El capitalismo no está en la discusión y solo aparece la dimensión de lo posible en su seno

Por Julio C. Gambina.

Las propuestas alternativas tienen que promover una transición más allá y en contra del capitalismo

En variados debates mediáticos y presenciales en los que participo se analizan propuestas sobre lo que habría que hacer en materia económica, en el país, la región o en el mundo, con un límite estructural e ideológico importante que remite al qué hacer en el marco del capitalismo. Es inimaginable en el sentido común intelectual y profesional pensar en ir más allá y en contra del capitalismo. No existe, en general, el imaginario intelectual de superación del orden capitalista, lo que constituye un freno para pensar y proponer un orden alternativo, o como procesar un rumbo de transición del capitalismo hacia otro orden social productivo, lo que supone otras formas de distribución, cambio y consumo social.

Parece una utopía, un “no lugar”, el ir más allá y en contra del régimen del capital. Algunos sostienen que el problema es el capitalismo “financiarizado” y que lo óptimo resultaría retomar un rumbo de capitalismo “productivo”, como si la generación de excedentes no fuera producida por la explotación de la fuerza de trabajo en el proceso de producción. Que ese excedente se apropie principalmente por mecanismos financieros especulativos no niega la esencia de la explotación. La distribución opera en la circulación, por lo que, aquello que se produce en la esfera de la producción se termina realizado en la esfera de la circulación. Por ende, no puede escindirse producción de circulación, son un par dialéctico.

Hay quienes sostienen que el problema reside en que no hay propuesta productiva o industrial, por ejemplo, en el gobierno de la derecha de Mauricio Macri en Argentina, que solo remite a un proyecto de especulación y “financiarización” de la economía. Algunos lo extienden como diagnóstico a lo que ocurre en el ámbito mundial y por eso las propuestas se limitan a la industrialización, como si pudiera pensarse en términos de independencia y desvinculación de cadenas mundiales de producción. La elevada deuda pública y la fuga de capitales que acontece en la Argentina avalaría la teoría. Como si no fuera productivo, incluso competitivo mundialmente, el complejo del agro negocio asentado en la soja, el maíz y otros cultivos, con sus derivados agro industriales de harinas, aceites y producción de agro energía; la manufacturación de alimentos cárnicos, lácteos, etc. Lo mismo ocurre con la producción mega minera a cielo abierta; la producción petrolera, especialmente relativa a hidrocarburos no convencionales (Vaca Muerta), o los complejos exportadores de corte industrial, caso de la industria automotriz y otros asociados a la exportación y la inserción internacional subordinada.

Más allá de los discursos o los saberes profesionales de los gobernantes, o los balances macroeconómicos de los países, el excedente que sigue generándose es producto de la explotación de la fuerza de trabajo, y que se apropia por mecanismos diversos de transformación de la plusvalía en formas transfiguradas de la ganancia, sea renta, beneficio empresario, interés bancario o cualquiera de las formas que asuma la expropiación del trabajo social. Es un diagnóstico a generalizar entre trabajadoras, trabajadores y sus organizaciones sociales y sindicales.

La restringida condición de posibilidad

Existe un consenso sobre el condicionante de lo posible, que remite al orden capitalista, y más precisamente a un capitalismo productivo a contramano del financiero. La fundamentación alude al fracaso del socialismo, como si esa formulación sustentada en fallidas experiencias, caso del “socialismo realmente existente en el Este de Europa” validara el éxito del capitalismo.

¿Es acaso un éxito la desigualdad económica y social avalada por diversidad de organismos nacionales, regionales o mundiales y con ello la magnitud de la pobreza, la indigencia y la marginación social de millones?

¿Resulta un éxito la depredación de la naturaleza, derivada del modelo productivo capitalista extendido? Solo hay que pensar en los recientes incendios del Amazonas, las continuas sequías o inundaciones, entre muchas calamidades de destrucción del hábitat y la vida.

¿Puede considerarse un éxito la expansión del delito económico asentado en la venta de drogas, armas, la trata de personas o la especulación multiplicada con políticas públicas, de Estados que intervienen a favor de la ganancia, la acumulación de capitales y la dominación capitalista?

