Pensando en una alternativa desde la izquierda. Algunos debates. Por Guillermo Cieza

Quienes hemos caminado desde hace algunos años distintos intentos unitarios de nuestra izquierda independiente, latinoamericana, popular, por venir, nueva o como queramos llamarla, y hemos acumulado más fracasos que triunfos, sabemos que el tema de la unidad es tan complejo como urgente. He tratado de identificar algunos temas para el debate, que por mi experiencia me parecen los más cascoteados. Quizás alguno o alguna se sorprenden porque los mencione, porque no son novedosos para el pensamiento de la izquierda, pero como decía, desde mi propia experiencia, son los más puestos en tela de juicio.  Otras experiencias aportaran otras cuestiones y a lo mejor coincidirán en alguno de ellos.  Como para ir derecho al grano, identifico siete puntos: 1- La preocupación por aportar a la construcción del proyecto de poder. 2-Valorar la politización como decisión de involucrarnos en todas las batallas y los debates en que participa nuestro pueblo, incluso en los que no son impuestos desde arriba. 3- La valoración de la organización y de la teoría revolucionaria para aportar a producir cambios transformadores. 4- La definición de lo nacional como lugar específico donde se ensayan prácticas transformadoras lo que obliga a un buen conocimiento del proceso histórico previo y de su situación actual concreta. 5- La valorización del Estado como objetivo destinado a disputar, ocupar y transformar. 6- La preocupación por el carácter de clase, y la participación de los asalariados en nuestra organización.7 -La valoración de la unidad como un aporte estratégico.————————-

1 – Toda la crítica a la autoproclamación de vanguardias sin mas fundamento que algunos éxitos circunstanciales en la participación en la lucha de clases o peor aún la simple adhesión a determinados postulados teóricos a los que se les atribuye infalibilidad «científica», la crítica del reemplazo de  sujeto popular como hacedor de revoluciones por determinadas agrupaciones partidarias, nos ha llevado al exceso de que  pretendiendo tirar el agua, hemos tirado al agua y al chico. Es valiosa la lucha, pero lo que dignifica la lucha y da perspectiva a nuestra militancia es el aporte a la construcción de proyectos de poder con objetivos revolucionarios. Nuestras peleas por derechos, nuestra vocación internacionalista, nuestra valoración por la diversidad, la asumimos como parte de hacer mejores síntesis  para aportar a la construcción de proyectos de poder que queremos ejecutar en revoluciones situadas, con voluntad de expandirse regionalmente. Tenemos una lectura de nuestra historia de que los 30.000 desaparecidos no fueron producto exclusivo de la maldad del capitalismo, sino del hecho de que la lucha de clases de aquellos años y los proyectos de poder que se esbozaron, pusieron en riesgo la continuidad del sistema capitalista en la Argentina. Nos hacemos cargo de que nos derrotaron, pero reivindicamos el desafío.

