El impacto político cultural de Diego Maradona. Por Manuel Gutiérrez

A mis compañeros:

Estas líneas que escribo tienen sólo la intención de compartir con Uds, algunas ideas, reflexiones que me surgieron con la muerte de Diego Maradona, e inmediatamente me surge la necesidad de expresar «nuestro querido Diego Maradona».
La masividad de las manifestaciones populares, que se dieron a partir del preciso momento de conocerse su muerte, durante su velatorio y sepultura, cierran un ciclo de vida individual y de experiencias colectivas que toman una dimensión tal, que ubican al hecho en el proceso histórico nacional e internacional.
Me parece que ubicar este acontecimiento en esta dimensión ayuda a comprender la riqueza, la complejidad y la vitalidad de un vínculo popular que se recreará permanentemente, porque es un vínculo construido desde las entrañas de nuestro pueblo, desde sus necesidades y esperanzas.
El tiempo histórico que le toca vivir a Diego Maradona es el tiempo de la derrota de las utopías revolucionarias en la segunda mitad de la década de los 70, de la instauración de la hegemonía neoliberal, pero también de la resistencia de Fidel, Chavez y Maduro, donde la profundización y la globalización de la desigualdad sella el significado de la época.
A pocos días de su muerte las contradicciones de Diego Maradona, la irracionalidad de la devoción popular hacia su persona toman sentido. Cuando la vida concluye, la muerte nos permite valorar la totalidad de una existencia. Lo contradictorio, lo irracional se comprenden en su infinita coherencia.
Entre 1960 y 2020 se constituyó una revitalizada y liberadora versión del «Mito del héroe» donde el personaje heroico se construye en diálogo sentimental, espiritual, digamos amor y trascendencia con el pueblo.
«Yo nací en un Barrio Privado…..Privado de luz, de gas y de agua.» Su compromiso con Fidel, Chavez y Maduro aún en los tiempos más difíciles, su defensa de los futbolistas en sus derechos como trabajadores, su orgullo de pertenecer al Napoli que enfrentaba a los pobres del Sur de Italia a los ricos del Norte; lo ubicaron en un lugar de confrontación con el poder.
Algunos pueden señalar solo en marcos transgresores y en muchas ocasiones contradictorios: Puedo responder que la transgresión por sí misma no construye escenarios alternativos, y que depende qué se transgrede para definir su impacto realmente transformador.
El impacto político cultural de Diego Maradona más que hacer visible la pobreza de muchos como consecuencia de la riqueza de pocos, es el de resaltar que los pobres, los pueblos, los trabajadores tienen la osadía de tener deseos, de tener sueños y que quieren y pueden ganar, para lo cual es necesario recurrir a todos los métodos y formas, derribando la moralidad burguesa. «Quédense tranquilos, el único que se droga en Barcelona y Napolí soy Yo»; y si es necesario apelando a la mano de Dios.
El Pueblo entendido como el conjunto de las clases subordinadas y explotadas construyen una visión del mundo que no es una cuestión pintoresca, forma parte del folklore que va delineando su subjetividad, su conciencia, fragmentada y difusa pero anclada en la realidad.
En tal sentido cabe recordar la tristeza y los cantos futboleros del velatorio. El canto más que alegría transmitía una reafirmación, Diego Maradona no ha muerto. La utopía sigue viva. Nuestra ilusión no terminó.

La vida de Diego Maradona, fue contradictoria pero única, su legado no se disocia: Diego (Vida Personal) Maradona (Vida Pública). Y como Héroe, su existencia tuvo un contenido ético y moral que nos hizo a todos más humanos.
Para mis compañeros estas ideas para la reflexión y el debate, pero más aún como militantes populares tomar la vida de Diego Maradona y su vínculo popular como un punto de encuentro y de partida para comprender y transformar la realidad.
Recuerdo a Pino Solanas y veo que la ilusión, las esperanzas, los sueños de nuestros pueblos, es decir el Deseo, debe ser componente vital de una propuesta política liberadora.
Ahora puedo por lo menos entender por qué la tristeza de esta muerte, se transformó en una profunda alegría, manifestación popular donde irrumpe el sentimiento de que «un hombre se hace más humano en contacto con otros hombres».

Manuel Gutierrez

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