Las respuestas son en general de crítica al orden existente, es cierto, pero que termina justificándose en el: “es lo que hay”. Se transforma así en el límite civilizatorio aceptado desde el “sentido común” que instalan los mecanismos de acción ideológica en múltiples medios y redes sociales. Solo queda reformar al capitalismo, establecer límites a la apropiación del excedente y encontrar paliativos en la distribución del excedente.

El problema es que el capitalismo se organiza desde la relación de explotación, de la relación entre el trabajo y el capital. Esa relación predetermina el punto de partida en la inversión como el dinamizador de la actividad económica, y no en el trabajo como creador de riqueza. Es desde esa relación que el capital subsume a la naturaleza y la explota y depreda, tanto como subsume a la población vía el consumo inducido, incluso superfluo con mecanismos como la obsolescencia programada o la publicidad.

Se razona que a partir de la inversión surge la capacidad de producir y reproducir la actividad económica, desplazando al trabajo como fuente del valor y del plusvalor. El inversor capitalista resulta así imprescindible, sea el inversor Estado o el inversor privado. Desde ese punto de partida, toda la lógica argumental parte de conseguir inversores, y los actores se limitan al Estado o al sector privado, cuyo sector más dinámico está altamente concentrado y transnacionalizado, por lo que la apuesta remite a la búsqueda de inversores internacionales.

La opción estatal aparece restringida al capital estatal acumulado en algunos territorios, caso de China en la coyuntura actual, o a la capacidad de emisión de moneda local, fenómeno restringido a ciertas circunstancias.

Resulta un callejón sin salida la opción de la emisión monetaria, por las restricciones de los Estados nacionales sin capacidad de licuar regional o mundialmente su posibilidad de emisión monetaria, como si puede hacerlo EEUU con el dólar, u otros Estados nacionales que internacionalizan sus monedas locales. El caso de China es interesante en ese sentido, acrecentando en estos años los esfuerzos por imponer el carácter mundial del yuan, o como promovió, con ciertos límites Europa con el euro.

Los ejemplos de “modelos” a copiar son tentadores, pero se omiten las especificidades nacionales que permiten ciertas coyunturas. El caso de Portugal es sintomático, ya que el repunte de la economía no es solo luego del ajuste de la derecha hasta 2015, sino la realidad de un gobierno socialdemócrata con apoyo de izquierda desde afuera del gobierno y control movilizado del movimiento obrero clasista. Es una ecuación política que podría cambiar en las próximas elecciones nacionales y si el gobierno puede desprenderse del apoyo crítico y movilizado desde la izquierda. No hay modelos sino mecanismos de intervención política donde lo que define es la presión social organizada y movilizada.

Pensar la transición para construir alternativamente

Actuar desde la transición para una producción y circulación alternativa supone retomar el punto de partida de la hipótesis de la Economía Política, en tanto es el trabajo el creador de valor, claro que desplegado con el desarrollo teórico desarrollado por Marx con la “crítica” de la Economía Política al sustentar el origen del excedente económico en la explotación de la fuerza de trabajo.

Dicen los clásicos que el capital es trabajo acumulado, por lo que el inversor de inicio de la lógica productiva actualmente aceptada tiene en origen al trabajo, a la subordinación (subsunción) del trabajo en el capital.

Así, desde el trabajo organizado socialmente es que pueden pensarse alternativas, lo que supone el cambio de la lógica productiva. No se trata de buscar inversores, sino de organizar solidariamente el trabajo social para producir, distribuir, intercambiar y consumir.

Claro que lo primero a realizar supone desmontar el actual modelo productivo, lo que requiere de un periodo de transición, ya que no puede desarmarse el mecanismo de la noche a la mañana.

En Bolivia se alude a la transición del modelo neoliberal (1985-2005) al del Vivir Bien en desarrollo desde el acceso al gobierno de Evo Morales en 2006, explicitado en la Constitución reformada del 2009. El camino fue la instalación de una lógica de Economía Plural plasmada en la Constitución, lo que incluye a la economía privada, la estatal, la cooperativa y la comunitaria. El privilegio por 13 años entre 2006 y 2019 pasó por consolidar el sector estatal de ese Estado plurinacional en transición. El ejemplo boliviano es útil por el efecto demostración regional que supone ser el país de mayor crecimiento en los últimos años, más allá de críticas fundados en la continuidad de un modelo productivo que puede contradecir postulados del Vivir Bien, pero que hace a los límites del subdesarrollo, el atraso y la ausencia de autónomos desarrollos tecnológicos y científicos que aseguren la viabilidad de otro modelo productivo, de distribución, intercambio y consumo.

