Las posiciones de izquierda hoy en Cuba orbitan en torno a la naturaleza de las “176 medidas de transformación económica y social”, el carácter del gobierno que las adoptó y el modo de posicionarse y actuar frente a estas cuestiones.
Debemos comenzar dejando claro que estas medidas no “traerán” el capitalismo a Cuba. El capitalismo ya está cada vez más presente en nuestra pequeña isla, por una combinación de factores históricos y coyunturales: 1) las relaciones económicas y sociales con el exterior, 2) la reproducción de formas afines de dominación, presentes en nuestro modelo de socialismo burocrático, 3) la privatización informal de los bienes públicos por los procesos de corrupción, y 4) el actual predominio del mercado y de las empresas privadas en la mayor parte de los circuitos de reproducción de la vida, como parte de una crisis en la que el sector público se ha debilitado extraordinariamente.
Este proceso se benefició de políticas de apertura dosificadas en las últimas dos décadas, de su correspondiente fundamentación ideológica y de un proceso de reformas implementado de manera contraproducente, es decir, conducido de un modo en que el Estado socialista se ha saboteado a sí mismo.
Pero la liberalización había sido paulatina hasta hoy. Las 176 medidas significan un pie en el acelerador. Entrañan también un cambio cualitativo, una transformación del orden económico y social. Y es que las reglas de juego anteriores establecían límites legales al crecimiento del capitalismo, la mayor parte de las cuales han sido ahora derribadas. Hemos pasado a un escenario en el que la sobrevivencia de las formas económicas socialistas dependerá enteramente de relaciones de fuerza y de voluntades políticas.
¿Cuáles son las causas de este drástico giro? En primer lugar, se hace evidente que el Estado socialista ‒sus empresas e instituciones‒ no tiene en este momento la capacidad de reproducir un sinnúmero de funciones económicas y sociales, ni podrá recuperar esa capacidad en el corto y el mediano plazos, dado el impacto de la actual política de asfixia total del gobierno norteamericano. Por otro lado, el Bloqueo se está manifestando como un empeño detallista por paralizar toda forma de economía y comercio exterior que involucre al sector estatal. En ese contexto, incrementar la escala del sector privado puede contribuir a sostener los flujos económicos y de inversión a nivel macro. Por último, la magnitud de la apertura está destinada a emitir una señal positiva para inversores y prestamistas, y pudiera responder a procesos de negociación, no solo con Estados Unidos, sino con Rusia y China, países que también privilegian el establecimiento de economías de mercado.
La soledad geopolítica de Cuba es palpable. Resulta muy difícil en nuestras circunstancias encontrar vías de escape al Bloqueo sin asimilar las dinámicas propias del orden vigente. El estrechamiento del socialismo en Cuba no es solo imputable a nuestra institucionalidad, sino también a las derrotas acumuladas por las fuerzas progresistas del mundo en las últimas cuatro décadas. Remontar esa situación es algo que nos trasciende. Nuestra tarea específica es sostener el ejemplo de la Revolución Cubana, en espera de tiempos mejores. Esto se traduce en: 1) resistir la agresión imperialista, 2) mantener la mayor cantidad de realizaciones del socialismo cubano, y 3) innovar para superar fallas propias.
¿Cuánto contribuye el nuevo paquete económico en tal dirección? La respuesta es ambivalente. Ya decíamos que, en el contexto actual, las medidas hacen bien en asumir un repliegue inevitable e incrementar el peso del sector privado capitalista nacional e internacional. También aciertan al eliminar una serie de regulaciones absurdas, ampliar las facultades de la empresa estatal y desarrollar los mecanismos de mercado para hacer viables mayores niveles de descentralización. En tal sentido, una crítica de izquierda no debe identificar en forma mecánica mercado y propiedad privada con restauración capitalista. El mercado es una institución multidimensional, relacionada con el carácter indirectamente social del trabajo en el contexto de sociedades grandes, heterogéneas y complejas. La sociedad es una totalidad con múltiples sistemas y subsistemas y el mercado puede ser uno de ellos sin consecuencias demasiado graves. El problema es la tendencia a la mercantilización de toda forma de vida social, presente en las sociedades modernas bajo condiciones capitalistas de producción. Otro problema es que el mercado capitalista es la vía a través de la cual los capitalistas realizan la apropiación privada de la nueva riqueza creada. Esto lo pueden hacer gracias a relaciones de poder, instrumentos legales, procesos culturales y formas de violencia que sustentan la separación de la sociedad entre una minoría poseedora de las condiciones de producción y una mayoría desposeída, dependiente de un salario o despojada de toda fuente de vida.