2- La politización. En algunos espacios de nuestra izquierda se asocia a la politización a la  difusión y discusión encapsulada de temas que nuestra organización considera prioritarios. En muchos casos esos temas vienen priorizados desde agendas globales, desde líneas financiadas por ONG de izquierda, etc. Si creemos que las revoluciones las hacen los pueblos debemos intervenir en sus debates, incluso en algunos que nos incomodan. De la misma forma en que debemos comprometernos por dar batalla de ideas e incorporar nuevos temas al debate popular, justo es reconocer que esa agenda de debate no la impone nuestras buenas intenciones, ni la claridad de nuestras propuestas, sino correlaciones de fuerzas que nos son desfavorables. He mencionado el tema de cuando los militares metieron el eje de Malvinas cuando nuestra gran preocupación era la dictadura, la deuda externa que estaban contrayendo, la ofensiva contra los trabajadores y la violación de los derechos humanos. La mejor respuesta desde la izquierda la dieron las Madres de Plaza de Mayo que dijeron: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. No obviaron lo que estaba discutiendo el conjunto de nuestro pueblo, pero tampoco resignaron su denuncia. En la última campaña electoral nuestro pueblo no estaba discutiendo si nuestro país tomaba un rumbo socialista o capitalista, sino la continuidad de Macri. Por eso las mejoras respuestas de nuestra izquierda debían de partir del “Fuera Macri” y ser acompañadas por lo que nos parecía lo mejor para nuestro país. Decir “Fuera Macri” era el pie necesario que nos daba la oportunidad de criticar lo que ofrecía el Frente de Todos,  y proponer lo que mejor nos parecía en esa circunstancia.  Yo pertenezco a una organización que decidió votar al FIT, hubo otras posturas de otras organizaciones e intelectuales. Aportar a la politización de nuestro pueblo, presupone una voluntad de empatizar, de apoyarnos en puntos de acuerdo, en preocupaciones comunes, en reconocer formas de comunicación y referencias que nos identifican. La provocación, la búsqueda de diferenciarnos, las ofensas gratuitas al sentido común popular, es contrario a la vocación de politización popular. Suele suceder entre nuestra militancia que parece mucho más grave una crítica o descalificación entre militantes que un agravio a sentimientos religiosos o nacionales de nuestro pueblo. Esas prácticas tienen que ver con la aristocracia, no con la radicalidad o la vocación revolucionaria.  La buena iniciativa de involucrarse en el tema de la deuda externa debería estar acompañada por iniciativas en otros temas gruesos que afectan e interesan a nuestro pueblo como:  el impuesto a las grandes fortunas, la estrategia sanitaria de la cuarentena,  los despidos, el subsidio a las grandes empresas para que paguen sueldos sin ningún tipo de compensación,  las políticas de Estado para compensar a los que transitoriamente se quedan sin trabajo, etc.

3- Teoría revolucionaria y organización. Si algo demuestran las revoluciones es que son procesos sumamente complejos y que exigen una mirada estratégica, pero también respuestas cotidianas que no pueden quedar en manos del espontaneísmo  en lo organizativo y de la improvisación teórica. Todos los liderazgos revolucionarios han estado caracterizados por una sólida formación teórica y una particular vocación por investigar y profundizar los problemas concretos que emergen de cada proceso particular. La crítica a las deformaciones burocráticas de los autodenominados partidos revolucionarios o de aquellos partidos que alguna vez fueron revolucionarios, descalifica a la burocracia pero no a la intencionalidad de construir herramientas político-estratégicas, con el nombre que queramos darle, con aspiraciones de liderazgo revolucionario. Cuando esas herramientas no se construyen lo que se propone como alternativa o  reemplazo,  más que solucionar agravan los problemas. En nuestro país todas aquellas expresiones que propugnando un asambleísmo extremo se opusieron a toda forma de delegación, terminaron siendo absorbidas por propuestas ajenas (mayoritariamente se vincularon al kirchnerismo), o terminaron resolviendo los vacíos organizativos por formas caudillistas. En movimientos sociales amplios, quienes se negaron a estructurarse y a delegar responsabilidades con mandatos precisos y acotados, como son las vocerías, terminaron sometiéndose a que fuera la prensa quien identificara a los dirigentes y que fueran partidos del sistema quienes asignen representaciones. La idea de que la lucha es la que resuelve todos los problemas teóricos y organizativos, desconoce nuestra propia historia nacional. En los tiempos de las luchas de la independencia fue el pueblo quien puso los soldados (gauchos, negros y originarios) y los muertos y otros los que terminaron gobernando las repúblicas independizadas jurídicamente del Imperio Español. En épocas posteriores fueron los trabajadores los que hicieron las luchas en la Patagonia o durante la semana trágica, el 17 de octubre, la resistencia peronista, El Cordobazo, la resistencia a las dictaduras y todas las políticas neoliberales y fueron otros los que las capitalizaron. La experiencia acumulada por las luchas mundiales de los trabajadores y las que se desarrollaron en nuestro país, sintetizada por la mejor guía teórica disponible, porque se ha mantenido como lengua viva,  que es el marxismo, constituyen la base del pensamiento político transformador. Enfrentamos a un sistema político y a clases dominantes que han sistematizado y sacado conclusiones de su propia historia de opresión. Estaríamos en desventaja, si pretendemos partir de cero. 