Para el caso de la Argentina pasa en primer lugar por desarmar el condicionante del acuerdo con el FMI. No se trata de renegociar, sino de auditar vieja y nueva deuda, responsabilizando a personajes de afuera y de adentro en la organización de esta hipoteca imposible de pagar sin el deterioro consecuente y reiterado de la calidad de vida de la población. No se debe pagar ni renegociar sin antes auditar. Al mismo tiempo, se requiere un amplio acuerdo político para debatir la transición del orden actual a otro basado en la satisfacción de las necesidades populares, que incluya los programas construidos por el movimiento popular en reiteradas luchas por sus reivindicaciones. Resulta necesario discutir el punto de partida y de llegada de cualquier pacto o acuerdo social. ¿Desde dónde se parte y adonde se pretende llegar? Responder el interrogante supone evidenciar las correlaciones de fuerzas existentes.

Solo a modo de ejemplo, veamos como en estos días se aprobó la media sanción de la emergencia alimentaria con un costo estimado por 8.000 millones de pesos, al tiempo que se canceló deuda por más de 7.000 millones de pesos, unos 120 millones de dólares, con un núcleo reducido de empresas de energía, cuyos titulares son amigos directos del presidente, caso de Pampa Energía de Marcelo Mindlin, o Central Puerto de Nicolás Caputo. Para el primer caso fue necesaria una amplia movilización social, iniciativas políticas legislativas y un amplio debate mediático. Para la segunda bastó un simple acto administrativo negociado a puertas cerradas y sin difusión suficiente.

¿Cuál es y será la prioridad en la Argentina, la emergencia alimentaria o los subsidios a las petroleras y energéticas, entre otros grupos empresarios favorecidos? ¿Es prioridad la deuda con el FMI y otros acreedores o la que existe en derechos no resueltos del conjunto social? ¿Las propuestas a futuro priorizan la rentabilidad y competitividad del capital o la satisfacción de necesidades ampliadas de la mayoría empobrecida de la población? Son interrogantes para animar la discusión política y económica en tiempos electorales.

Buenos Aires, 14 de septiembre de 2019

Reformas en debate

Por Julio C. Gambina

Está legitimado el discurso de la REFORMA, laboral, previsional o tributaria. Basta que alguien discuta la necesidad de otras dimensiones de la reforma para que les caigan encima con infinidad de improperios y descalificaciones.

Hace tiempo que los sectores hegemónicos de la economía y la política claman por la REFORMA laboral, o la previsional, o incluso una tributaria, ya que argumentan sobre esta última que la presión fiscal es muy elevada para el sector inversor y, por ende, dicen, se desestimulan las inversiones, y que curioso, es el mismo argumento para modificar la legislación laboral y previsional.

Respecto de los impuestos, nada explican con relación a la merma de ingresos impositivos y con qué recursos ellos serán reemplazados para sustentar las necesidades presupuestarias y satisfacer derechos consagrados. En rigor, ocultan que, a menor recaudación, la lógica inmediata supone la reducción del gasto público. Dan por sentado que hay que achicar el Estado, es lo que les gusta decir y escuchar, y ojo con que alguien venga con alguna idea diferente.

Claro que podemos imaginar qué tipo de gasto público es el que se apunta para la reducción. Recordemos que es gasto el pago de intereses de la deuda pública, tanto como los salarios abonados por el Estado. Son gastos los subsidios a las empresas, como la afectación de recursos al derecho a la salud o a la educación.

En ese sentido, ni hablar de la aplicación del impuesto a las ganancias a los asalariados, que por definición no perciben ganancias, sino que el salario es la remuneración por la venta de la fuerza de trabajo. La ganancia es la retribución al factor productivo “capital”, es decir, al propietario de los medios de producción. Esas precisiones se omiten a la hora de la discusión.

¿Cuáles gastos se recortarían en caso de disminuir la presión impositiva o al reducir la percepción de tributos? Seguro no serán los intereses de la impagable deuda ni los subsidios a los empresarios. Ni siquiera hablamos del carácter regresivo del régimen tributario, en general asentado en impuestos al consumo que afectan a los sectores de menores ingresos de una manera más que proporcional al efecto sobre personas de altos ingresos.

