Hay una escena bastante reciente, aunque parece repetirse desde hace décadas con distintos decorados. Un micrófono de streaming, una mesa descontracturada, una liturgia de sorna, una ronda de muchachos que hablan de política como si estuvieran devolviéndole al país una verdad secuestrada. En algún momento, casi siempre llega la frase. Sale fácil, como salen los comentarios cuando no necesitan demostración sino complicidad. “La izquierda no entiende la nación”. O peor: “la izquierda es ajena a la tradición nacional”. Y enseguida asoman las estampitas de ocasión: la patria, la escarapela, la industria, el pueblo, el asado, Malvinas, el himno, la camiseta, alguna cita de Perón arrancada de contexto, y del otro lado una caricatura: la izquierda como una importación, un injerto libresco, una secta de traducciones, gente que conoce mal la historia del país y que siempre habla en nombre de la humanidad.
La operación es vieja. Lo nuevo es apenas el formato. Antes se hacía en el comité, en la sobremesa de la política profesional o en la cátedra nacional. Ahora se hace con auriculares, cortes para TikTok y una confianza abrumadora en que la historia comienza cuando uno prende la cámara. Pero el argumento, si puede llamárselo así, sigue siendo el mismo: identificar nación con una tradición estatal, militar, caudillesca o movimientista en la que la izquierda solo podría entrar como invitada incómoda, como traductora de materiales ajenos. Es un viejo truco argentino: acusar de extranjería a quienes señalan que la extranjerización verdadera estuvo casi siempre del lado de las clases dominantes.
Porque si uno quiere hablar en serio de la nación, lo primero que tiene que hacer es rescatarla de los que la usan como contraseña. Nación no es una pulsera de cuero ni un decorado para actos escolares. Tampoco una caja de resonancia de la nostalgia semiindustrial. Nación es una experiencia histórica conflictiva, una trama de lenguas, territorios, derrotas, mezclas, violencias, migraciones, promesas incumplidas. Y sobre todo: nación es un campo de lucha. No una esencia. No una propiedad. No una herencia administrada por un partido. No un monopolio sentimental de nadie.
Otto Bauer, austromarxista, escribió en La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia una definición célebre de nación como “comunidad de destino”. La nación, para Bauer, no era una sustancia eterna ni una sangre ni una metafísica. La nación se forma históricamente, es producto de una experiencia compartida, de una sedimentación conflictiva de vida en común. El destino ahí no era providencia: era historia. Una historia hecha de trabajo, de instituciones, de idioma, de escuela, de memoria y de antagonismos. Bauer pensaba contra el nacionalismo esencialista y también contra el cosmopolitismo simplificador. Y en esa tensión hay una clave todavía útil: no hay política emancipatoria que pueda prescindir de la experiencia nacional realmente existente, del modo en que un pueblo llega a reconocerse, a pelear y a narrarse.
Pero si Bauer sirve para abrir una puerta, en la Argentina es obligatorio pasar por Milcíades Peña. Porque pocas cosas más argentinas que Peña: ese modo de leer el país sin reverencias, con un oído formidable para detectar el fraude en los relatos de las clases dominantes y también en las autoleyendas del nacionalismo. Peña no pensaba la nación como una unidad armónica traicionada por malos funcionarios. La pensaba desde las relaciones sociales que bloquearon su desarrollo. La nación argentina, en su lectura, no era una plenitud a recuperar sino una formación social deformada por una clase dominante subordinada, asociada al capital extranjero, incapaz de llevar hasta el final las tareas que después iba a declamar en los discursos. Ahí está una de las claves del asunto: para la izquierda que sigue el pensamiento más exquisito de Marx, la nación no se disuelve; se historiza. Se la saca del altar para ponerla en movimiento.
Lo verdaderamente antinacional en la Argentina nunca fue la izquierda. Lo verdaderamente antinacional fue la oligarquía que hizo del país una estancia; la burguesía que se llenó la boca con la patria mientras fugaba capitales; la clase propietaria que hablaba de soberanía con un ojo en la embajada y otro en la balanza comercial; los grupos económicos que privatizaron, desindustrializaron, endeudaron y después se envolvieron en la bandera para presentarse como custodios de la argentinidad. La nación fue para ellos una retórica de mando, no una tarea histórica. Y cuando el pueblo quiso transformarla en otra cosa, en un espacio material de derechos, industria, igualdad o autodeterminación, esas mismas clases revelaron su verdad: prefirieron siempre un país subordinado antes que una nación que tendiera al igualitarismo. No dudaron, incluso, en cometer un genocidio contra las mejores representantes de una generación de su misma nación.