4- La valoración de lo nacional, como escenario de disputas. Si caracterizamos a las revoluciones como aquellos hechos donde fuerzas de izquierda ocuparon el Estado e hicieron transformaciones radicales en el dominio de los medios de producción y en la emancipación humana, podemos asegurar que todas las revoluciones que conocemos se han desarrollado en espacios nacionales. Tuvimos una revolución rusa, china, vietnamita, cubana, venezolana, etc.  Esto es un hecho concreto, más allá de que sus liderazgos fueron conscientes de que las posibilidades de sobrevivir como revoluciones nacionales eran reducidas y apostaron a nuevos levantamientos revolucionarios en otros países. En los últimos años no han faltado opiniones que aseguran que esa dimensión nacional se corresponde con estadíos anteriores del capitalismo y que las nuevas revoluciones serán globales a partir de determinados ejes comunes que comparten los pueblos de todos los países. Fundamentan que la integración de la economía a escala planetaria y los avances de la comunicación han inaugurado una nueva etapa de transformación cuyos sujetos serán movimientos globales y no nacionales. Es indiscutible que la integración de la economía mundial y la comunicación han acercado los problemas y los debates en todo el mundo. Por ejemplo la preocupación por la catástrofe ambiental, por los derechos de las mujeres y las disidencias y la reivindicación de los saberes y derechos de los pueblos originarios y actualmente cómo enfrentamos a la pandemia del coronavirus está presente en todos los lugares del planeta. Sabemos por ejemplo, casi en tiempo real, que hay una rebelión popular en defensa de los derechos de afrodescendientes en Estados Unidos, la cantidad de femicidios que se producen en otros países o los números de muertos por el coronavirus.Pero más comunicación y problemas más coincidentes, no determinan cómo se expresa la lucha de clases en cada país. La agenda global incorpora temas y problemáticas, pero estos temas y problemáticas se combinan de forma diferente en países con historias nacionales diferentes, conformación económica y social diferente, experiencia de lucha de sectores populares diferentes, etc. En todos los países hay formas de racismo, pero el caso de la agresión permanente contra los negros en Estados Unidos, y la respuesta popular, es muy diferente al que podría producirse en la Argentina o Chile, donde hay mucho menos población negra. En el caso de los pueblos originarios no es lo mismo el peso que tienen esas comunidades en Guatemala, Ecuador o Chile que el que tienen en Argentina o Uruguay. La lucha de clases en cada país se sigue desarrollando en un contexto nacional y  es en ese contexto donde se metabolizan los aportes de la agenda global. En ese contexto lo que aporta la historia nacional no es tema menor. Brasil por ejemplo es un país donde no se desarrollaron guerras independentistas, donde el paso del Imperio a la República independiente se transitó por negociación de las élites y donde se abolió la esclavitud en 1888.  En la Argentina existió el peronismo que en sus primeros tiempos produjo cambios sustanciales en la economía y en las expectativas de los trabajadores y después gobernó, con sus diferentes variantes, otros 25 años. En México existió una revolución mexicana y gobiernos del PRI por más de 80 años.Si la pretensión de hacer revoluciones desde una agenda global es poco viable, lo será mucho menos en el futuro donde la crisis mundial del capitalismo promueve mayores grados de  desconexión de economía mundial y cobran relevancia los Estados Nacionales. Tanto para que desde allí puedan emerger proyectos nacionales de distinta orientación,  como para que desde políticas imperiales intenten destruirlos como ya hicieron con Yugoslavia y Libia, para imponer la política del caos periférico en beneficio de los centros dominantes. Si seguimos pensando en revoluciones, habrá que seguir pensando en una izquierda situada.