Reformas

Está legitimado el discurso de la REFORMA, insistamos, laboral, previsional o tributaria. Basta que alguien discuta la necesidad de otras dimensiones de la reforma para que les caigan encima con infinidad de improperios y descalificaciones.

Hace poco, Juan Grabois, dirigente político y social, sostuvo la demanda por la “reforma agraria”, como mecanismo para atender la emergencia alimentaria existente en el país. Del mismo modo, en otros ámbitos del movimiento territorial popular se reclama por una “reforma urbana”, al servicio de las necesidades de vivienda popular, familiar, y en defensa del hábitat en contra del negocio inmobiliario y la especulación.

La agresividad de la respuesta gubernamental y del poder territorial a Grabois no se hizo esperar. No solo del sector agrario (Sociedad Rural Argentina, SRA), sino también industrial, es decir, los dueños más concentrados del poder económico en la Argentina.

El Ministro de agricultura y antes presidente de la SRA, Luis Etchevehere le contestó descalificadoramente y en defensa de la propiedad privada. Se produjo un debate interesante en las redes sociales, pero sin síntesis posible, entre los defensores de la propiedad privada (con voz ampliada en los principales medios de comunicación) y quienes sustentan variantes de reforma agraria.

Los argumentos anticomunistas brotaron a flor de piel para defender el modelo del agro negocio en curso, en tanto mecanismo de atracción de divisas en la coyuntura, las que se apropian privadamente. Nada por cierto sobre los “pueblos fumigados” o los cambios culturales en el modo de vida cotidiano por el despoblamiento rural que conlleva las nuevas formas de producción bajo dominio de las transnacionales de la alimentación y la biogenética.

El titular de la Fiat Chrysler Argentina (FCA), Cristiano Ratazzi descalificó la propuesta por decirse desde un lugar “lejano al poder”, o sea impensable e irrealizable. Habrá que hacerle caso y acumular más poder popular para hacer efectivas reformas en el sentido que demanda la sociedad excluida y explotada.

No se concibe la realidad si no es desde la propiedad privada y el orden capitalista. Señalan que esas ideas “comunistas” atrasan, que eso fracasó, como si el capitalismo fuera un “éxito”, o incluso las ideas liberales no fueran más antiguas que el ideario marxista. El ideario clásico sustentado en escuelas de pensamiento anteriores, datan del Siglo XVII y XVIII, y los neo-clásicos son contemporáneos a la “crítica de la economía política” formulada por Carlos Marx.

¿Qué dirán si la propuesta fuera una reforma financiera? Una reforma que termine con el régimen financiero inaugurado en 1977 y vigente en el presente con la Ley de Entidades Financiera impulsada por Martínez de Hoz en tiempos de la genocida dictadura. Una medida “revolucionaria”, la más revolucionara dijo el terrateniente devenido en Ministro de la Dictadura y homenajeado en un salón de la SRA en Palermo.

No solo hay que modificar la legislación, sino la política financiera, la de las tasas actuales al 85%, o todos los mecanismos de la especulación en curso, que no es nueva y remite a una cultura de especulación sembrada en los 70´, abonada en los 90´ y recreada con fuerza en el cuatrienio macrista.

En rigor, la dimensión de la reforma financiera remite al crucial problema del endeudamiento público y el acuerdo con el FMI. Algunos hablan de renegociar y es bueno interrogarse sobre las posibilidades de rechazar el acuerdo con el Fondo, exigiendo una investigación en profundidad sobre la deuda en su conjunto, la nueva desde fines del 2015, pero también la histórica desde mediados de 1975.

¿Por qué habrá que dejar sentada la legalidad de un acuerdo que no contempla ni las formas del organismo internacional, ni respeta las normas bancarias relativas a no exponer a una entidad de préstamos ante un acreedor con imposibilidad de cancelación de deudas?

Reivindicar las reformas con perspectivas de revolución

Dirán que atrasamos quienes sustentamos ese punto de vista por “otras reformas”, y los críticos aconsejarán desmentir y/o alejarse de estas posiciones a quienes disputan el gobierno, ya que no pueden sostener a los actuales “liberales” y, por ende, pretenden disciplinar al gobierno por llegar. Quieren dictarle el cómo pensar y cuáles son los límites de las reformas posibles o funcionales al poder.