Frente a estos problemas, el régimen revolucionario estableció límites. Es importante reconocer que es necesario y legítimo marcar líneas rojas al desarrollo del capitalismo. No podemos permitir que el exceso de prohibiciones burocráticas nos lleve a identificar el socialismo con el freno, la traba, el control. En realidad, lo que establece límites opresivos es el capitalismo, y así genera una reacción inevitable. La política revolucionaria está obligada a ponerle coto a la exclusión estructural del capitalismo, porque esa es la única manera de realizar el derecho de los trabajadores sobre los medios de producción, el derecho de los pueblos a su tierra y a su autodeterminación y el derecho de todas las personas a una vida digna. Se trata de un proceso de negación creadora que permitió, por ejemplo, que un país subdesarrollado como Cuba obtuviera el quinto lugar en unos Juegos Olímpicos, o que alcanzara indicadores de salud de primer mundo, o que llegara a desarrollar sus propias vacunas frente a la COVID-19.
Cuando el Estado cubano decide eliminar todo límite al tamaño de las empresas privadas y a la cantidad de empresas que puede poseer una misma persona, y cuando habilita la posibilidad de vender la mayor parte de las empresas estatales, por citar algunos ejemplos, está renunciando a instrumentos legales valiosos para el desarrollo de la justicia social. Pero lo más grave, quizás, no sea eso, sino la ausencia de un paquete político de igual o mayor calado destinado a reavivar la praxis revolucionaria en Cuba. La praxis revolucionaria, como proceso general, es lo único que puede ampliar la realización de derechos, fortalecer las relaciones sociales no mercantiles y mejorar la correlación de fuerzas para que el sector socialista sobreviva y crezca.
Las posiciones de izquierda crítica no pueden caer en el mismo fetichismo jurídico que se le imputa al gobierno cubano. Las leyes son armas poderosas, pero no garantizan por sí solas la materialización de los principios que las animan, y muchas veces, cuando cambian, están respondiendo a modificaciones que ya tienen lugar en la sociedad. La pregunta clave aquí es cómo llegamos a un punto en el que entregarle más poder económico al capitalismo y a los capitalistas se vuelve inevitable. No caben dudas de que ese, junto al incremento del descontento popular, es uno de los pocos logros del gobierno norteamericano. Sin embargo, si ampliamos la mirada, vemos que el crecimiento del capitalismo nace del deterioro del circuito socialista de producción y reproducción de la vida, y en este último problema las políticas nacionales tienen una enorme responsabilidad.
Las decisiones en materia económica han estado mal diseñadas e implementadas en el momento incorrecto y con escasa integralidad. Puede afirmarse que la gestión gubernamental ha sido muy inconsistente. Esa inconsistencia obedece a la confluencia de paradigmas contradictorios. Por un lado, el nuevo dogma economicista persiste en responder a la crisis mediante arreglos monetarios y liberalización; por el otro, la naturaleza de nuestro pacto social conduce a mantener el control administrativo de los precios, de la tasa de cambio, de los salarios y del déficit fiscal, para contener la inflación. Ese control administrativo solo ha sido aplicable al sector estatal, por lo que, siguiendo un viejo dicho, se puede afirmar que las políticas gubernamentales soltaron al león y ataron al mono. Dado que el problema de la producción y la exportación no ha sido resuelto, el resultado ha sido la transferencia de poder adquisitivo hacia una parte de la sociedad, y el despegue del sector privado mediante la descapitalización financiera, material y humana del Estado.
Para explicar la gravedad de la situación, me gusta utilizar una metáfora. Si tiramos una foto a los componentes de la sociedad cubana hoy, notaremos que conserva varios rasgos que la distinguen de una sociedad capitalista convencional. En cambio, si filmamos un video, el resultado es mucho más preocupante: veremos cómo se va extinguiendo el socialismo cubano, sus conquistas, sus capacidades políticas y económicas, sus formas de socialización, su cultura y sus posibilidades futuras. Los comunistas con una conciencia crítica sufrimos al constatar que, ante cada disyuntiva, las decisiones políticas no contribuyen a detener o desacelerar ese proceso.
Hoy surge una nueva pregunta: ¿Existirá una voluntad para desandar los caminos? Es decir, una vez reconocido que las nuevas transformaciones constituyen un repliegue táctico, ¿se trabajará para revertir los cambios indeseados, cambios que serán no solamente económicos, sino también e inevitablemente cambios ideológicos y culturales, cambios en las relaciones sociales? El principal obstáculo que existe para ello está en la fundamentación misma de las reformas, una fundamentación que reduce el socialismo a su momento redistributivo y que da por sentadas las relaciones de producción, o se vuelve indiferente a su naturaleza. No es casual que el sujeto obrero, el sujeto trabajador, su situación, sus formas organizativas, su conciencia y su poder, constituyan el elemento más preterido de la práctica política cubana en las últimas décadas.