5 – Valorización del Estado como objetivo destinado a disputar, ocupar y transformar. Caracterizado el Estado como una herramienta de dominación, pero también como un espacio en disputa donde se pone en juego algunos intereses populares, como es el caso de la salud y la educación pública,  los programas asistenciales, o las decisiones de gobierno en política internacional, corresponde precisar si su disputa es contradictoria con nuestros intereses estratégicos.La identificación del poder popular como cuestión central donde poner nuestros esfuerzos, no invalidó en sus mejores definiciones abordar el tema del Estado. Miguel Mazzeo en uno de sus trabajos donde desarrolla más exhaustivamente la cuestión del poder popular lo define como algo que se desarrolla en contra, desde y más allá del Estado. La experiencia bolivariana en sus primeros años definió con mucha claridad la necesidad que tenemos quien aspiramos a hacer una revolución de ocupar el Estado burgués, para gestionarlo y neutralizarlo, mientras se desarrolla una nueva institucionalidad revolucionaria. En otras palabras, resignan sus pretensiones revolucionarias,  quienes no construyen poder popular, pero también quienes se niegan a disputar y ocupar el Estado, como quienes creen que se puede hacer revoluciones con Estados burgueses.  Desde esos acuerdos la discusión sobre la disputa del Estado no estaría tanto en ocupar o no puestos de la institucionalidad burguesa, sino en cómo construimos los contrapesos para que quienes los ocupen sigan siendo, como definía Chavez, “infiltrados en el Estado burgués”. Siendo las elecciones uno de los lugares de disputa de una porción del poder político, desde una propuesta de izquierda puede promoverse la abstención política o el voto en blanco, si en nuestro pueblo hay condiciones para acompañar esa propuesta. Por ejemplo en las elecciones convencionales constituyentes de 1957 triunfó el voto en blanco y en las elecciones que ganó Illia fueron tercera fuerza con más del 19%. Pero en elecciones donde nuestro pueblo manifiesta decisión de participar positivamente, la no participación de nuestra izquierda debe considerarse como un problema y no como una virtud. Seguramente desde nuestro posicionamiento político nos sentimos identificados con la democracia participativa y no con la representativa, pero dejando claro nuestra postura (y para difundirla), debemos estar presente en estos hechos políticos en que nuestro pueblo está participando.

6- Valorización del sujeto asalariado. A finales de los 90, y con mucha fuerza a partir de la rebelión popular de 2001, se planteó el debate de ampliar el concepto de sujeto revolucionario caracterizado como “la clase obrera”, para definirlo en términos de “clase trabajadora en un sentido amplio”, o  “sujeto plural”. Esta ampliación de la dimensión del sujeto no era totalmente novedosa. En la década del 20 del siglo pasado ya Mariátegui había llamado la atención sobre la necesidad de precisar la real composición de las clases explotadas y expoliadas por el capitalismo en países nuestramericanos, como el Perú. El carácter muy dinámico del sujeto de trabajadores desocupados en el período histórico 1996- 2003, contribuyó a que la precisión se convirtiera en exageración y la ampliación del sujeto empezó a convertirse en la esencialización de un nuevo sujeto (los piqueteros). En tiempos posteriores la enorme movilización del movimiento de mujeres y disidencias promovió nuevas esencializaciones del sujeto (o las sujetas).Manteniendo la definición que me parece correcta de sujeto plural y advirtiendo que en distintos momentos históricos hay sectores que son más dinámicos que otros, lo que no avala esencializarlos, me parece necesario precisar algunas definiciones con números duros.  Por ejemplo me parece necesario que cuantifiquemos  cuál es el sector mayoritario en la sociedad argentina,  desde donde se organizan  los sectores más movilizados y  que cualifiquemos cuales son las movilizaciones de mayor impacto en las decisiones políticas del país. Con respecto al sector mayoritario en nuestro país un trabajo muy interesante que aportó Eduardo Lucita en la Escuela Chávez, mostraba con números contundentes que en nuestro país y por lejos la clase más numerosa es la de las y los asalariados. No tengo estadísticas a mano, pero pensando en movilizaciones creo que el sector más activo es el que se organiza desde los territorios. Sin embargo no necesariamente mayor movilización significa más impacto en las decisiones políticas del país. Muchas de las movilizaciones de los movimientos territoriales apuntan a demandas exclusivas de los movimientos (más alimentos y programas de empleo) y en muchas oportunidades sus triunfos favorecen exclusivamente a esos movimientos y sus integrantes, pero no necesariamente mejoran las condiciones de vida de un sector social. Muchas organizaciones territoriales han mejorado sus recursos y la cantidad de beneficiados por programas que integran sus organizaciones, pero no necesariamente problemas del sector como la falta de viviendas o cuestiones básicas de infraestructura. Esto se vio con mucha crudeza en Villa 31, donde Larreta ha venido entregando desde hace años muchos recursos a organizaciones, pero no resolvió el problema del agua.  En el extremo opuesto un sector que moviliza muy poco como son las distintas centrales sindicales y en particular la CGT, mantiene el poder de presión de su capacidad de paralizar el país e incidir directamente en decisiones gruesas. Lo que ya sabemos sobre el carácter burocrático de la mayoría de las organizaciones sindicales, no invalida que nuestro país todavía tiene una tasa de sindicalización relativamente alta y que la experiencia de paros generales, son muy raras en el mundo.La preocupación por la participación de asalariados en nuestras organizaciones tiene que ver con cuestiones muchas veces mencionadas (posibilidad de conciencia de la explotación,disciplina, menor dependencia del Estado, trabajo colectivo, etc), pero también con algunas cuestiones menos visibles. Por ejemplo los asalariados no eligen a sus compañeros de trabajo, a ellos los elige el patrón. Si el asalariado quiere juntar voluntades para dar una lucha reivindicativa o crear una agrupación política debe promover la unidad,  creando  vínculos con personas que piensan diferentes, sobre los que no puede ejercer ninguna coerción, salvo convencerlos de que sus posiciones son favorables para los intereses del conjunto, lo que le impone tener capacidad de escucharlos, de respetarlos y de tener paciencia. En una izquierda fragmentada, donde se suelen valorar posiciones por la competencia sobre quien dice cosas más duras o es más sectaria, donde se suele asociar la radicalidad al delirio o la obcecación,  el aprendizaje de los asalariados que han conseguido avances organizativos en sus trabajos es fundamental. Quienes han sido capaces de construir en política y organización con los asalariados, deben ser particularmente valorados, porque aportaran  su cuota de buen sentido y de vocación de unidad.