Es triste que algunos convencidos del cambio de gobierno, no los que abandonan el barco (esos son oportunistas), clamen en el mismo sentido y descrean de las viejas reformas: la universitaria, la agraria, entre otras muchas de contenido progresista, e incluso en aquella vieja dinámica de reforma y revolución.

La reforma agraria fue consigna y bandera de organizaciones rurales y populares, que ahora se asocian a la demanda por soberanía alimentaria, lo que podría converger con la reforma energética para la soberanía y el derecho a la energía; o con la reforma financiera para la soberanía en el manejo de los dineros de la sociedad.

No se trata de pianta votos, sino de quienes sustentamos una perspectiva reformista para hacer avanzar un orden de cambios profundos, la forma de mentar a la revolución.

Algunos interrogan si es posible razonar en este sentido y bien vale consultar sobre el contenido del reciente voto en las PASO, impensado hasta hace muy poco. Lo que parece imposible proponer deviene de un razonamiento estrecho que establece los límites de lo posible en coincidencia con las expectativas del poder.

Con tal de no hacer olas solo imaginan que se puede hacer lo que te dejan hacer, lo que se instala como sentido común desde las clases dominantes, y por eso, no se termina de debatir en términos de lo que hay que hacer. Por eso queremos debatir sobre la REFORMA.

En definitiva, todo queda en solo proponer aquello que se piensa que puede ser aceptado por los que mandan, salvo quienes se animan a ir más allá en la crítica y la propuesta de un imaginario que realmente apunte a resolver la insatisfecha demanda social.

Buenos Aires, 6 de septiembre de 2019

Video: opinión sobre la situación internacional

Por Marco Teruggi

Estamos en una época compleja, apasionante, por momentos trágica, con grandes oportunidades. Las miradas del continente hoy están puestas en lo que pasa en Argentina. Daban ganas de estar en las calles hoy en Buenos Aires.

Ayer debatimos tres cuestiones centrales: geopolítica – G7, China, EEUU, Rusia, Inglaterra -, Argentina, con el Frente de Todos, el tiempo de abajo, el FMI, y Venezuela, con algunos temas difíciles en tiempos de guerra.

Para quienes tengan un tiempito con unos mates o café acá está el enlace.

Estamos en una época compleja, apasionante, por momentos trágica, con grandes oportunidades. Las miradas del continente hoy están puestas en lo que pasa en Argentina. Daban ganas de estar en las calles hoy en Buenos Aires.

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Ayudamemorias para un balance de nuestra izquierda en tiempos de Macri.

Guillermo Cieza

Al asumir el macrismo las fuerzas de izquierda y progresistas y un sector del justicialismo lo caracterizamos como una grave amenaza contra los intereses populares a los que sólo cabía enfrentarla. A poco de andar entre los que supuestamente íbamos a resistir empezaron a aparecer planteos que, en sintonía con la posición de políticos justicialistas y dirigentes sindicales como Massa y Moyano que habían apoyado a Macri en las elecciones de 2015, comenzaron a argumentar que el gobierno estaba muy fuerte y había que ser estratégicos y hacerse cargo de que debíamos enfrentar una lucha larga porque el gobierno iba a tener como mínimo dos mandatos.

O sea, “no nos gastemos todos los cartuchos ahora que esto va para largo; mejor busquemos lineas de negociación”. Esta fue la argumentación de “los gordos” de la CGT para hacer la plancha, pero que también incluyó a la casi totalidad del PJ, incluído los “Renovadores” con Massa a la cabeza. Todos ellos se plantearon una negociación con el gobierno, cambiando apoyos a leyes que le interesaban al macrismo como la de negociación con los fondos buitres, el presupuesto, etc. por leyes de emergencia social, presupuestos para las provincias etc.

Desde esa lógica un sector de la izquierda popular, concretó negociaciones como fueron los acuerdos CTEP-Carolina Stanley. El gobierno excluyó de esa negociación al kirchnerismo duro y realizó una fuerte ofensiva judicial contra la ex-presidente y sus allegados más cercanos. Podremos discutir si fue por convicción o por necesidad, pero sin dudas el único sector del justicialismo que resistió al macrismo fue el kirchnerismo duro.

