Autofagia e infantilización en la Universidad contemporánea. Por Renán Vega Cantor 

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Desde hace varias décadas la universidad pública soporta una andanada neoliberal, cuya finalidad ha sido convertirla en un negocio rentable al servicio del capital académico. Para hacer posible ese objetivo, el neoliberalismo ha recurrido a diversos procedimientos, entre los cuales el más evidente ha sido el ataque desde afuera y por arriba. Con eso se hace alusión a la formula “clásica” que ya se ensayó desde los tiempos de Pinochet en Chile, consistente en imponer por la fuerza los intereses del capital y para hacerlo posible se recurrió a la represión, la destrucción de sindicatos de profesores y de organizaciones de estudiantes, a la censura, a la quema de libros, al asesinato y desaparición de los líderes docentes y estudiantiles, en suma, a la destrucción del tejido social crítico que pudiera existir y a la implantación del control militar y paramilitar en los campus universitarios.  

Esta premisa, la Doctrina del Shock, fue la base de la imposición de las políticas neoliberales en materia de educación, entre las cuales figuran la privatización, la desfinanciación planificada, la mercantilización, la evaluación de resultados, la maximización de ganancias, la gestión privada de índole empresarial, la precarización laboral y el predominio de un lenguaje economicista (rentabilidad, eficiencia, eficacia, calidad, excelencia, competencias…).

Esto es de sobra conocido y estudiado en diversos lugares del mundo, pero lo que es menos referido concierne a la imposición del neoliberalismo desde adentro y desde abajo. Esta fase en la que nos encontramos desde hace unos pocos años puede denominarse la era de la edufagia de la universidad. Lo significativo estriba en que pocos catalogan esta nueva fase como parte del neoliberalismo y más bien lo conciben como un momento pretendidamente emancipador. En concreto, lo políticamente correcto y la ideología woke suelen ser presentados como grandes conquistas democráticas, inscritas en un pretendido proyecto progresista.

En contraposición, sostenemos que esta última fase del neoliberalismo educativo es tan perversa como la anterior ‒que permanece en el trasfondo de la lógica educativa‒ con el agravante de que los agentes educativos (estudiantes, profesores, trabajadores y directivos) han hecho suyo el neoliberalismo (encubierto con nuevos sofismas), con lo cual se está destruyendo desde dentro y desde abajo a la universidad.

Una crítica anticapitalista a lo que sucede en la universidad es necesaria y debe diferenciarse de la crítica que desde la derecha y de posturas procapialistas se realiza a lo políticamente correcto y a la ideología woke en particular. Debe señalarse que ese tipo de crítica desde la derecha es frecuente, y pretende denunciar, lo cual no es cierto, que lo woke está cargado de marxismo encubierto. Esa es una postura ideológica interesada, porque confunde las perspectivas de las izquierdas de hoy, muchas de las cuales están impregnados de lo woke ‒e incluso han recibido apoyo financiero e institucional para sus campañas en los campus universitarios por parte de la agónica USAID‒ que se denominan progresistas y que han abandonado la tradición de Marx y cualquier filón anticapitalista. 

Autofagia 

Desde hace algunos años en diversas disciplinas críticas se constata que el capitalismo vive una fase de autodestrucción y rebasamiento de los límites que ponen en peligro no solo su supervivencia sino la de la humanidad. Para estudiar esa metamorfosis se han acuñado términos como Sociedad autófaga, capitalismo caníbal y etnofagia. 

Sociedad autófaga es un concepto crítico que recalca las diversas formas en que el capitalismo se autodestruye debido a su desmesura inherente, a su carácter voraz e insaciable, con su sed desmedida de acumulación, con el arrasamiento de lo que encuentra a su paso. Y todo esto no es atenuado con la ciencia y la tecnología, sino que antes, por el contrario, estas forman parte de las fuerzas productivas-destructivas que siembran hambre, muerte, caos y desolación por doquier. 

En la misma dirección, Nancy Frazer habla del capitalismo caníbal, para recalcar el carácter destructor y autodestructor del capitalismo, que arrasa con la naturaleza y con aquellos sectores sociales que permiten la producción y reproducción del capitalismo.

Como parte de esa lógica caníbal, el capitalismo en su expansión mundial promueve el culto a la diferencia y a las identidades fragmentadas e individualizadas con poco sustento colectivo. Y aquí adquiere sentido la noción de etnofagia, entendida como una fuerza que exalta discursivamente la diferencia con el fin de engullir a lo comunitario y devorar al que es distinto, pero ya no solo con las acciones brutales (genocidio y etnocidio, que tampoco son del pasado ni han desaparecido como queda claro en el caso de Palestina) sino mediante el impulso a sutiles fuerzas disolventes desde dentro y desde abajo. La nueva estrategia es más pertinaz y potente en la misma medida en que busca socavar la unidad comunal desde adentro, poniendo más activamente en juego las fuerzas individualistas del mercado y utilizando pautas y mecanismos de atracción y seducción que excluyen (o reducen al mínimo necesario) los brutales o burdos medios de otras épocas. 

Ahora bien, la etnofagia no se circunscribe a un aspecto restringido del dominio del capitalismo y de las estructuras estatales, sino que ahora está relacionado con los más diversos ámbitos de la sociedad, entre los que vale incluir a la universidad. Es un dispositivo clave de la dominación capitalista e imperialista en esta fase neoliberal, que no se reduce a actuar dentro de los límites de un estado-nación, siendo por el contrario un proceso mundial.

