EDITORIAL

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Hay categorías en desuso, entre las cuales aparece la de “imperialismo” y su derivada la “dependencia”. Esta última se generalizó en los sesenta y setenta del Siglo XX, a propósito de la teoría de la dependencia que surgió de la reflexión crítica en plena efervescencia política popular contra el capitalismo en Nuestramérica. Es cierto que a comienzos del Siglo XX Lenin explicaría el fenómeno ejemplificando con la Argentina, su independencia política y su dependencia económica del sistema imperialista en que había devenido el capitalismo con la monopolización de su economía entre 1860 y 1880.

La recuperación nuestramericana de la categoría apuntaba a la crítica del fenómeno con una mirada desde el sur. El análisis del capitalismo situado en nuestros territorios permitió pensar al imperialismo como sistema, pero observado desde los territorios de la subordinación, discutiendo la imposibilidad de transitar el proceso del desarrollo capitalista autónomo o independiente ante la concentración y centralización mundial del capital. Ese imaginario idealizado del desarrollo capitalista se había construido a la salida de la posguerra desde los organismos internacionales, especialmente en la ONU con la CEPAL. El pensamiento se pobló de “desarrollismo” o “estructuralismo” en un rumbo de disputa por la independencia nacional en el capitalismo. La crítica al interior de la institución cepalina y otros ámbitos facilitó en el pensamiento regional la gestación como corriente en disputa la discusión sobre la “dependencia capitalista”.

Es un proceso crudamente reprimido desde la ofensiva del capital construida desde el terror de Estado a comienzos de los años setenta. El efecto fue la represión teórica y política, consumada en vidas y asfixia física, material e intelectual, aunque también en la adaptación de ámbitos de pensamiento a la corriente principal de corte neoliberal. El objetivo era la modernización y adecuación capitalista en la transnacionalización empujada por la liberalización de la economía. El resultado es que ya no solo no se hablaría de dependencia, sino que lo que se buscaba era la inserción (subordinada) de la región en la división capitalista del trabajo a fines del siglo y comienzo de la nueva centuria.

Así se impuso la liberalización y el pensamiento hegemónico mutó la discusión sobre el desarrollo y la dependencia a la modernización capitalista y la productividad, más allá de consideraciones sociales o defensa del medio ambiente y los recursos naturales.

Esta evolución (o involución) en el pensamiento operó desde la iniciativa política por el cambio reaccionario operado en los años ochenta y noventa desde la violencia derivada del terror de Estado. Una gran iniciativa política cultural se gestó desde el capital más concentrado, los Estados nacionales, especialmente los hegemónicos y los organismos internacionales. La transnacionalización de la economía y la inserción latinoamericana en ella no es producto de las leyes del mercado o de fenómenos naturales que ocurren en la política o la economía. Es producto de un proceso deliberado como consecuencia del accionar de las clases dominantes locales y mundiales.

Se trató de un gigantesco operativo de manipulación de la consciencia social, mediado por la violencia explícita.

En razón de ello pretendemos en este número discutir el papel de los organismos financieros internacionales, especialmente el del Banco Mundial en la configuración de un pensamiento naturalizado para favorecer el sentido común de la transnacionalización. En ese mismo sentido discutimos la crisis energética y la “solución” imperialista de los “hidrocarburos no convencionales” y la tecnología de la fractura hidráulica (fracking en inglés) que promueven las transnacionales del petróleo y el principal estado del capitalismo mundial.

Lo que se discute es el desarrollo capitalista. Si en los años setenta la crisis energética fue un emergente de la profundidad y extensión de la crisis capitalista, la respuesta del capital hegemónico y los principales Estados capitalistas fue la militarización, las invasiones y ocupaciones territoriales, la represión al movimiento popular y la extensión de una producción destructiva de poblaciones y naturaleza en aras del consumismo extendido y de la producción capitalista para la obtención de ganancias, la acumulación y la dominación y reproducción del régimen del capital.