Fue la resistencia popular la que puso límites a la avanzada del macrismo, y el punto de inflexión fue la gran movilización en diciembre de 2017 que trabó la aprobación de la reforma previsional. Pese a que no se aprobó la ley del aborto las grandes movilizaciones de mujeres, contribuyeron a desgastar al gobierno, despojándolo del maquillaje modernoso y fortaleciendo su quiebre político con los y las más jóvenes. En los últimos tiempos la resistencia acentuó su bifurcación en dos grandes orientaciones: la izquierda apuesta a resistir y a sacar a Macri con la movilización popular y el kirchnerismo, que empieza a recomponer sus alianzas por un lado con sectores de la izquierda popular y el sector del sindicalismo mas combativo de la CGT ( Bancarios, camioneros) y por otro con Masa y los gobernadores, plantea una estrategia de no hacer olas y concentrar todos los esfuerzos en una derrota electoral en octubre de 2019.

Como bien señala Mariano Feliz, “El golpe a las condiciones de vida de las mayorías populares es evidente y atroz . Sin embargo, ese deterioro no se canalizó en la forma de un estallido o niveles de resistencia social masivos y sostenidos. La política en las calles no logró romper los límites de la gobernabilidad. No pudimos atravesar la bruma de los globos amarillos o el murmullo del resistiendo con aguante.Ganó la neutralización institucional del conflicto. En el trimestre previo a las PASO la conflictividad laboral cayó 21% interanual (ver informe ODS) a pesar de una caída salarial de 15 puntos promedio, la destrucción de cientos de miles de empleos y la caída de más de 4 millones de personas en la pobreza por ingresos. La estrategia kirchnerista de conducir el conflicto hacia la elección de 2019 se convirtió en dominante”.

Una mirada que no tendría que estar ausente

Haciendo un esfuerzo por tratar de interpretar la mirada que tuvo el pueblo sobre lo ocurrido en los últimos tiempos, propongo el siguiente recorrido. Es indiscutible que el voto a Macri en 2015 fue tranversal a las distintas clases sociales y que más allá de las campañas mediáticas y la “ big data “ de la derecha, hubo votos de las clases populares por el “Cambio”, que castigaron al kirchnerismo por sus limitaciones. En estos días en que se ensalza la sabiduría del pueblo, conviene recordar que una parte de nuestro pueblo, y no exclusivamente la clase media, hace cuatro años castigó al kirchnerismo.

Las ilusiones de cambio que despertó el macrismo fueron diluyéndose en las clases populares y fue el mismo gobierno con su feroz persecución a Cristina, quien se encargó de entronizarla como símbolo de la oposición. Pero más allá de esa circunstancia, es indiscutible que,cuando,con sus tiempos,el pueblo resolvió castigar al macrismo, y levantó la vista, lo único que vio fue un PJ que se reorganizaba velozmente para presentarse como una opción de poder real. La izquierda organizada electoralmente, el FIT, no tuvo medios, ni capacidad política(alguno agregará,vocación)para ocupar el espacio. Nuestra izquierda estaba sumergida en otros debates.

Seguramente es injusto que los que pelearon poco y nada, o incluso colaboraron con el macrismo, se lleven el premio del rechazo popular al gobierno. Pero como ocurre con el amor nosotros no podemos programar el día y la hora en que vienen a tocarnos timbre. Estamos o no estamos. Y otra vez, nosotros no estuvimos.

Recordando a Fidel Pintos

Como decía al principio, no resulta difícil ponerse de acuerdo en el relato de lo ocurrido. Lo complicado es ponerse de acuerdo en la autocrítica que nos corresponde como izquierda popular, independiente o por venir. Tuvimos muchas dificultades para avanzar en la instancia de estar juntos en la calle y también en tener una propuesta común a la hora de votar. Peor aún, me da la impresión que, en algunos casos, canalizamos nuestra impotencia perdiéndonos en debates muy cercanos a nuestro ombligo y muy alejados de lo que le preocupa a nuestro pueblo. Encima, condimentamos algunas veces con agravios innecesarios.