Estas categorías resultan útiles para analizar lo que ahora acontece en la universidad del capitalismo realmente existente, teniendo en cuenta que la autofagia, la etnofagia y el carácter caníbal del capitalismo se evidencian en las diversas esferas de la sociedad y en la relación con la naturaleza. La educación no está al margen de dicho proceso e incluso se convierte en un ámbito estratégico para difuminar la autofagia por gran parte del tejido social, en algo que podríamos llamar edufagia. Esta actúa de manera similar a la etnofagia, puesto que con mecanismos más sutiles y, en apariencia, progresistas, se exalta la diversidad hasta niveles micros, de forma tal que desde dentro se vaya minando la universidad y ese proyecto se presenta como un gran avance democratizador, al reconocer la diversidad cultural que florece en la vida universitaria. El reconocimiento demagógico de la diversidad es una estrategia de sometimiento, a partir de la división y la fragmentación y está inscrita en los antivalores del neoliberalismo, el egoísmo narcisista, el individualismo, la competencia y el darwinismo pedagógico, que exalta la supervivencia de los más aptos y el triunfo de los exitosos y ganadores en el mercado de la diversidad. 

La edufagia se presenta bajo la forma de lo políticamente correcto y, en los años más recientes, de la ideología woke. Ahora mismo, los dos procesos terminan siendo uno solo, expresado en el predominio indiscutible de lo woke, proveniente directamente del sistema universitario de Estados Unidos y en menor medida de Inglaterra.

El término woke (despierto en inglés) surgió en el seno de la comunidad afro estadounidense a finales de la década de 1930, para enfrentar el racismo. Fue un término anclado en las luchas de la comunidad negra de Estados Unidos con un claro sentido de dignificación y solo hasta mediados de la década de 2010 se convirtió en un término de más amplio espectro, al ser asumido por grupos identitarios, de género y LGTB+, y comenzó a formar parte de una nueva ortodoxia, excluyente, intolerante y censora. Analizamos algunos de los elementos de la ideología woke que se imponen en las universidades.

Tribalismo

Un elemento distintivo de las izquierdas mundiales hasta hace poco tiempo era su reivindicación del universalismo y del internacionalismo. En esa perspectiva, se apoyaban, sin distinción de fronteras, las luchas que las clases subalternas libraban en cualquier lugar del planeta. A esa lucha la unían las convicciones y no la sangre, al recalcar que, más allá de diferencias de tiempo y espacio, existe una conexión múltiple, motivada por una sed de igualdad, justicia y libertad que no tiene límites y mucho menos que estén determinados por los orígenes tribales, el género o la raza. Esa concepción universalista e internacionalista nutrió las luchas mundiales en diversos espacios nacionales desde el siglo XIX hasta la desaparición de la URSS. 

Luego se ha impuesto la concepción posmoderna del repliegue identitario, que afirma que las reivindicaciones deben ser parciales, aisladas y fragmentarias, oscureciendo la existencia de una realidad estructural (el capitalismo), a pesar de que sigue siendo el fundamento de las diversas formas de dominación y opresión, contra la que según esos posmodernos no vale luchar y la cual se acepta pasivamente. Esto supone que cualquier grupo que reclame el derecho a su identidad, al margen del resto de la sociedad, tendría un privilegio especial que lo hace, por sí mismo y en sí mismo, merecedor del reconocimiento social. Esto ha dado pie a un proyecto tribalista que es uno de los componentes centrales de lo woke. 

En este contexto adquieren fuerza las reivindicaciones de género y raza, y no es porque estas no sean demandas legitimas de importantes sectores de la sociedad, históricamente excluidas y marginadas. El problema es que las luchas de mujeres, homosexuales, transexuales y grupos racialmente subordinados se esencializan en el proyecto woke y se conciben como realidades puras y cerradas. Al respecto, resulta ilustrativo constatar la evolución (mejor, involución) de la categoría de género que, de ser un aporte fundamental del feminismo de clase, terminó siendo un vocablo tan amplio y etéreo que involucra los más diversos asuntos de identidad restringida y expresa una fragmentación extrema y forzada de la vida real. Es la diferencia llevada al extremo neoliberal, del individualismo egoísta y narcisista en que se predica que se debe ser diferente como tú, especial como lo eres tú y único como tú. 

De allí se deriva ese disparate sobre la “libre autodeterminación de la identidad de género” que recorre los campus universitarios y muchos consultorios médicos. Con eso se sostiene que el sexo no existe, es una simple opción que se le impone a los niños desde la cuna, y que frecuentemente se nace con el sexo equivocado, y este puede ser cambiado según la ocurrencia de cada cual, con el beneplácito de padres de familia, educadores y directivos académicos y con la participación mercantil de un sistema médico en búsqueda de nuevos nichos de mercado y de ganancias. 

La noción de género se ha degradado de tal forma que en este momento existen más de 4000 géneros, entre otros las de las personas que se creen perros o gatos y cuyos miembros y familiares demandan que se les trate como tales. En Estados Unidos, por ejemplo, la madre de un joven que se declaró gato exigió que fuera atendido por un veterinario, dado su identificación con un tipo de animal, que lo llevaba a reclamarse un miembro más de los mininos. 

El culto a lo identitario ha conducido a que, en aras de una reivindicación legítima como lo es incluir en los relatos históricos a los sectores siempre marginados y excluidos (población afrodescendiente negra, mujeres, gais, lesbianas…) se llegué a plantear que solo los sujetos pertenecientes a cada uno de esos sectores están autorizados para escribir su historia, porque estarían dotados de una esencia superior y privilegiada que los sectores externos no tienen., como si el pasado no fuera un país extraño, al que cualquiera ser humano puede acceder si lo quisiera. Así las cosas, un “blanco” no puede escribir sobre la esclavitud africana, ni un varón podría indagar en la historia de las mujeres. Esto genera un tipo de historia restringida, solamente adecuada para un sector particular, pero carente de cualquier perspectiva universal, que es en última instancia uno de los rasgos centrales del conocimiento histórico. Esto quiere decir que, para comprender las particularidades e identidades parciales, deben inscribirse en el marco más amplio de lo general, atinente a una sociedad determinada. 