Acá conviene decirlo sin vueltas: una parte importante del peronismo hizo y hace un uso patrimonial de la nación. La trata como una marca registrada. Como si el país le perteneciera por derecho de liturgia. Como si solo pudiera hablar de patria quien reconoce cierta genealogía, cierto santoral, cierto archivo de canciones y efemérides. El problema no es que el peronismo se piense a sí mismo como tradición nacional. El problema irrumpe cuando concluye de allí que toda otra tradición popular o emancipatoria es necesariamente extranjerizante. Ahí ya no estamos ante una discusión histórica sino ante una policía de fronteras simbólicas.
El peronismo streamer es apenas la variante caricaturesca de ese viejo vicio. Tiene una mezcla curiosa de seguridad e ignorancia. Puede pasar en diez minutos de Jauretche a un meme, de Scalabrini a una ironía contra Trotsky, del “subsuelo de la patria sublevado” a una chicana sobre la izquierda universitaria, sin registrar siquiera que buena parte de sus categorías para pensar la dependencia, la cuestión nacional o el carácter subordinado de la burguesía local fueron elaboradas, discutidas o profundizadas por tradiciones marxistas que ellos suponen flotando sobre la realidad argentina como un globo aerostático.
Porque hay una izquierda de traducción estéril, sí. Siempre la hubo. Como hubo un nacionalismo de cotillón. Pero reducir la historia de la izquierda argentina a su peor versión escolar es una deshonestidad intelectual. La izquierda en la Argentina no vino a hablarle a un país ajeno. Nació en sus puertos, en sus talleres, en sus imprentas, en sus sociedades de resistencia, en sus bibliotecas obreras, en sus huelgas rurales, en sus sindicatos, en las ligas agrarias, en los frigoríficos, en las universidades, en las barriadas, en la Patagonia fusilada, en La Forestal, en Villa Constitución, en las coordinadoras interfabriles, en los ingenios tucumanos, en las puebladas, en el Cordobazo. No hay manera honesta de escribir la historia nacional sin esa secuencia. La izquierda no es una nota al pie de la nación argentina: es uno de sus modos de irrupción. Algo de eso sabía el gran Horacio González que le dio su lugar en sus Restos pampeanos, sin dejar de polemizar.
Y también es uno de sus modos de escritura.
Habría que volver al poeta, ensayista y escritor catamarqueño Luis Franco, por ejemplo. A su manera de ligar paisaje, lengua, historia y rebelión sin entregarle la nación ni a los militares ni a los notables ni a los curadores del folklore. En Franco hay país, pero no en el sentido decorativo. Hay una mirada que no le tiene miedo a la extensión argentina, a sus resonancias americanas, a sus muertos plebeyos, a sus montañas y a sus guerras, a la vez que no acepta ninguna reconciliación fácil con el poder. Su Rosas o El general Paz y los dos caudillajes explican más la Argentina que lo virales eléctricos de nuestros noveles jetones. Ahí hay una tradición de izquierda que escribe la nación no como pieza de museo sino como conflicto vivo. Y junto a Franco podrían nombrarse otras hebras: Aníbal Ponce, Martínez Estrada en sus zonas más descarnadas, el propio Hernández Arregui aun en su relación tensa con el marxismo, y sobre todo esa multitud de periodistas, poetas, maestros, militantes obreros y narradores que pensaron el país desde abajo, sin pedir permiso a la clase propietaria para sentirse argentinos.
La izquierda, cuando fue seria, entendió algo decisivo: la nación no se ama como se ama una finca heredada. Se la disputa. Se la arranca de manos de quienes la vacían. Se la vuelve concreta. La nación no es solo memoria: es programa. No alcanza con invocarla; hay que responder quién la produce, quién la trabaja, quién la endeuda, quién la vende, quién la defiende, quién decide su destino. En ese sentido, la izquierda no solo puede hablar de nación: acaso es la única que, en ciertas coyunturas, puede hacerlo sin estafar.