Leyendo algunos comentarios posteriores a las elecciones creo que rebrota un debate que sí me parece pertinente. Algunos compañeros piensan que insertarnos en luchas dentro de marcos institucionales, por ejemplo participar de las elecciones, es una pérdida de tiempo. Y fundamentan esa posición en que significa meternos en una maraña donde tenemos todas las de perder. Otros compas piensan que una estrategia de poder supone tener “el cuerpo en la calle y un pie en las instituciones”, o algo así.

Cuando estos temas se plantean me parece necesario hacer una referencia de lo que hemos construido en uno u otro sentido. O dicho en términos setentistas “desde qué construcción efectiva estamos hablando”.

Afirmar que los esfuerzos realizados por nuestra izquierda se han diluido y se malgastan en la maraña del sistema, cuando no tenemos ni siquiera una herramienta electoral municipal, y las únicas elecciones que ganamos fue en un centro de estudiantes o un sindicato (pocos), es del mismo calibre que decir que estamos por la lucha por el poder por fuera de los marcos institucionales, cuando ni siquiera tenemos bien organizadas estructuras de autodefensa para las movilizaciones.

Haciendo una comparación cercana: cuando Chávez hacía referencia a mediados de 1996 a pelear por fuera de los marcos institucionales y proponía una insurrección cívico-militar en Venezuela, había ya protagonizado una rebelión militar donde estuvieron involucrados diez mil militares, había desarrollado los círculos bolivarianos como sustento territorial de la conspiración en todo el país y había construido un movimiento político fuerte donde sustentaba su proyecto. Era tan importante ese movimiento político, que cuando se cambió la estrategia de aproximación al poder y se eligió la vía electoral, en menos de dos años, le sirvió para construir una herramienta competitiva para disputar una elección presidencial.

Por esto, estamos como estamos. Y en la construcción de herramientas que sustenten una estrategia de poder somos más parecidos a Fidel Pintos(1), que al Che Guevara. Decir que luchamos, que nos movilizamos, no reemplaza la respuesta necesaria a un par de preguntas: Ustedes quieren ser gobierno o parte de un gobierno popular?. Y si quieren…con qué política y estrategia se plantean conseguir ese objetivo ?

Nos falta lucha

El debate de cómo se enfrentaba al macrismo entre poner el acento en la movilización callejera o no haciendo olas y esperando la convocatoria electoral, se ha prolongado después de las PASO. Ahora discutimos cómo llegamos a diciembre y otra vez vuelven aparecer posiciones enfrentadas.

Los mismos que, con argumentaciones que fueron cambiando, nos dicen que lo mejor es no hacer olas en las calles, ahora nos convocan a la paz social, para que nada empañe el triunfo de los FF.

Está buena la lucha, no abandonar las calles. La movilización que hoy 15 de agosto se realizó en Buenos Aires y distintos lugares del país desde en arco afín de movimientos sociales fue excelente. Pero poner el eje en la lucha, no debería hacernos caer en el error que todos los problemas de nuestro pueblo se resuelven exclusivamente por la lucha, o que no estamos mejor “porque falta lucha”.
Cuando escucho decir que “falta lucha” se me avalanzan los recuerdos de principios de los 70 de los compas cantando una canción de Bruno Cambareri(2), de las que me acuerdo una estrofa:

“Son dieciseis,
son dieciseis años que llevo
combatiendo, resistiendo
traidores nuevos, por chantas viejos
¿será ese el trasvasamiento?”

La canción de Bruno hablaba del drama de la resistencia peronista que advertían que quienes ponían los presos, los torturados, los exilados, los muertos, para voltear gobiernos e impedir que se consolide la dominación de los gobiernos capitalistas, nunca eran los que capitalizaban las crisis políticas que generaban.

Ese drama se prolongó , con otras experiencias posteriores hasta nuestros días (recordemos el 2001). El pueblo argentino tiene records mundiales en luchas obreras, ha sido vanguardia en la construcción de organizaciones de desocupados y hoy es una referencia mundial por su movimiento de mujeres. Ha demostrado ser uno de los pueblos más combativos y rebeldes del continente. No nos falta lucha, nos falta unidad política detrás de una propuesta transformadora que capitalice la lucha popular.

Las culpas de los otros

El relato de Macri de que los males del país fueron producto de la herencia del gobierno anterior tuvo algunos índices de credibilidad. Pero su afirmación de que ahora los males del país son producto del gobierno que viene ya roza el ridículo.