Victimismo

Lo woke pretende ser una reivindicación de las víctimas lo que supone que se lee la historia y el mundo contemporáneo no a partir de la agenda de lucha de sujetos de carne y hueso, con sus sueños, aspiraciones y esperanzas, en la que había conciencia y proyecto, sino a partir del sufrimiento de lo que se denomina “víctimas”.  Después de la II Guerra Mundial emergió la noción de víctima, lo cual tenía el objetivo loable de reivindicar a quienes habían padecido la esclavitud, los campos de concentración, la limpieza étnica, la brutalidad colonialista e imperialista, entre otros aspectos relevantes en la historia del capital. En ese momento el término víctima no era un elogio, era un estigma, y por eso difícilmente alguien lo reclamaba ya que se recalcaba el espíritu de lucha, de sujetos activos, que soportaban la persecución por su compromiso y por enfrentar y resistir a la opresión, la discriminación y la explotación. 

Eso parece ser de un tiempo lejano, porque en estos momentos se impuso el culto a la víctima y se enfatiza en la lógica del padecimiento. Entre más se sufre y se exhibe ese sufrimiento más reconocimiento se alcanza y más dadivas y concesiones pueden obtenerse de los que se autocalifican a sí mismos de “víctimas”. El victimismo es un negocio, otro nicho de mercado del capital, en el cual la exhibición del dolor es directamente proporcional al éxito alcanzado por ciertos individuos. Así, en Estados Unidos la inclusión por parte de universidades y empresas de la discriminación racial de la población negra supone un aumento exponencial de las ganancias y de la constitución de un nuevo y lucrativo negocio de millones de dólares, todo a nombre de la inclusión y del reconocimiento de las víctimas.  Esto es pura demagogia, porque los empresarios que eso promueven no están interesados en los millones de pobladores negros que soportan opresión, discriminación y explotación. Lo que se impulsa en forma directa es a las “víctimas exitosas” de manera individual, y máxime si su imagen victimizada produce fabulosos dividendos, como muestra del carácter incluyente y pretendidamente democratizador del capitalismo woke.

Alcanzar el éxito individual, a nombre del dolor y del trauma, es neoliberalismo de pura cepa y es políticamente desmovilizador, porque el que se dice “víctima” quiere que a él le arreglen la situación y obtenga beneficios, desligándose de cualquier lucha colectiva. Es una postura procapitalista, en la medida en que esencializar a un individuo o a un grupo particular, y no como sujetos activos sino como entes pasivos, conduce a una permanente conmiseración, porque la víctima no genera compasión, sino lástima. Emerge un ansia de reconocimiento, propio por demás del repliegue identitario, con las consecuencias políticas que ello genera: “A la pregunta ¿‘qué hacer’?, que ha dominado la política moderna ha sucedido un quejumbroso ‘¿quién soy?’”.

La universidad es el escenario privilegiado de las “olimpiadas del victimismo”, donde se rinde culto y se reverencia a las “víctimas”, que son todos aquellos que se autoproclamen con tal apelativo. Se sostiene que la víctima no se equivoca nunca y es la portadora de la verdad, sin importar si hay evidencias o no. Esto ha llevado que las universidades estén repletas de “ofendiditos” que dicen sufrir por cualquier cosa: aquellos a los que un profesor no les puede alzar la voz porque los está violentando; otros que forma parte de algún grupo identitario y se sienten agredidos cuando se cuestiona algún aspecto de esa identidad, como por ejemplo, si los bebedores de Coca-Cola o consumidores de comida basura forman un nuevo género, y si se critica a la “chispa de la muerte” o a McDonald’s consideran que se les ataca emocionalmente por cualquier afirmación que cuestione sus fibras identitarias más sensibles; están los que se sienten agredidos y victimizados por determinados libros y escritos, a los que censuran porque les generan dolor y sufrimiento, y se niegan a asistir a un curso sobre la esclavitud, porque sienten que allí se remueven traumas históricos de vieja data, que no pueden soportar; están los que no son capaces de sostener ningún debate ni controversia porque eso implica ser maltratados, puesto que el desacuerdo ya no existe, ha sido sustituido por el daño y las microagresiones. 

Este victimismo generalizado encubre los verdaderos problemas de acoso y violencia que soportan diferentes sectores de la universidad, porque ahora todo es un espacio asolado por una quejadera generalizada, lo cual tiene repercusiones al psicologizar todas las acciones humanas y judicializarlas con protocolos burocráticos. Como consecuencia, cualquier persona del mundo universitario es susceptible de soportar persecuciones y procesos disciplinarios por trivialidades, tales como preguntarle a un estudiante si es de tal región o cuál es su origen étnico o geográfico, porque eso se consideran terribles ofensas, que causan dolor y traumatizan… 

En las universidades se ha impuesto la lógica victimista, que promueven los directivos académicos y sectores del profesorado, lo cual conduce a la proliferación de códigos de conductas, a censuras y autocensuras, a la imposición de un lenguaje aséptico y pretendidamente neutro ‒entendido como aquel que no debe ofender a nadie. Este sí que es el triunfo del capitalismo con su énfasis en el individualismo absoluto, dado que el yo ‒cada estudiante aislado‒ es el centro del mundo con sus problemas y fragilidades. 