Porque cuando la burguesía local renuncia a cualquier proyecto autónomo y se limita a administrar su subordinación, cuando el gran empresariado vive de subsidios, fuga y prebenda, cuando las élites financieras celebran la demolición del mercado interno, cuando la estructura económica vuelve una y otra vez a poner al país de rodillas ante acreedores, fondos y tribunales externos, ¿quién queda defendiendo algo parecido a una perspectiva nacional? Quedan, en primer lugar, los de abajo. Los que trabajan acá, enseñan acá, producen acá, investigan acá, curan acá, hacen ciencia acá, levantan fábricas acá, sostienen escuelas y hospitales acá. Y si hay una tradición política que insiste, a veces contra todo, en que esos sectores deben gobernar el país que hacen existir, esa tradición es la socialista, la marxista, la de izquierda en sentido amplio.
La gran falsificación consiste en identificar izquierda con abstracción universalista y peronismo con concreción nacional. Como si la izquierda hablara de la humanidad en general mientras otros hablan del barrio, de la fábrica, del puerto, del salario, del litio, del trigo, de la deuda, del ferrocarril. Pero basta mirar un poco la historia para ver lo contrario: las izquierdas fueron muchas veces las que más concretamente señalaron cómo funcionaba la dependencia, qué intereses bloqueaban el desarrollo del país, qué alianzas sociales podían torcer ese rumbo, qué clase de burguesía no iba a cumplir ninguna misión histórica y por qué la cuestión nacional no podía resolverse sin tocar la propiedad y el poder. Si eso no es pensar la nación, entonces la nación queda reducida a una emoción con merchandising. Es decir, a la nada.
Hay además un problema de clase en la distribución del patriotismo. A las clases dominantes se les perdona todo. Pueden entregar recursos, rifar empresas públicas, subordinar la política monetaria, endeudar generaciones enteras, desmontar capacidades tecnológicas, y aun así seguir siendo consideradas parte del repertorio nacional. A la izquierda, en cambio, se le exige examen de argentinidad permanente. Como si la pertenencia nacional no dependiera de qué intereses se defienden sino de cuánto se cita a ciertos autores bendecidos por la tradición folklórica. Es un mecanismo revelador: los que hablan de patria como si fuera su propiedad privada suelen ser los mismos que la rematan por partes.
Por eso conviene invertir la acusación. No para caer en el jueguito del certificado patriótico, sino para recordar una evidencia histórica: en la Argentina, las clases dominantes fueron las verdaderamente antinacionales. Lo fueron cuando organizaron un país para exportar renta y disciplinar mayorías. Lo fueron cuando prefirieron la tutela externa a una verdadera democratización interna. Lo fueron cuando reprimieron a la clase obrera cada vez que esta quiso intervenir en el destino común. Lo fueron cuando llamaron “orden” a la mutilación de cualquier proyecto soberano. Lo fueron cuando confundieron nación con propiedad. Lo siguen siendo ahora, cuando en nombre de la libertad celebran el desmantelamiento de las capacidades mismas que harían posible un desarrollo nacional.
La izquierda, en cambio, cargó con otra cosa: con la insistencia, a veces heroica y a veces equivocada, en que la comunidad nacional solo merece ese nombre si deja de estar montada sobre la explotación, la dependencia y la humillación. Ahí está su arraigo. No en un museo de símbolos, sino en una genealogía de luchas. No en la escenografía de la nación, sino en su nervio conflictivo.
Tal vez eso sea lo que irrita tanto a ciertos polemistas del peronismo mediático. Que la izquierda les recuerde que la nación no es una propiedad intelectual del movimiento. Que hay patria también en las huelgas, en los soviets que nunca fueron, pero asomaron en cada coordinación obrera, en los obreros fusilados de la Patagonia, en las maestras socialistas, en los internacionalistas que no por eso dejaron de estar hechos de tierra argentina, en los marxistas que leyeron el país mejor que muchos patriotas profesionales. Que hay una manera plebeya y radical de ser nacional que no pasa por pedirle permiso a ninguna ortodoxia.
La discusión, en el fondo, no es cultural sino política. Qué nación. Para quién. Contra quiénes. Con qué clases al mando. Con qué horizonte de igualdad. Todo lo demás es utilería. A esta altura habría que sospechar de cualquiera que invoque demasiado la nación sin nombrar a los dueños del país. Y habría que desconfiar aún más de quienes, después de entregar la economía, quieren quedarse con el monopolio del sentimiento nacional.
La izquierda no es ajena a la tradición nacional. Es una de sus corrientes más profundas, más plebeyas, más incómodas y más verdaderas. No porque haya sabido cantar mejor el himno, sino porque entendió, una y otra vez, que una nación no se realiza en la obediencia sino en la lucha por arrancarla de quienes la usan contra su propio pueblo.
Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Izquierda-y-Nacion