Quienes hemos criticado a Macri por no asumir responsabilidades no tendríamos que hacer lo mismo cuando hablamos de nuestras limitaciones y nuestras ausencias.

Nuestro vacío de propuestas es la cosecha obvia del culto al espontaneísmo, de nuestras limitaciones organizativas y de nuestra ausencia de política y de estrategia. Pretender justificarnos criticando a quienes, con sus más y sus menos, han estado y van a estar presentes en el escenario electoral que concretará el despido de Macri, no parece serio.

Volver a repetir que no hay que hacerse ilusiones con el gobierno de los FF, ya resulta aburrido. Quien cree que el problema es que el pueblo volvió a ser engañado (ahora por FF) y que nuestra misión es desnudar la trampa, subestima al pueblo. Valorar al pueblo es creer que nuestra tarea es aportar a construir una alternativa transformadora y generar opciones de poder efectivo que permitan canalizar las broncas y las esperanzas populares, con una perspectiva revolucionaria.

Seguramente sea necesario para que nuestra izquierda popular se encolumne y se articule como una fuerza transformadora el surgimiento de un liderazgo popular, sea un dirigente o una fuerza politica. El liderazgo de alguien con la autoridad suficiente ante el pueblo, podrá obligarnos a despojarnos de nuestras pequeñas miserias y convencer a nuestros dirigentes de que es preferible ser cabos o sargentos de un ejército revolucionario, que comandantes de una pequeña patrulla.

Pero mientras tanto, tendríamos que hacer un esfuerzo por escucharnos, por comprendernos, por desterrar las descalificaciones entre nosotros y nosotras.

Mientras tanto, tendríamos que seguir valorando muy especialmente todo aquello que hacemos con otros compañeros y compañeras de nuestro espacio. Y permitirnos hacer solos exclusivamente lo que no hay ninguna posibilidad de hacer con otros.

Guillermo cieza
15/8/ 2019.

(1) Fidel Pintos fue un cómico argentino que alcanzo cierta popularidad en los años 60 y 70 con su participacion en programas radiales y televisivos, algunos muy recordados como operacion Ja Ja. Las intervenciones de Fidel Pinto estaban caracterizado por la “sanata”, que en lunfardo significa : “manera de hablar confusa, incomprensible, en la que se expone un argumento sin sentido ni ideas claras”. Pero el remate de sus actuaciones, que todos esperábamos, es que en algún momento Fidel se ponía una mano bajo el saco y amenazaba como si fuera a sacar un arma. El contexto de la época de crecimiento y prestigio de las organizaciones armadas, daba marco a la payasada que, como es de suponer, siempre terminaba en un amague.
2- Bruno Cambareri, fue militante de las Fuerzas Armadas Peronistas y murió en combate en junio de 1971 en ocasion de la operación de rescate de presas politicas de las FAP y las Fuerzas Armadas de Liberacion. Lo del tranvasamiento generacional aludía a una frase de Perón que era muy criticada en la organización.

Nuevas izquierdas, viejas fórmulas

Fernando Rosso

Revista Anfibia: http://revistaanfibia.com/ensayo/nuevas-izquierdas-viejas-formulas/

Hace treinta años se terminaba el siglo XX. En noviembre de 2019 se cumplirán tres décadas desde la caída del Muro de Berlín, aquel acontecimiento que según Eric Hobsbawn le dio turbulenta clausura a un siglo corto, más allá de la rutina del calendario gregoriano. A lo largo de este tiempo, se discutió profusamente en torno al “fracaso” de la izquierda clásica, con una interesada identificación entre estalinismo y marxismo, entre las aberraciones burocráticas y el socialismo; en suma, entre la revolución y la contrarrevolución. Con ese balance, se intentaron apuestas estratégicas de “izquierdas amplias”, autonomismos varios, progresismos multicolores, cambios del mundo sin toma del poder y arribos al poder sin cambiar el mundo. Todos tuvieron su hora de esplendor y su decadencia más o menos acelerada. Hoy las derechas emergentes irrumpen luego de un ciclo que implicó un retroceso de experimentos de nuevas izquierdas en varios países. Habría que debatir concretamente esas experiencias, pero también tomar en cuenta los fracasos del capitalismo globalizado que produjeron fenómenos no sólo a derecha, sino también a izquierda.

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