Cancelación

Uno de los elementos más destructivos y dañinos del método woke es la política de la cancelación, por lo que se entiende que una persona debe ser condenada de manera permanente por cualquier falta que haya cometido, hoy o ayer, y que ponga en cuestión la corrección política. Y no estamos hablando de grandes delitos, por los que es apenas obvio deberían ser juzgados y condenados si se comprueba que son culpables los agentes del mundo universitario, incluyendo a los profesores. No, lo que ahora se consideran delitos graves están referidos a cualquier palabra o acción que ofenda a alguien y quien se siente agredido denuncie a tiempo, como parte de la “cultura de la delación” que se ha impuesto en las universidades.

Esto se sustenta en una lógica binaria, entre buenos y malos, que se convierte en el rasero para medir lo que es aceptable y lo qué no es. Quien ha cometido un error deberá pagarlo por el resto de su vida y debe ser cancelado. Además, vulnerando elementos básicos del derecho liberal, se da el caso que cuando una persona pague penalmente por una falta, eso no se considera suficiente porque lo woke sostiene que la culpa es eterna y la pena no tiene límites temporales. Esto implica que los cancelados deben purgar una pena eterna, lo cual equivale a la muerte moral, intelectual, política y cultural. Quien sea cancelado deberá desaparecer por completo de la vida pública y siempre se le recordarán sus faltas, reales o imaginarias, y para hacer más opresiva y omnipresente la cancelación las redes (anti)sociales del odio se encargan de atizar, difundir y revivir, cada vez que sea necesario, la persecución de los nuevos herejes, y eso genera verdaderos linchamientos virtuales, algo fácil porque esas redes son el refugio de los cobardes e imbéciles.

La cancelación tiene otra forma perversa de censura y revisionismo histórico, en la medida en que se aplican a personajes y sucesos de otras épocas, borrando cualquier contexto temporal, los criterios de corrección política hoy imperantes. Nos encontramos ante casos tragicómicos de censuras y prohibiciones de autores clásicos de todos los tiempos, por ser considerados esclavistas, sexistas, racistas, misóginos, de lo que no se libran Platón, Aristóteles, Shakespeare… Allí se incluyen, lo cual parecería pintoresco, hasta los cuentos de hadas. Al respecto, baste mencionar que en ciertos círculos académicos de Inglaterra se ha prohibido la Bella durmiente, porque, según una lectura estrecha de género, allí se fomenta la violencia sexual y el machismo puesto que la protagonista, que dormía placida y eternamente, es despertada por un intruso que la besa sin su consentimiento.

Existe una coincidencia entre la cancelación woke de la literatura que no es correcta políticamente y la censura conservadora de los libros. Es bueno recordar que en escuelas de Estados Unidos se prohíben e incluso se queman libros, porque no se avienen con la ideología mojigata de los padres de familia, por lo general conservadores y retrógrados. Si sus creencias (como las que figuran en la Biblia) no aparece en los libros es porque estos textos son diabólicos. En este caso, lo woke revela su carácter profundamente conservador porque se identifican plenamente con la extrema derecha cristiana en la censura y la prohibición de “literatura peligrosa”, para retirar del escenario público a aquellos autores incómodos, que no deben ser leídos por las tribus identitarias.

Se llega al punto que para, purificar la bibliografía, en ciertas universidades se ha inventado un novedoso cargo burocrático, “los lectores de sensibilidad”, esto es, “expertos” en asesoría lingüística y gramatical para que cuando los autores escriban tenga en cuenta los efectos que sus dichos pueden tener en las diversas tribus de víctimas. 

Una gran parte de escritores, pensadores, artistas, políticos, revolucionarios… hoy por hoy son cancelados, simplemente porque su vida y acciones no se corresponden con los cánones de seudomoralidad que se han impuesto en los campus universitarios, como si fueran válidos en sí mismos y tuvieran tal carácter transhistórico que permitiera juzgar con los mismos parámetros de hoy a los autores y pensadores de otras épocas. 

Nuevo lenguaje 

La gramática woke, como derivado de sus fuentes originarias (posmodernismo y posestructuralismo), se caracteriza por usar un lenguaje incomprensible, una verdadera tortura para los simples mortales. Sus textos son ilegibles, de esos que resultan porque sus autores no tienen nada que decir o no están seguros de lo que afirman. Se ha impuesto una jerga impenetrable solo para los iniciados de las respectivas tribus, una nueva lengua en la cual todo es neo, post o trans. 

Se ha impuesto el lenguaje inclusivo, suponiendo que con el cambio de apelaciones se transforma la realidad y las cabriolas terminológicas, cada vez más enmarañadas, modifican a los sujetos. Solo basta hablar de los, las y les para que todos estén felices y contentos y no haya ofendiditos que se sientan excluidos por la imposición de un lenguaje heteropatriarcal. El feminismo queer ‒con fuerte influencia en la academia de los Estados Unidos e Inglaterra, y con ecos en tierras latinoamericanas‒ se distingue por la invención de nuevas palabras o el uso de viejas con un nuevo sentido. Un ejemplo es ilustrativo: en lugar de hablar de mujeres debe decirse “personas no poseedoras de próstata”, como lo hizo la revista Teen Vogue en 2019. 

Existe un lenguaje del reemplazo, puesto que ciertos términos son vetados en la academia universitaria y la lista es amplia: en lugar de decir ciego se dice con limitaciones visuales o “personas neuro alternativas en lo visual”, a los inválidos se les debe decir que sufren de diversidad funcional…. 

Una muestra del “novedoso significado” de ciertos términos aparece en la guía Sexo más seguro para cuerpos trans:

Pene: Usamos esta palabra para describir los genitales externos. Los penes viene en todas las formas y tamaños, y personas de todos los géneros pueden tenerlos.