Al presentar la estrategia del poder pretendemos recuperar las nociones contradictorias de dos categorías que se complementan, la dependencia y la transnacionalización. Se trata de un fenómeno económico, en la producción y circulación del capital, pero también simbólico, que actúa sobre el sentido común y el pensamiento de la población.

Por eso el abordaje sobre las comunicaciones en las investigaciones de la Fisyp, o el análisis de la mercantilización de la educación y otras esferas de la vida cotidiana en la región, que lleva a confrontaciones y protestas sociales como ayer en Chile o Colombia a propósito de la privatización de la educación, o recientemente en el Brasil contra la mercantilización del transporte público.

Somos conscientes que no hay fenómeno económico al margen de la política y la cultura, y que no es menor que millones de brasileños se movilicen en contra del encarecimiento del boleto del transporte público como emergente de una disconformidad masiva de trabajadores, mayoría juvenil presentada como “clase media” con ingresos insuficientes para una vida adecuada.

El desarrollo contemporáneo está en discusión y si no alcanzaba el horizonte imposible e ilusorio del desarrollo autónomo hace cuatro décadas, menos cuadra el imaginario posibilista de los neo-desarrollismos en la era de la transnacionalización en tiempos de crisis del capital.

Es que la crisis convoca al ajuste y el límite de lo posible, como iniciativa cultural para domesticar a las clases subalternas. Por eso se renuevan las esperanzas de los de abajo en procesos electorales que renuevan la lucha institucional por un nuevo modelo productivo y de desarrollo en la región, pero también una reciclada práctica de las clases dominantes para recrear los mecanismos de la dominación. Son procesos que ocurren a escala nacional o regional, como en México y la vuelta del PRI al gobierno, o con procesos de integración que reinstalan el libre comercio, caso de la Alianza Pacífico que militan Chile, Perú, Colombia o la nación azteca y por eso acudimos al detallado impacto de la nueva situación política mexicana.

TIEMPO DE DISPUTA ELECTORAL EN ARGENTINA

En ese marco vale pensar que en la Argentina también se disputa el consenso en procesos electorales de medio turno. Es una cuestión que se transita entre las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias (PASO) realizadas en agosto y las elecciones de octubre con vista en el nuevo turno presidencial del 2015 y más allá.

Realizadas las PASO, bien vale un comentario sucinto. Un serio problema en el debate político es que ni en las PASO, ni hacia octubre se discute lo estructural del orden capitalista en curso entre los principales contendientes, y sí, solo quien gobierna el capitalismo local.

El sistema político del bipartidismo emergente en Argentina hacia 1983 está en tránsito en sus dos variantes, el peronismo y el radicalismo. Ambos siguen contabilizando la mayor representación institucional. Los primeros oscilan entre ofi cialistas y oposición.

Los segundos apelan a alianzas con fuerzas políticas afines que incluyen descontentos peronistas. A eso le llamamos crisis política en la Argentina. Es una referencia a un fenómeno que trasciende porcentajes electorales, lo que explica la variabilidad de los guarismos de una elección a otra y las respuestas en términos de iniciativa política para recuperar terreno perdido de unos o de otros, pero siempre para administrar el capitalismo.

Lo estructural no se discute. Ni el gobierno ni la oposición que puede gobernar discuten la creciente sojización y sus consecuencias en la producción agropecuaria; ni la mega-minería, o el fracking, ni los impactos ambientales y sociales contra las poblaciones en que se producen o los territorios y sus recursos naturales, salvo minorías o referentes al interior de esas fuerzas. No alcanza con los mensajes críticos al interior de las fuerzas mayoritarias, cuando la acumulación central la ejercen las propuestas hegemónicas. La crítica al interior de la hegemonía capitalista queda subsumida en el proyecto de dominación capitalista, mal que les pese a quienes imaginan proyectos en disputa en la llamada centro izquierda o en el oficialismo.

Loable es la actitud de aquellos convencidos críticos del orden capitalista que tributan a los modelos hegemónicos, pero sus esfuerzos los apropia el sistema y restan a la construcción de alternativa.