7- El valor estratégico de la unidad.Antes de entrar en la cuestión de la unidad y su valor estratégico, me parece necesario aclarar que he sido protagonista  y tenido responsabilidad en rupturas políticas que se produjeron en mi organización, donde pensamos ingenuamente  que, con la retirada de algunos compañeros, seríamos mejores y tendríamos menores dificultades.  Con el correr de los años advierto que estas rupturas no nos fortalecieron y advierto también que han sido los procesos unitarios en que participamos, en nuestro caso el Movimiento de los Pueblos y otras iniciativas, quienes nos ayudaron a sobrevivir y a fortalecernos en las mejores orientaciones.  La fragmentación política no nos hace más puros, ni  más impermeables al capitalismo, ni más independientes del Estado. Por el contrario los pequeños grupos expresan  casi siempre menos experiencia acumulada, menos cuadros y pensamiento crítico y mayores concesiones a propuestas y prácticas que no tienen vocación revolucionaria.Es cierto que las unidades más solidas y los liderazgos despuntan en la lucha, pero como ocurre con otros temas, nuestra propia historia nacional y la de los trabajadores ha demostrado que la lucha no tiene poderes mágicos. La rebelión popular de 2001, no parió una izquierda unificada. Los que vinieron después trabajaron activamente para promover su mayor fragmentación. Mayores unidades permiten contener mayores diferencias. Mayor experiencia acumulada y más desarrollo del pensamiento crítico pone limite a las intervenciones alocadas y a la difusión de disparates.  Algunas iniciativas como las de la Auditoria e investigación de la Deuda externa permiten advertir que se ha construido una unidad muy amplia sin resignar el contenido original de la propuesta. Por lo que ha sido nuestra experiencia, la unidad se construye uniendo primero lo más cercano para poder arrimar a lo más distante, pero también en espacios donde promovemos los cruces por abajo, la socialización compartida entre muchos. Muchas veces la principal traba para los procesos unitarios son los dirigentes o los que actúan de filtros, difundiendo las debilidades ajenas. Creo que en nuestro país hay condiciones para avanzar en un proceso unitario que abarque, para empezar, a amplios sectores de la izquierda que llamamos independiente, latinoamericana, nueva, popular, por venir, etc.  Las iniciativas compartidas en los últimos tiempos,  entre ellas las Conversaciones en Cuarentena, dan cuenta que no tenemos tantas diferencias. Más bien nos falta vocación unitaria y después de muchos fracasos, nos falta autoconfianza en que podamos avanzar en esa dirección.

Guillermo Cieza, junio de 2020.

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