Orificio delantero: usamos esta palabra para referirnos a los genitales internos, a veces denominados vagina. El orificio delantero puede autolubricarse, dependiendo de la edad y las hormonas. 

Strapless (sin correa): utilizamos esta palabra para describir los genitales de las mujeres que no han sido sometidas a reconstrucción genital (o “cirugía inferior”), a veces denominado pene.

Vagina: utilizamos esta palabra para referirnos a los genitales de las mujeres trans que han sido sometidas a cirugía inferior. 

Esta cabriola lingüística pretende cambiar la realidad biológica, producto de la evolución de millones de años de la especie humana: la palabra vagina se reserva a las mujeres trans, mientras que los genitales de las mujeres biológicas se denominan orificio delantero. 

Sin duda, la verdadera revolución lingüística que esta transformando a las universidades del capitalismo occidental se presenta en el ámbito de los géneros. Hay una profusión de nuevos géneros para referirse a los rasgos identitarios de cualquier persona no binaria, y la lista aumenta todos los días. Cualquier rasgo, por banal, absurdo e impreciso vale para dar paso a un nuevo género. En 2016 en España se hablaba de la existencia de 251 géneros, entre ellos estos tan pintorescos: “Healgenero: género que trae paz mental a le identificade”; Felinogénero: género correspondiente a gatos. Cuando te sientes peludite y mullide y quieres que te acaricien la barbilla; Aerogénero: género que cambia según la atmosfera, nivel de confort, quién está alrededor, la temperatura, la época del año…”. 

Infantilización 

El capitalismo realmente existente impulsa la infantilización a escala general, para tener a unos seres humanos dóciles, pasivos, obedientes, dependientes de los artefactos electrónicos y, sobre todo, consumidores compulsivos, que nunca se cuestionan ni tengan en su horizonte mental algún tipo de atisbo crítico sobre el mundo real y mucho menos alguna perspectiva de horizonte colectivo o lucha organizada. 

El control desde la primera infancia de los seres humanos busca que cuando estos crezcan en términos físicos sigan siendo los niños consumidores que vienen siendo desde sus primeros años de vida, lo cual ahora se evidencia en el culto al celular. Nada hay más patético que ver a niños manipulando primero el celular que a un juguete y a los padres a su alrededor en la misma postura infantilizada, sin contemplar a los hijos, y rendidos ante el nuevo tótem del que no pueden despegarse ni un minuto. Luego cuando ese niño crece corporalmente sigue siendo mentalmente niño y piensa que esa va a ser su condición permanente durante toda la vida, dado que el neoliberalismo además exalta la falacia de que el mundo pertenece a los adolescentes, y quienes no estén en esa condición son seres desechables. 

La infantilización se expresa en la música, en el cine (con la exaltación de los superhéroes y la imposición de los dibujos animados como forma preferida de esparcimiento y divulgación) en la información que circula a través de los artefactos microelectrónicos, en el lenguaje-bebe que usa la gente adulta y que replica el que circula a través de las redes antisociales, en el deporte, en la educación, en las costumbres y en la forma de comer y vestir.

La infancia ‒esencial en la vida de los seres humanos, pero que es una etapa limitada en el tiempo que da paso a otras fases de la vida‒ es el modelo que el capitalismo busca prolongar para que la gente conciba el ahora como perpetuo e insuperable presente, que busque divertirse como si no hubiera mañana y deba comprar en forma compulsiva. Ya no existe responsabilidad, compromiso a largo plazo, ni mesura, lo cual impide afrontar los grandes retos de nuestro tiempo, como la desigualdad, la explotación, la opresión, la injusticia, las guerras, el trastorno climático…

La infantilización de la sociedad implica que los adultos sean tratados y considerados como niños, generando un ciclo de dependencia tal que aquellos no sepan qué hacer y siempre estén condicionados por lo que les digan los padres, puesto que el paternalismo es la otra cara de la infantilización, aunque con la paradoja que el papel de padres no lo asuman ellos sino el celular. Lo que caracteriza a la gente infantilizada en el capitalismo es el narcisismo que lleva a que cada uno se considere el centro del mundo, en torno al cual deben girar los demás, lo que produce un individualismo ególatra e irresponsable. Se pretende permanecer en la edad infantil porque se supone que allí todo es fácil y sencillo, no existe autosuficiencia, y no deben afrontarse los retos de la edad adulta, con todos los riesgos e incertidumbre de la vida en el capitalismo.

Mencionemos algunos de los componentes de la infantilización de la universidad en los tiempos actuales.

Reivindicación exclusiva del yo y de la propia identidad

Hasta no hace mucho tiempo se pensaba que la llegada de los adolescentes y jóvenes a la universidad significaba un paso trascendental en la vida de quienes lograban acceder a los estudios superiores. Este era un salto hacia la mayoría de edad, en el sentido kantiano de la palabra, fundamental para asumir el paso a la madurez y afrontar los retos de la vida con autonomía y responsabilidad. Esa conducta individual estaba dada por entender la importancia de los demás, forjar intereses generacionales comunes, con ideales compartidos con otro grupo de estudiantes, de acuerdo con el origen y pertenencia de clase. 

Eso ha cambiado en forma drástica y ahora nos encontramos con que la universidad es otra fase infantil que replica y reproduce las características de la educación primaria y secundaria, pero ahora con adolescentes y jóvenes. Estos cargan tras de sí el peso de la formación neoliberal de la personalidad, con un acendrado individualismo y culto al consumo y prisioneros de las lógicas darwinianas de la competencia y la supervivencia de los millonarios y los exitosos. Esa carga viene acompañada de una inseguridad absoluta para asumir la nueva fase de la vida, que en teoría debería ser la universidad, a la cual los jóvenes llegan manteniendo y reforzando su estancado comportamiento infantil de no asumir responsabilidad alguna, de necesitar protección, de considerar que los nuevos retos que les plantea la vida son problemas irresolubles e innecesarios, que son asediados por peligros que no puede afrontar sino es por la intermediación de terceros, en una clara réplica del paternalismo que se preserva y reproduce dentro de las universidades.

