Contra la dictadura en un día de gloria. Por Daniel Campione.

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Hace más de 40 años corría la última dictadura cívico militar y la protesta irrumpió en las calles argentinas, a la altura de sus mejores momentos. Era el comienzo del fin del reinado del terror.

Aquel día habíamos salido en grupo de la facultad de derecho. Casi todas y todos militantes de la Fede. Sabíamos que de otras agrupaciones también iban al centro con motivo del paro general y la concentración anunciada.

Teníamos aún fresco en la memoria el paro del 27 de junio de 1979. Todavía en los días duros de la dictadura y con el movimiento obrero dividido. Sabíamos que no era cierto lo que algunos ya decían y se repetiría mucho en los tiempos sucesivos: Que la única resistencia a la dictadura había sido la de las madres de Plaza de Mayo y otros organismos de derechos humanos.

No, el movimiento obrero estuvo presente de mil maneras, en luchas por lugar de trabajo o por gremio. Como las muy tempranas de ferroviarios y Luz y Fuerza, con saldo de desaparecidos incluidos. Ya era otro momento. Sectores sindicales se habían movilizado a la iglesia de San Cayetano en agosto del año anterior.  Las críticas a la dictadura crecían, en voz cada vez más alta. Si bien el miedo todavía atenazaba los cuerpos y las voces.

Antes de terminar 1981 habíamos participado en una pequeña movilización estudiantil en el centro de Buenos Aires, cerca del obelisco. Con las piernas que nos temblaban se habían empuñado algunas banderas y cantado algunas consignas. Después una rápida retirada antes de que llegara la policía. Representábamos a las comisiones reorganizadoras de los centros de estudiantes, agrupaciones todavía escasas en número, con espíritu de resistencia ya adquirido.

Una luminosa jornada de lucha.

El calendario indicaba 30 de marzo de 1982. Además del paro estaba prevista la protesta pública, con el núcleo en el centro de Buenos Aires. Hacia allí marchábamos. Bajamos del colectivo 124 a la altura de Córdoba y Rodríguez Peña. Sabíamos que habría represión. En previsión de ello íbamos todos con ropa liviana y zapatillas. Sin mochilas o bolsos que entorpecieran una más que probable carrera frente al acoso de los represores.

Empezamos a ver pequeños grupos en las esquinas. Aunque se hallaban quietos y conversando a media voz se notaba que eran en gran parte huelguistas que tomarían parte en la manifestación. Los grupos eran variados. Los había que mostraban la prolijidad encorbatada de bancarios, judiciales, empleados de los ministerios y otros “cuellos blancos” tan abundantes en la zona céntrica de Buenos Aires.

Eran también numerosos los de otras procedencias. Aunque no tuvieran ropa de trabajo se notaban diversos otro tipo de lugares de desempeño: Las fábricas, el transporte de carga o pasajeros, los sectores más modestos de los empleados de comercio.

Nosotros íbamos hacia el obelisco, la indicación era converger allí. Los policías, con los “antidisturbios” en sitio destacado, ostentaban sus carros de asalto; camiones celulares listos para llevarse a los seguros detenidos de la jornada, algún carro hidrante.

A quien andaba de civil con algún aspecto de “yuta” lo asociábamos de inmediato con cuerpos especiales como el que llamábamos “coordinación federal” o con los servicios de inteligencia.

Mientras tanto, hacíamos comentarios susurrados acerca de lo que habíamos bautizado “la máscara de Malvinas”, en consciente ironía acerca de una vieja mentira del relato escolar sobre la lucha por la independencia nacional: “la máscara de Fernando”.

Ciertos incidentes extraños con unos chatarreros en las islas Georgias del Sur procuraban distraer al público de la medida de fuerza. Lo hacían por medio de la tradicional reivindicación patriótica de la soberanía sobre las islas Malvinas y otros archipiélagos cercanos.

Tendíamos a pensar que era sólo un operativo de prensa. Para nada que 48 horas después los dictadores procurarían resolver el aprieto político en que ya se encontraban con la ocupación de las islas.

Ya estábamos cerca del obelisco cuando empezamos a escuchar, un cántico todavía inhabitual, difícil de entonar en público en medio de la violenta censura imperante: “…Se va a acabar, la dictadura militar…”  Casi no lo podíamos creer. Era un cambio cualitativo, gritarle a los usurpadores “dictadura”, casi en su misma cara.

Cuando llegamos a la 9 de julio comenzamos a ver la represión en marcha. Seguía la dinámica de los grupos en las esquinas. Se escuchaba el “se va a acabar…”  y enseguida los policías se abalanzaban sobre los que gritaban.

Forcejeaban para detener a alguno, entre los tirones de sus compañeros, cuando empezaba a sonar en otra de las esquinas cercanas al obelisco, el ya consabido “se va a acabar…” y allá iban los represores. Cuando llegaban a repartir palos tenían otra vez el canto a sus espaldas, a veces proveniente del mismo grupo al que recién habían atacado.

Casi que se nos caían las lágrimas al ver aquello. Sabía a gloria ese espíritu de resistencia, el combate ganado contra el miedo a través de la acción colectiva. Quedaba en segundo plano la probabilidad cierta de ser arrestado, el peligro de sufrir heridas por un bastonazo policial.

Se empezó a agregar otro elemento en el repertorio resistente. Desde los balcones de los edificios empezaron a volar macetas, piedras y cualquier otro objeto duro. En lo posible apuntados hacia la cabeza de los policías.

Más temprano que tarde el enfrentamiento se generalizó. Eran cada vez más los policías que cargaban contra los manifestantes. O emprendían la persecución de quienes corríamos no sabíamos muy bien hacia dónde. Entonces empezó a producirse otro “milagro”.

Encargados o vecinos de los edificios abrían velozmente las puertas para dar refugio a quienes trataban de evitar el camino al calabozo y cerrarlas en resguardo sólo segundos después. Entramos en uno más de una decena, algunos del grupo que veníamos de la facultad, otros completos desconocidos. Tratamos de calmarnos los nervios, fumamos un pucho y volvimos a salir.

El combate callejero duró un buen tiempo. Quien escribe estas líneas no recuerda cómo nos alejamos finalmente. Sí tiene en la memoria que en un momento conseguimos otro refugio, un bar que también dejó la puerta entreabierta para que nos guardáramos allí, mientras mirábamos a algunos policías que escapaban entre una lluvia de piedras. Ya sentíamos que se había consumado una hazaña popular.

El saldo de la jornada.

Más tarde, ya en mi casa, me enteré de que había más de 800 detenidos. Y que los capitostes dictatoriales tildaban a la movilización de “gimnasia subversiva”. Incluso mencionaban la fuerte presencia de jóvenes en zapatillas, dispuestos para veloces avances y retrocesos.

Quizás sin darse cuenta, ellos mismos acusaban recibo de que el terror había pegado un salto hacia atrás. Obreros, estudiantes y descontentos de todas las procedencias habían ganado la calle como nunca desde marzo de 1976. Encima aguantaron a pie firme las embestidas policiales.

Éramos conscientes de haber vivido una jornada gloriosa. Por mi parte, entre los varios momentos destinados a ser imborrables atesoraba una frase. La había escuchado al pasar en boca de un veterano de bigote canoso, en ropa de trabajo:

“…Con el pueblo argentino no se jode…”

Amén.

Imagen principal: Canal Abierto.

Fuente: https://huelladelsur.ar/2025/04/02/contra-la-dictadura-en-un-dia-de-gloria/


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