se publicó Cartas de la Cárcel y el resto de los Quaderni se hizo entre 1958 y 1962. Pero, ya en 1951 él había publicado  Echeverría, el primer libro gramsciano escrito en estas tierras y “el más querido de todos los que he pergeñado”. José Luis Mangieri comentó que Victorio Codovilla nunca le perdonó haber “metido” al “maestro sardo” en la tradición comunista.         

     Es indudable que el encuentro de Agosti con la obra de Gramsci enriqueció y potencializó su elaboración de temas que le preocupaban desde su juventud: el lugar de los intelectuales en el proceso revolucionario y un proyecto político contrahegemónico para la cultura.

     Para encarnar materialmente esa batalla, impulsó la producción de un arsenal de materiales de análisis socio – culturales o teóricos, y una importante cantidad de iniciativas prácticas; tal vez la más sobresaliente fue la revista libro Cuadernos de Cultura, “la más antigua, tenaz y comprometida revista de nuestro país”  – según escribió Abelardo Castillo –  que Agosti  dirigió desde 1952 hasta su muerte.

     En sus libros, Agosti afirmó que en la realidad argentina existían dos culturas, una dominante, burguesa, y otra proletaria en constitución como cultura contrahegemónica y anticipatoria de la sociedad “por venir”, pero que para poder desplegarse debía reconocer su verdadera identidad cultural. Por eso disputó la “tradición” contra revisionistas y liberales en su libro Nación y Cultura (1959). A los primeros les adjudicó – casi autocríticamente – que el tema nacional como sentimiento antimperialista haya quedado en manos de de la propia clase dominante “perdiendo así las clases subalterna un espacio en la batalla cultural  contra el imperialismo”. Y a los segundos les  marcó la distancia entre la tradición liberal y la democrática, no existiendo posibilidad alguna de subsumir la segunda en la primera.  Así dejó formulada la tesis   – tan cara a Mariátegui como lejana a su Partido – del socialismo como antitesis del liberalismo.

Esta visión la desarrolló en El mito liberal, “un libro que tiene que hacer alguna roncha si en este país pasara algo” dijo. Nunca fue reeditado y cuando se publicaron sus obras en la URSS, lo descartaron “porque no parecía indispensable”. En realidad, es el único libro escrito por un dirigente comunista argentino de claro matriz anticapitalista, apoyado para ello en el  “joven Marx”. 

     Pero ¿Cuáles eran los límites de esas iniciativas y elaboraciones político culturales en el seno de un partido “stalinista”? Agosti decidió permanecer en el Partido Comunista y aceptó las reglas que imponía el estatuto partidario. Pero no fue un burócrata cultural, sino un animador de espacios, que tendieron a formar intelectuales en un marxismo antidogmático. Sin embargo, a partir de  1959, con la  revolución cubana y la radicalización de las capas medias  se agudizó el debate en torno a la relación entre intelectual y política. Y fue en ese nuevo contexto que la “disciplina partidaria” mostró lo peor de sí 

     Toda la predisposición para poner a prueba al marxismo frente a otras teorías fue demolida. Cualquier apertura pasó a ser sinónimo de fraccionismo. Las sanciones a los jóvenes – en muchos casos  formados y  alentados por él – de Pasado y Presente y  La rosa blindada, dieron cuenta de ello.  Por eso cuando debatió con la “nueva izquierda”, apeló a la matriz ideológica propia del “apparatchik”, que tanto había criticado. Asimismo Agosti redujo su crítica al stalinismo a un hecho moral, sin nunca indagar sobre los procesos causales y aceptó la versión ortodoxa de la revolución socialista dada por la dirección soviética.

Los desarrollos más audaces y originales del marxismo a partir de allí se produjeron  por fuera del PCA, principal referente cultural de la izquierda hasta ese momento. La propia producción intelectual de Agosti fue perdiendo densidad. Ingresó al Comité Central y disciplinadamente centró su actividad en la comisión política, asuntos en los que la obediencia  partidaria se acentúa, así como sus tensiones, sobre todo durante la última dictadura militar.       

     Así Agosti, que fue un precursor “involuntario” de señalamientos que iban a desanquilosar al marxismo en los sesentas, poco a poco fue perdiendo capacidad para incidir en la reflexión y acción crítica.

     Se había propuesto la construcción de una política cultural alternativa en clave gramsciana que quiso saldar con la intelectualidad el  dilema sartreano: “si me afilio al partido pierdo libertad, pero si no me incorporo pierdo organicidad”. No lo logró. Pero nunca cayó – como sus otroras jóvenes discípulos Aricó y Portantiero – en el posibilismo hegemónico de los primeros años ochenta del siglo XX que pasaron a sostener  “gramscianamente” a la democracia “sin adjetivos” y la modernización capitalista dependiente como únicos horizontes.  

     Seguramente Agosti al recriminar aquel “retintín peyorativo” sobre su obra sentiría dolor,  pero también orgullo. Orgullo por ser coherente con su obstinada convicción de que solamente era en la organicidad partidaria, cuando un intelectual adquiría su máxima universalidad poniéndose al servicio “con la espada, con la pluma y la palabra” para hacer posible la revolución.  

     Murió el 29 de julio de 1984, fue velado en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y no en el local de su Partido. Hoy su Obra es merecidamente revisada y estudiada en ámbitos del mundo académico pero desligada de la lucha de clases, de la historia de su Partido que explican la tensión de sus libros y artículos jalonados en cárceles, exilios, censuras, proscripciones…  y sueños. Paradojas: justo él que tanto buscó caminos para integrar y relacionar dinámicamente al intelectual – en su labor teórica y práctica – al torbellino de la revolución social.

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