La conducta narcisista se refuerza en aras de seguir manteniendo los privilegios de sobreprotección que le brinda esa prolongación de la infancia y el consecuente paternalismo.  Para ese individuo narcisista todos los demás son enemigos, de los que debe ser protegido. Y esa protección se la brindan en las universidades de manera directa y explícita las autoridades académicas y administrativas. Esta centralización del yo es conservadora y desmovilizadora en términos políticos, porque lo político es esencialmente colectivo e implica la búsqueda del bien común. 

Psicologización y judicialización

Como de entrada se piensa a la universidad como un espacio inseguro, repleto de peligros que acechan a los niños grandes que allí ingresan, todo lo que sucede en los campus es examinado a partir de una mirada estrechamente psicológica, médica y judicial. De ahí se desprende la consideración que cualquier palabra o acción es una amenaza y genera traumas en los noveles estudiantes e incluso en muchos profesores. La universidad de hoy está llena de jóvenes traumatizados, que necesitan urgentemente tratamiento psicológico o asistencia médica, por cosas que en la mayor parte de los casos tienen otro origen. Por ejemplo, en las universidades latinoamericanas ‒cuyas sociedades son terriblemente desiguales‒ se reproducen las diferencias sociales (empezando por las diferencias de clase) y una parte significativa de los estudiantes tienen problemas de subsistencia, de alimentación, para asumir los costos y gastos que implica ir y estar en una universidad. Eso no es ni mucho menos una cuestión psicológica de base, es un asunto de desigualdad y de clasismo. Obvio que de allí surgen problemas sicológicos y médicos, pero el remedio inicial para “curar la desigualdad” no es sicológico ni mucho menos. 

Eso no se considera porque los grandes temas, referidos al carácter impopular y antidemocrático de la universidad, han desaparecido de la agenda política de los estudiantes de hoy, como tendencia dominante, para ser reemplazados por la búsqueda obsesiva de la terapia, de la ayuda sicológica y del apoyo emocional. Los problemas estructurales de la educación superior (privatización, desfinanciación, precarización laboral, antidemocracia, falta de autonomía, represión estatal…) ya no están en el horizonte de los niños-adultos que habitan los campus. En estos momentos todo son riesgos y traumas que solo pueden afrontarse con tratamiento psicológico y terapias de autoayuda. 

No extraña que en el lenguaje de las universidades sobresale la retórica de la vulnerabilidad y se haya establecido un “guión cultural de la vulnerabilidad” en el cual las emociones están en el centro de las preocupaciones. Ya no es importante discernir, comprender, problematizar, asumir las diversas visiones del mundo como una riqueza cognoscitiva cultural y política, sino que todo eso es traumático y debe evitárselo al joven infantilizado, para no ofenderlo. Así nos encontramos con el hecho de que las universidades están repletas de “ofendiditos y ofendiditas”, por cualquier cosa. 

La infantilización coloca a las emociones en el centro de la atención y se convierten en un arma de la guerra cultural contra el presente y el pasado. Contra el presente, porque a partir del estado emocional de un estudiante se juzga una situación; si este se ha ofendido quiere decir que el hecho que lo altera es traumático. Puede sentirse afectado por un libro que le ha recomendado un profesor, por un tema planteado en clase en que se cuestiona de manera directa o indirecta algún elemento identitario de su yo y esto resulta agresivo e insoportable. Puede verse agredido por una pregunta elemental (de donde eres, qué haces, cuál es tu nacionalidad y cualquier banalidad de ese estilo) que, según su criterio narcisista y ególatra, ejerce quien le pregunta algo. Puede sentirse interpelado porque alguien (otro estudiante, profesor o directivo) le alce la voz o le haga algún reproche, crítica o sugerencia, porque entiende que, como niño que se sigue considerando, cualquier corrección es inaceptable… Y así hasta el infinito.

Contra el pasado, porque el adulto infantilizado de las universidades de hoy considera que no se deben traer los traumas del ayer al mundo de hoy. Cualquier asunto del conocimiento histórico en el que sea necesario destacar asuntos atinentes a la guerra, la explotación, la opresión, el genocidio o los crímenes ocasiona traumas que deben evitarse. Para qué hablar de genocidios en la historia, a la hora de examinar el genocidio de los palestinos, y reconstruir la destrucción de las comunidades indígenas de toda América (empezando por las de Estados Unidos) si eso supone que, para quienes tienen algún nexo étnico con grupos desaparecidos violentamente, recordar su propia historia los afecta emocionalmente. Profesor que hable de esos temas traumáticos es un agresor al que debe denunciarse y perseguirse por tener el atrevimiento de vulnerar con hechos del pasado a los de por si vulnerables jóvenes de hoy. 

Es la reivindicación de la ignorancia, porque todo verdadero conocimiento es traumático, genera problemas, lleva a hacer preguntas, a dudar y cuestionar, pero nada de eso es hoy tolerado por la policía del trauma que ronda en las universidades, en la cual son copartícipes gran parte de los estudiantes, que andan a la casa de todos los herejes a los que hay que denunciar. 