La izquierda en su diversidad, con el 10% promedio, que incluye distritos con disputa de un quinto del electorado hasta participaciones marginales, discute lo estructural y contacta con la conflictividad social cotidiana de un país con tradición en la protesta y la organicidad popular. Ese es el eje del desafío actual para la construcción política de alternativa anticapitalista, anticolonial, antiimperialista, contra el patriarcado, por la diversidad de género y el socialismo.

Es el desafío en el marco de la crisis política en curso en el país, como parte de un proceso integral de crisis política que involucra a la alternativa desde hace más de dos décadas.

Pretendemos sustentar una tesis donde la mayoría de votos apuntala una discusión por el gobierno del capitalismo y solo una minoría fragmentada intenta construir consciente y deliberadamente alternativa en contacto con la protesta. La crisis en la política se mira desde el sistema para recrear expectativa “desde la gente”, abundante argumentación en el lenguaje de principales referentes; o con la argumentación oficial del modelo inclusivo resultante de una masiva “política social” de carácter compensatorio. La izquierda necesita alentar la movilización y organización para enfrentar la crisis de alternativa y acumular poder popular. La conflictividad está asociada a dinámicas de la coyuntura entre las que destacan la carestía de la vida y las dificultades para reproducir la vida cotidiana de los de abajo, pero también crece entre los pueblos fumigados, los que resisten el fracking o la mega-minería, entre otros asuntos centrales. El problema es la dificultad para construir alternativa política, contenedora de la energía emancipadora de las luchas.

Por eso, lo principal es construir alternativa política para la emancipación. El movimiento popular en lucha necesita articular una propuesta política, que se ensaya en diversos ámbitos y no siempre con los mismos ritmos, especialmente en el ámbito institucional electoral.

Entre los trabajadores se construye la CTA y se ensayan dinámicas de protesta y alianzas para visibilizar las demandas de los trabajadores. Algo similar ocurre en la experiencia de organizaciones de base de contenido clasista protagonizada por una militancia juvenil. No siempre se camina conjuntamente y es un problema a resolver.

Algo similar ocurre en la militancia estudiantil y juvenil, donde no siempre se coincide en la apuesta institucional, incluso si se debe participar o no en las elecciones. La izquierda política de antigua tradición transita experiencias unitarias y/o de aislamiento, con nuevas camadas organizadas que intentan sus primeras experiencias.

Toda la riqueza del movimiento popular y sus experiencias partidarias o frentistas necesitan pensar potenciales articulaciones en la construcción de alternativa política. Varios destacamentos sociales y políticos protagonizaron en estas PASO la primera experiencia de participación electoral para disputar institucionalidad.

Algunos pretendieron hacerlo y no llegaron a tiempo, o sus discusiones no lo permitieron. Otros reiteraron sus participaciones con la sensación de superar techos históricos, y otros no pasaron la prueba del reconocimiento legal del 1,5%. El problema de la unidad nos atraviesa a todos, sin excluir a nadie. Los mejores balances electorales en la izquierda necesitan de mayores articulaciones. En las antípodas deben analizarse causas y problemas que no permiten el logro de los objetivos e intentar caminos de acercamiento, sin resignar principios y privilegiando la necesaria construcción política para la emancipación. Siempre que pretendamos derrotar la dependencia y transitar el camino de la emancipación.

No es menor que personajes como Domingo Cavallo no logren reinsertarse, pero la “renovación” que supone una camada desprendida del oficialismo, sea Sergio Massa, Julio Cobos o Martín Losteau, deben hacernos pensar que el sistema recrea los mecanismos de la dominación desde la esfera institucional. En ese marco, la crítica para transformar requiere de la innovación para abordar los viejos y nuevos problemas del capitalismo realmente existente en nuestro país, la región y el mundo.

Esperamos contribuir con Periferias a recuperar debates esenciales para la disputa política de nuestros días que fortalezcan el perfil teórico y político del movimiento obrero y popular en la lucha emancipadora en nuestro país y en Nuestramérica.

Buenos Aires, agosto de 2013

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