Este escenario ha hecho surgir cierto fatalismo en un número no despreciable de revolucionarios cubanos. Es como si no hubiera más nada que hacer, pero en realidad existe un margen de acción que pudiéramos desaprovechar si damos por consumada la derrota. Inicialmente, la emisión de criterios por distintas vías contribuyó a que el discurso oficial redujera el triunfalismo y reconociera de forma más atinada el significado de las medidas. También influyó en que se le esté imprimiendo más fuerza a las dimensiones sociales de las transformaciones, en conexión con proceso participativos. Otras iniciativas más focalizadas pudieran desarrollarse, como la de cuestionar la constitucionalidad del decreto que deja sin límites la cantidad de empresas que puede tener una misma persona, pues compromete el artículo 30 de la Constitución, relacionado con la obligación del Estado de regular la concentración de la propiedad. Por otro lado, aún el Estado conserva la mayor parte del patrimonio económico cubano y no puede asegurarse que va a ser privatizado de manera acelerada. Eso dependerá, una vez más, de las relaciones de fuerza. Ningún revolucionario puede ausentarse hoy de la disputa por salvar la mayor cantidad de recursos al servicio del pueblo, por mejorar el desempeño económico de nuestras empresas y por lograr que las formas de gestión —independientemente de si se trata del sector estatal o el no estatal— sean más socialistas.
Una brújula importante es la comprensión adecuada de las características del capitalismo, que pudiéramos resumir, utilizando una simplificación necesaria, en tres rasgos fundamentales:
1. La mercantilización casi total y siempre creciente de las formas de vida económica y social.
2. La apropiación privada de los medios de producción y de las condiciones de vida, que produce una desigualdad estructural y sustenta el creciente poder de una minoría.
3. El control del mercado y del Estado por los intereses de la clase capitalista, o, en ausencia de esta, por el patrón de acumulación propio del capitalismo.
Debemos trabajar para que todo lo que contribuya en esas direcciones sea refrenado o al menos desacelerado, y para impulsar los procesos propios de una sociedad diferente. El problema que tenemos es que hay mucho comunismo de palabra entre nosotros, mucha catarsis inmovilista y poco trabajo concreto para defender las reivindicaciones inmediatas del pueblo y sus intereses estratégicos.
Hagámonos algunas preguntas claves: ¿dónde estamos cuando se decide entregar a un privado una instalación estatal que pudiera seguir cumpliendo una función pública? ¿Dónde estamos cuando se privatiza de manera ilegal un servicio médico, o cuando el autoritarismo, la ineptitud y la corrupción de un jefe convierte una empresa estatal en un cadáver viviente? ¿Dónde estamos cuando nuevas personas caen en la extrema pobreza y no hay un trabajador social que les toque la puerta o los saque del semáforo de la esquina? ¿Dónde estamos mientras se privatizan las pipas de agua, la reparación de transformadores dañados y la entrega de viviendas? ¿Dónde estábamos cuando se dejó maniatado al sector estatal y mermaron de mes en mes los ingresos de los trabajadores, mientras La Habana se llenaba de carros lujosos? ¿Dónde estaremos si se decide liquidar una empresa estatal que pudiera ser rescatada? ¿Dónde estamos para dar a conocer todo esto, de forma tal que más personas puedan estar alertas y saber cómo actuar, y contribuir a que se reduzca la impunidad y la impotencia?
Hoy estamos más urgidos que nunca de profundizar nuestra militancia revolucionaria y enriquecer nuestras formas de acción. Necesitamos ser exitosos en el combate a las deficiencias institucionales, porque estas no ayudan a salvar la patria, la Revolución y el socialismo. El principal obstáculo en este sentido proviene de la propia cultura de izquierda en Cuba. Sentimos una especie de freno interior a la hora de confrontar con el Estado. Esta contradicción nace de una realidad: las tendencias negativas habitan en el mismo cuerpo institucional que es capaz de encarar al imperialismo y de sostener procesos y características muy revolucionarias, aun debilitadas. Mientras no existan señales poderosas de una rendición, el Estado cubano seguirá siendo el campeón de la izquierda mundial. Paradójicamente, en los últimos años ha tenido el peor desempeño en lo que respecta a la gestión de una crisis y al logro de una salida revolucionaria. Por eso, no nos queda más alternativa que aprender a lidiar con la angustia de ser uno mismo y elevar nuestra voz para decir, a cualquier nivel: “compañero, camarada, con todo respeto, usted se está equivocando”, o para dejar claro que tal falla o tal decisión, sea en la comunidad, el municipio, la provincia o la nación, no será permitida.
Este momento de negación de las prácticas institucionales nocivas es necesario. El pueblo lo pide, porque las sufre, y no va a sumarse masivamente a ningún proyecto que no tenga ese ingrediente. Pero nada de eso se dará espontáneamente. Quienes tomen la iniciativa deberán hacerlo siempre con el pueblo. A aquellos actores a los que incomoden tales actitudes y acciones, y aleguen que se le está dando armas al enemigo, debemos responderle lo siguiente: el socialismo cubano representa el golpe más duro asestado al imperialismo norteamericano hasta el día de hoy; quien no esté dispuesto a defenderlo, es porque ya se ha rendido.
Fuente:https://pyacuba.com/2026/10/08/izquierda-critica-medidas-gobierno/