A la terapia psicológica debe agregarse el tratamiento médico derivado, porque gran parte de los traumas de los niños-adultos que pueblan las universidades requieren atención sanitaria especializada, medicamentos y acompañamiento terapéutico de índole física, que se complementa con el de índole espiritual, que brindan los psicólogos del trauma perpetuo que acosa a la población universitaria. Ese es otro nicho de mercado para el capitalismo, en el cual juegan un papel central las terapias e intervenciones médicas de cambio de orientación sexual y sexo, una práctica cada vez más recurrente en ciertas universidades del mundo, entre las que sobresalen las de Estados Unidos, Inglaterra, España…

Al lado de la psicologización y medicalización de la vida universitaria se desarrolla la judicialización, porque es obvio que los niñas grandes deben ser protegidos con leyes, protocolos, normas, sanciones, penas, excomuniones, nuevos tribunales de la inquisición que se han impuesto en la universidad, y la mayoría de los cuales niega las normas elementales del derecho liberal burgués, como son las del derecho a la defensa y a no ser condenados sin juicio previo.

Esas normas lo cubren todo, desde el lenguaje que se emplea, inscrito en el ámbito de la corrección política, los contenidos de los programas que se enseñan, el tono de la voz de los profesores en las clases y cualquier relación entre profesores y estudiantes. Esto destruye un aspecto elemental de la pedagogía para asumir los problemas normales y cotidianos de la vida educativa: que las cuestiones, conflictos, malentendidos y dudas que se generan en una clase deben ser resueltos dentro del aula, sin necesidad de llevarlos fuera de allí, salvo que sean de tal gravedad que desborden ese espacio. Pero no, ahora las cosas se hacen al revés, y se empieza con acusaciones que se ventilan fuera de los espacios académicos y desde allí se inicia el procedimiento judicial con la apertura de costosos y tortuosos procesos disciplinarios contra profesores, principalmente. 

Y esto tiene un agravante woke, pues todo aquel que denuncia es por definición axiomática una víctima indefensa, que tiene la razón y es portadora de verdad sin discusión alguna. Es un razonamiento tautológico (la víctima dice la verdad y lo que dice es cierto porque es víctima) que se ha impuesto en los campus y que lleva a que cualquier hecho traumático (muchos de los cuales son malos ratos o momentos desagradables o malentendidos) sea denunciado por parte de quien en adelante se declara víctima e ingresa en la interminable cadena de quejosos y ofendidos, que pueblan hoy las universidades y cuentan con el aval y respaldo de las directivas académicas, situadas en los políticamente correcto.

No quiere decir, según lo planteado hasta acá, que en las universidades no se deban perseguir los delitos que allí se cometan, incluyendo el acoso y las violencias sexuales, lo que es una necesidad imperiosa y un deber. Eso debe hacerse con resolución y determinación. Pero lo que sucede, precisamente, es que el discurso de las microagresiones oculta esos problemas reales y lleva a que la judicialización sustituya a cualquier diálogo pedagógico, que se supone debería ser la esencia de cualquier proyecto educativo medianamente serio. 

Culto a la seguridad 

Como la universidad de nuestro tiempo no está habitada por adultos en mayoría de edad que piensan con cabeza propia, sino por niños-adultos que requieren protección frente a todos los riesgos que los asechan a cada minuto, dentro de los campus se está desarrollando un culto a la seguridad total, algo así como la tolerancia cero del punitivismo jurídico de estirpe estadounidense. Para ello se ha creado la noción de “la universidad como espacio seguro”. La pregunta básica es: ¿Qué se entiende por espacio seguro?, si la vida está llena de inseguridades y el paso de la infancia a la madurez, que se supone se desarrolla en los campus, está repleto de retos e incertidumbres, que forman parte del afianzamiento de esa madurez, de la autonomía, confianza y el aprendizaje riesgoso que eso implica. 

La noción de “espacio seguro” que tiende a imponerse en la universidad es aquella que postula que, como en los jardines de infancia, los niños-adultos deben estar completamente seguros y tranquilos que no tendrán ningún trauma ni nada que los afecte o aflija. Si esos jóvenes infantilizados sufren “acoso bibliográfico” por parte de un profesor que los hace leer libros traumáticos [El CapitalOteloCrimen y CastigoEl Siglo de las LucesLa Perla…] pues ellos ya no deben asistir a las bibliotecas o centros de lectura ‒si es que todavía quedan en la Universidad de la ignorancia de nuestro tiempo‒ porque estos han dejado de ser espacios seguros. 

Si esos jóvenes infantilizados no pueden soportar una discusión, un debate (términos que en sí mismos generan inseguridad existencial, porque para los ofendiditos esas son microagresiones traumáticas) en una cafetería, en una aula de clases, en un teatro… pues hay que clausurar esos espacios para que aquellos se sientan seguros. 

Si esos jóvenes infantilizados no pueden soportar una clase con temas sensibles que los afectan emocionalmente (la esclavitud, el genocidio, las guerras…) pues hay que evitar que asistan a esas clases o debe obligarse a los profesores a cambiar la bibliografía y el énfasis temático por asuntos más agradables que suenen bien a los oídos de los traumatizados niños-adultos y solo de esa forma, a punta de control y represión, las aulas de clase pueden ser espacios seguros, lo cual significa el regreso a la universidad medieval.

Una de las consecuencias de la búsqueda insaciable de espacios seguros es la ruptura del tejido universitario y de la comunidad educativa, y es el paso, ese sí seguro e inexorable, hacia la segregación y al apartheid universitarios. Al paso que vamos, pronto se propondrá que las mujeres estén separadas de los hombres y estos de los trans, porque la sola relación entre todos ellos es fuente de inseguridad, con lo que retornaremos a formas conservadoras de educación que se pretendían superadas en las universidades contemporáneas, y que implican el retorno de la “normal de señoritas” (en donde solo haya mujeres estudiantes y profesoras) y de niños-adultos de sexo masculino, cada una por su lado.

Y otro elemento que se desprende de la noción de espacios seguros, que reivindican muchos profesores y estudiantes, es el de la educación virtual, en el que ya no exista presencialidad y se rompa cualquier nexo directo entre profesores y estudiantes. De esa manera, se fortalece la tendencia neoliberal de privatización y de cierre de campus y su sustitución por computadores, terminales e internet, tendencia que se acentuó durante la reciente pandemia de la Covid-19. Obsérvese como una reivindicación típicamente woke, la de “espacios seguros”, termina mostrando el filo neoliberal y neoconservador del falso progresismo y como tiene una veta procapitalista que conduce a la clausura de los campus, por la vía de formar guetos o implantar la virtualización plena de los espacios educativos, lo cual además es un negocio jugoso para las multinacionales que se lucran de vender cachivaches tecnológicos que son presentados como la garantía de una irreversible “revolución educativa”. 

Contra el pensamiento crítico

La infantilización de la universidad forma parte de una cruzada orquestada contra todo pensamiento crítico e independiente, porque se ataca en forma acotada a quienes se nieguen a plegarse a la nueva ortodoxia woke. Esto deriva en ataques, denuncias, censuras, expulsiones y juicios arbitrarios de quienes entran a ser considerados enemigos según la nueva inquisición de estudiantes infantilizados. 

Todo pensador crítico, profesor independiente, investigador autónomo que requiere de libertad para expresarse libremente es visto como un obstáculo que impide la consolidación de las pautas de infantilización en la universidad. Se requiere que nadie piense, ni dude, ni cuestione y si alguien lo llegase a hacer debe ser callado, censurado y, sobre todo, cancelado. Esto ha llegado a extremos que en otros tiempos no hubieran sido tolerados, como los que se están estableciendo en universidades de los Estados Unidos, en las cuales se institucionalizan sistemas de denuncia tendientes a evaluar en los profesores las microagresiones.

Otras universidades llaman a que se denuncien todos los actos que consideren microagresiones y están formando “equipos de reacción a los prejuicios” que tramiten las quejas de los estudiantes. Así, “animar a los miembros de una comunidad académica a denunciarse el uno al otro representa un nuevo nivel en la burocratización de la vida del campus. Al informarte, una vez considerado como la personificación de la corrupción moral, ahora se le admira por contribuir a la cruzada contra la microagresión”.

Este control seudo moralista destruye el tejido universitario y promueve los comités que intervienen en el desarrollo de las actividades en el aula y en la investigación, para impedir que aquellos que transgredan las normas de infantilización establecidas sean censurados e incluso expulsados, simplemente por expresar sus ideas libremente, impartir cátedras disonantes con lo woke y sugerir lecturas de autores cancelados. 

En últimas, a partir de la concepción neoliberal de la soberanía del consumidor se sostiene que los estudiantes tienen todo el derecho para enfrentar todo lo que consideren microagresiones porque son consumidores indignados con las prácticas académicas que se les venden. Si no les gustan, porque les parecen incómodas o los traumatizan, deben proceder como cualquier consumidor soberano y exigir el cambio de aquel (que antes se llamaba profesor) que les ofrece o les vende un producto académico insatisfactorio para su gusto. Para que el procedimiento sea más efectivo y expedito están los comités que dictaminan, en consonancia con el sentir de sus consumidores qué es bueno y qué es malo para sus infantilizados estudiantes. 

Los efectos sobre la vida universitaria son perversos y destructivos, ya que se enrarece la libertad de cátedra y de pensamiento, y genera el silencio y la autocensura para no ofender a los niños-adultos que de ninguna manera pueden afrontar debates, discusiones, polémicas ‒que forma parte consustancial de la vida académica‒ ya que todo eso es visto como malas acciones, microagresiones que aumentan la vulnerabilidad de los estudiantes en los campus.

Ese es un componente de la edufagia que destruye la universidad desde dentro, mientras los acuciantes problemas de nuestra sociedad reclaman una universidad pública, amplia, democrática que contribuya a solucionarlos. Mientras los profesores y estudiantes se ocupan de traumas ficticios, microagresiones, vulnerabilidades individuales y el narcisismo se convierte en el centro de atención de la vida académica, América Latina y el mundo se deshacen a pedazos, como si esos asuntos cruciales que afronta la humanidad no tuviera que ver con las comunidades universitarias.

La universidad está dejando de ser un lugar en el que se piensen y se elaboren proyectos alternativos y críticos, que repercutan en el beneficio de las sociedades y de las naciones, para convertirse en un nicho de mercado capitalista, en el cual el neoliberalismo woke está destruyendo los últimos resquicios de democracia que existían. Se impone la dictadura de lo políticamente correcto, el último peldaño en el proceso de destrucción de la universidad, con el agravante que ahora opera desde dentro y desde abajo, agenciado por gran parte de estudiantes, profesores y directivos.

Pese a eso, en muchas universidades existen voces críticas de estudiantes y profesores que no se pliegan a los nuevos dictados del neoliberalismo educativo y perseveran, en medio del aislamiento y la marginación, en su proyecto de construir otro tipo de universidad, no mercantil, ni infantilizada. Allí se encuentra la esperanza para reconstruir una universidad al servicio de la población, donde quepan muchos mundos y saberes y que rompa con la destructora hegemonía de lo políticamente correcto.

*Este artículo forma parte del Dossier: “La Universidad Pública en la encrucijada. Mercantilización, resistencias y alternativas”

Fuente: https://huelladelsur.ar/2025/08/22/autofagia-e-infantilizacion-en-la-universidad-contemporanea/


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